Por ahora, tenemos los candidatos, ya sabemos los resultados. Solo faltan las elecciones.
Por ahora, tenemos los candidatos, ya sabemos los resultados. Solo faltan las elecciones.

A pesar de las dudas, críticas y temores, las convenientemente adelantadas elecciones presidenciales se acercan. Todo parece indicar que se realizarán tal y como el gobierno las ha diseñado: con los dados cargados a su favor, con el régimen de excepción como nueva normalidad, con la oposición política dispersa y debilitada y con la mayor parte de la ciudadanía previendo un deja vu que apunta a convertirse en monotonía.
Hace diez años una situación como la que hoy vivimos era difícil de imaginar. Sí se percibía cierto descontento respecto al estado de la democracia y al actuar de partidos y políticos, que tendía a convertirse en desencanto, pero se suponía que esa anomalía se resolvería en el marco de la institucionalidad construida post acuerdos de paz. Nos equivocamos quienes así pensamos. Y el principal error fue pensar que nuestras instituciones políticas eran sólidas y que todos los políticos actuarían ciñéndose a ellas. En realidad, la república fue dinamitada desde adentro y usando la democracia como ariete de asalto.
Se ha violado la Constitución de variadas maneras hasta llegar a permitir la reelección presidencial indefinida con el sofisma que de que nada está escrito y que si el “pueblo” no quiere no dará sus votos para ello. Se cambió el sistema municipal y la forma de asignar diputados para favorecer al partido en el gobierno. No satisfechos con ello, crearon la representación legislativa para la diáspora, restándole escaños a los dos departamentos donde se concentra el voto de la oposición. Además, se burlaron de los salvadoreños en el exterior pues sus supuestos representantes serán los mismos diputados, hoy reciclados como representantes de la diáspora.
Así las cosas, no es pérdida de tiempo pensar si tiene sentido participar en el proceso electoral. Es un tema complejo que no debiera responderse con un sí o un no. Quienes afirman que la oposición política no debe participar aducen que lo que señalaba arriba. No hay condiciones que garanticen un mínimo de equidad entre los partidos participantes; hacerlo a sabiendas, no solo anuncia una derrota, también se legitiman los resultados. Esto no es poca cosa; todos los regímenes autoritarios, sean de derecha o de izquierda se jactan de que llegaron al poder por voluntad del electorado y justifican su perpetuación en periódicas refrendas de esa voluntad política. Da lo mismo si hablamos de Rusia, Cuba, Nicaragua o El Salvador.
Ahora bien, abstenerse de participar no soluciona mucho. El gobierno echa a andar su maquinaria propagandística y propala a los cuatro vientos que si la oposición no participa no es por falta de libertades y condiciones, sino por debilidad. Tales regímenes no dejarán de hacer elecciones por no tener contendientes en las urnas. Las hacen y celebran su triunfo sin rubor alguno. Y tampoco tiene sentido pedir que cambien su modo de actuar.
Quienes debieran cambiar deben ser los opositores. Y no es poca cosa; si realmente quisieran incomodar al gobierno deben dejar de ser opositores (algunos incluso deberán probar que realmente lo son) y convertirse en oposición política. La diferencia es importante. Un opositor critica y rechaza al gobierno, pero lo hace de manera no articulada. Actúa aislado, considerando únicamente sus puntos de vista y argumentos. Incluso en el caso de que sus posturas sean correctas, estas se agotan en sí mismas porque no trascienden a un colectivo organizado y portador de una agenda política estructurada. Hay opositores individuos, pero también hay opositores colectivos; los últimos se conjuntan en torno a una agenda sectorial, pero no van más allá.
Asociaciones, sindicatos, gremiales, las pocas ONG’s cívicas que sobreviven generalmente actúan como opositores. Puede ser que convoquen a otros, que se muestren dispuestas a buscar alianzas amplias, pero no van muy lejos porque pretenden construirlas a partir de afinidades. En el mejor de los casos construyen una agenda, pero naufragan a la hora de hacerla operativa. ¿Qué tipo acciones estamos dispuestos a desarrollar? Inmediatamente aparecen las diferencias entre los “cívicos” y aquellos que propugnan por “acciones de hecho”.
El punto de quiebre se da a la hora de construir candidaturas, como sucedió en las presidenciales anteriores. No solo porque supone consensuar entre las organizaciones participantes, sino porque fatalmente requiere una alianza con un partido político, ya que la ley así lo establece. Y nuestros partidos no aprenden. Débiles y desprestigiados como están, no resisten la tentación de “capitalizar políticamente” cualquier acercamiento con organizaciones de la sociedad civil como prueba de fortaleza.
Tanto FMLN como ARENA ya definieron sus candidaturas a las presidenciales. Con un toque más folclórico, que deja ver añoranzas de los Setentas, el PCN también nombró los suyos. Y esas candidaturas dicen o esconden mucho de la realidad que viven los partidos políticos de oposición. Se me olvidaba, también Nuevas Ideas “eligió” a sus candidatos, personajes de “generales conocidas” como se decía antes.
El FMLN es un partido políticamente devaluado que, electoralmente, no tenía mucho que ofrecer. Desde ciertas organizaciones surgió la candidatura de un médico reconocido por su labor como dirigente sindical y sus críticas al estado de la salud pública en el país. El partido acogió a este candidato que le da ciertos aires de frescura. Llevan como candidata a la vicepresidencia a otra persona ligada al sector salud, lo cual revela cierta estrechez sectorial. El candidato presidencial ha tratado de manejar las suspicacias, e incluso el rechazo de sectores hiper críticos tanto de las organizaciones como del partido. Este por su parte, ha dicho que el candidato tendrá libertad para hacer alianzas con organizaciones y personas, pero no con partidos.
Los tiempos iban en contra de ARENA y de manera bastante apresurada escogieron a dos mujeres para su fórmula presidencial. La candidata a presidenta ya fue diputada y sus primeras declaraciones no fueron muy felices, mostrándose excesivamente condescendiente con las políticas del actual gobierno. El inmortal PCN optó por aires conocidos. Lleva como candidato a la presidencia a un exmilitar con grado de general y para la vice presidencia postula a un exalcalde conocido por su peculiar forma de combatir a las pandillas en el municipio que gobernó.
¿Será que los partidos de oposición consideran que tienen posibilidades de triunfo? Todos dirán que sí, que lo crean es otra cosa. La única manera en que las próximas elecciones pudieron haber tenido cierto grado de competitividad era con una amplia alianza de oposición alrededor de una sola candidatura suficientemente fuerte, aunque cada uno presentara candidaturas municipales y legislativas. Pero para eso se necesitaba que las dirigencias tuvieran pensamiento político y que antepusieran el interés país a los mezquinos intereses partidarios.
El proceso electoral marcha; faltan detalles de decorado: los calendarios con la foto del “prezi”, los paquetes alimenticios presidenciales (que las tradiciones se respetan) y algún descubrimiento interesante realizado por el Organismo de Inteligencia del Estado, que un poco de temor y suspense no está de más. Ojalá esta vez sean más imaginativos y no salgan con una edición recargada de los atentados con “cuetes silbadores” de la vez anterior. Por ahora, tenemos los candidatos, ya sabemos los resultados. Solo faltan las elecciones.
| Carlos Gregorio Lopez Bernal |
Historiador, Universidad de El Salvador
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