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Silvestre García, el escultor olvidado detrás de la imagen del Divino Salvador del Mundo y La Bajada

En medio de los festejos patronales de San Salvador en 2026, recordamos al maestro Silvestre García, el talento que esculpió la imagen del Salvador del Mundo e instituyó la tradición de «La Bajada», transformando la fe popular en identidad cívica.

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La transfiguración del Salvador del Mundo en la plaza Barrios en agosto de 2019. Foto EDH / Archivo

En pleno desarrollo de las fiestas agostinas 2026, miles de salvadoreños renovarán su fe ante la majestuosa imagen del Divino Salvador del Mundo en la tradicional procesión de «La Bajada» del 5 de agosto.

No obstante, detrás de esta venerada escultura y de la máxima fiesta cívico-religiosa del país yace la historia de un hombre cuyo impacto fue relegado al anonimato durante siglos. Lo poco que actualmente se conoce sobre la vida y obra del «Maestro Silvestre» no es fruto del azar, sino del riguroso trabajo del poeta, dramaturgo y periodista salvadoreño Jorge Ávalos.


Mientras trabajaba como investigador histórico para el proyecto de cronología del arte en El Salvador del Museo de Arte (MARTE), coordinado por Jorge Palomo, el ganador del premio Ovación de la Fundación Poma 2009 constató que la historia del arte nacional previa al siglo XX era un terreno prácticamente inexplorado.

Le tomó seis meses de minuciosas búsquedas en periódicos antiguos, documentos de archivo y actas legislativas para reconstruir, pieza por pieza, el mosaico biográfico de Silvestre Antonio García, rescatándolo de las sombras del pasado. Así lo manifestó a eldiariodehoy.com vía messenger.

Poeta, dramaturgo y periodista salvadoreño Jorge Ávalos
Retrato del poeta, dramaturgo y periodista Jorge Ávalos publicado por el Centro Cultural de España de El Salvador en 2020. Foto: imagen de carácter ilustrativo y no comercial / https://www.facebook.com/photo/?fbid=3556419241087563&set=a.214989887336611

Aristócrata criollo, su boda y transformación personal

A través de la investigación de Ávalos se descubre que Silvestre García no era un simple imaginero de oficio, sino un acaudalado criollo, vecino de San Salvador y perteneciente a la Tercera Orden Franciscana. Aunque los registros no precisan la fecha de su nacimiento —la cual se calcula en la primera mitad del siglo XVII—, su muerte en 1807 marcó un hito en la historia cultural del país.

García era el propietario de la inmensa hacienda «San Antonio Los Amates», propiedad que con el paso de los siglos y la urbanización dio origen a dos de las zonas de mayor plusvalía y desarrollo de la capital: El Espino y la colonia San Benito.

Un suceso crucial en la vida del maestro criollo aconteció a principios de la década de 1770, cuando contrajo matrimonio con la joven mexicana Benita Évora, cariñosamente recordada en los relatos familiares como «Benita La Mexicana».

Su boda fue muy recordada: duró ocho días con celebraciones pomposas donde la novia lució lujosas polleras. Pero más allá de los festejos, doña Benita inspiró un giro ético y espiritual en el reconocido hacendado. En el mismo testamento donde se rememora el enlace, se consigna que, en honor a su esposa y por «merced especial de doña Benita», el Maestro Silvestre otorgó la libertad a todos los esclavos y encomiendas a su servicio.

Musicóloga María de Baratta
María Mendoza de Baratta destacó en la historia del arte nacional como compositora, musicóloga, pianista, precursora e investigadora folklorista. Fotografía mejorada con herramienta de IA. Foto: imagen de carácter ilustrativo y no comercial / https://www.facebook.com/photo/?fbid=507158954748488&set=pb.100063631629299.-2207520000

Este acto de desprendimiento fue el inicio de un proceso de maduración personal que lo llevaría a volcar sus conocimientos de pintura, escultura y dorado hacia el arte religioso.

