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¿Quién es «todo el mundo»?

No necesitamos dejar de opinar, ni convertir cada conversación en una encuesta nacional. Basta con recordar que nuestra experiencia es eso: nuestra experiencia. Que nuestro círculo es un pedazo de la sociedad, no la sociedad completa. Que una conversación puede ser enorme y seguir sin representar a todos

ALEJANDRA GAVIDIA, COLUMNISTA DE EL DIARIO DE HOY thumbnail

Hay una expresión que utilizamos con una seguridad bastante curiosa: “todo el mundo”. Todo el mundo piensa eso. Todo el mundo está harto. Todo el mundo quiere lo mismo.

Lo decimos como si “todo el mundo” fuera una persona perfectamente identificable, con domicilio conocido y una línea telefónica disponible para confirmar nuestras afirmaciones. El problema es que, cuando uno se detiene a preguntar quién es exactamente, la respuesta suele ser bastante menos impresionante.


Porque muchas veces “todo el mundo” somos nosotros y las personas que tenemos alrededor. Nuestra familia. Nuestros amigos. Los compañeros de trabajo. Las personas con las que conversamos. Las cuentas que seguimos. Y claro, si todos ellos piensan lo mismo, es bastante fácil llegar a la conclusión de que esa debe ser la opinión general.

Pero hay una diferencia importante entre estar rodeado de una opinión y estar frente a una mayoría.

Y esa diferencia no significa que nuestro grupo sea irrelevante. Veinte personas pueden ser veinte personas muy importantes. Pueden estar detectando un problema antes que nadie, organizándose o expresando una idea que después termine convirtiéndose en una conversación mucho mayor. Doscientas mil personas pueden hacer muchísimo ruido, movilizarse o cambiar una tendencia.

El punto es otro: veinte personas son veinte personas, y doscientas mil son doscientas mil. Ninguna de las dos cantidades se convierte automáticamente en “todo el mundo” solo porque desde donde estamos parados parezca enorme.

Ahí es donde aparece una de las trampas más comunes de nuestro razonamiento: la generalización apresurada. Tomamos lo que sabemos de un grupo y lo utilizamos para afirmar algo sobre un grupo mucho mayor. Conocemos a cinco personas que piensan igual y concluimos que todos piensan igual.

Las redes sociales han conseguido que sea todavía más fácil. Si llevamos tres días viendo la misma discusión en Twitter, podemos terminar sintiendo que el país entero está hablando de ella. Si nuestro algoritmo nos muestra una opinión una y otra vez, empieza a parecer mucho más extendida de lo que es.

Aunque tampoco es un problema exclusivamente digital. Antes de internet ya decíamos “en mi generación todos son así”, “en este país nadie piensa de esa manera” o “la gente ya no quiere eso”. Lo único que ha cambiado es la velocidad con la que podemos encontrar a otras personas que nos den la razón.

Y qué cómodo es encontrar a otras personas que nos den la razón especialmente en política. Porque allí “la gente” aparece como una especie de autoridad universal. La gente quiere. La gente exige. La gente está cansada. La gente ya decidió.

El problema es que un político puede confundir a sus seguidores con sus electores. Un periodista puede confundir a su audiencia con el país. Un ciudadano puede confundir a sus amigos con la sociedad. Y todos podemos terminar diciendo “la gente piensa” cuando, en realidad, estamos hablando de las personas que tenemos más cerca.

Mientras tanto, millones de personas no están participando de esa conversación. No están escribiendo tuits, comentando noticias, haciendo encuestas en Instagram ni grabando videos explicando qué debería hacer el país. Y pueden pensar completamente distinto.

El tema no es aprender a desconfiar de las opiniones de los demás. Es aprender a reconocer cuándo estamos expresando una opinión y cuándo estamos haciendo una afirmación sobre los demás.

Decir “yo pienso que esto está mal” es una cosa. Decir “todo el mundo sabe que esto está mal” es otra. La primera habla de nosotros. La segunda pretende hablar por todos. Y quizá ahí deberíamos ser un poco más cuidadosos.

No necesitamos dejar de opinar, ni convertir cada conversación en una encuesta nacional. Basta con recordar que nuestra experiencia es eso: nuestra experiencia. Que nuestro círculo es un pedazo de la sociedad, no la sociedad completa. Que una conversación puede ser enorme y seguir sin representar a todos.

Así que la próxima vez que nos salga ese “todo el mundo piensa…”, quizá valga la pena detenernos un segundo. No para preguntarnos si tenemos razón, para preguntarnos algo mucho más sencillo: ¿Quién es todo el mundo?

Porque tal vez no sea el país. Tal vez no sea la sociedad. Tal vez ni siquiera sea “la gente”. Tal vez seamos nosotros, hablando en plural.

Alejandra Gavidia
Consultora política y Miss Universo El Salvador 2021

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