El legado de García también trascendió en la sangre. De su matrimonio nacieron dos hijos: Vicente y Basilio. Basilio se convertiría con los años en el abuelo materno de María de Baratta, la célebre investigadora y folclorista salvadoreña autora de Cuscatlán Típico (1951), quien se encargó de mantener viva la memoria oral de su tatarabuelo.

Inspiraciones de una escuela barroca

Ante una ciudad azotada por continuas epidemias, las inundaciones de 1774 y el terremoto de mayo de 1776 -que dejó en ruinas a San Salvador-, Silvestre García hizo un voto de fe en 1777. Empujado por el fervor, decidió esculpir y pintar la escultura del Salvador del Mundo para ser procesionada en su Transfiguración.

La hermosa imagen es una pieza «animada» (de miembros articulados) que mide 1.70 metros de altura, pesa 80 libras y posee vivos ojos de cristal café claro.

Diseño primigenio de la urna del Divino Salvador del Mundo en las celebraciones agostinas de antaño.
Antigua urna procesional del Divino Salvador del Mundo con pedestal neoclásico a inicios del siglo XX. Foto EDH / Archivo

De acuerdo con el testimonio documentado de María de Baratta, Silvestre talló la obra en la madera de un «naranjo hermosísimo» que se había secado en el patio de su casa, aunque en restauraciones modernas se ha identificado también el uso de cedro real, sugiriendo una combinación de maderas para darle ligereza y resistencia.

Ávalos plantea en su artículo publicado en lazebra.net un cautivador enigma: ¿dónde aprendió el Maestro Silvestre las técnicas requeridas para elaborar una imagen religiosa como la que heredó a San Salvador? La evidencia estilística apunta a que las artes plásticas ya eran una tradición en la familia García antes de asentarse en Centroamérica.

Los rasgos barrocos de la escultura —sus expresivos bucles azabaches y la carga dramática de su rostro— guardan un estrecho lazo con la escuela de imaginería canaria de Garachico (Tenerife), iniciada en el siglo XVII por el maestro Martín de Andújar Cantos y su discípulo Blas García Ravelo.

Pero para el historiador Alberto Luna -citado por Ávalos-, el mayor logro del maestro no consistió únicamente en tallar la legendaria imagen, sino en haber instituido el rito cívico-religioso de «La Bajada» en 1777.

Feligreses acompañan la carroza de la Transfiguración frente al Palacio Nacional
La tradicional procesión de «La Bajada» o Transfiguración del Divino Salvador del Mundo, el evento principal de las Fiestas Agostinas. Foto EDH / Archivo

El término mismo, sería una herencia de las tradiciones de las Islas Canarias para invocar protección ante catástrofes naturales, que adquirió en el San Salvador del siglo XVIII un matiz profundamente popular y democrático. Frente a las autoridades eclesiásticas y gubernamentales desentendidas, García «sacó la iglesia a las calles», convirtiendo al pueblo en el actor protagónico.

Un análisis desde las artes escénicas

Desde la perspectiva de Jorge Ávalos, talentoso dramaturgo salvadoreño, «La Bajada» no es un simple desfile litúrgico, sino un auténtico ejercicio de teatro participativo y espectáculo dramático al aire libre.

Lo cierto es que en esta tradición salvadoreña existe una narrativa entre dos grandes protagonistas: la imagen del Divino Salvador del Mundo y la multitud congregada a su alrededor.

Ávalos destaca la dimensión escénica de la procesión: cuando la imagen asciende en la carroza, los bamboleos del vehículo son leídos por la multitud de feligreses con una tensión mística e incertidumbre profética.

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La Transfiguración del Salvador del Mundo en las fiestas patronales de 2008. Foto EDH / Archivo

Cuando el Santo Patrono desciende dentro de la estructura para cambiar sus vestiduras rojas por las túnicas blancas de la Transfiguración, el ambiente queda sumido en una pausa dramática y expectante de un cuarto de hora.

El momento en que la imagen reaparece victoriosa e iluminada desata una catarsis colectiva y un júbilo multitudinario.

Ese concepto dramatúrgico que el Maestro Silvestre legó al pueblo salvadoreño permitió, según Ávalos, germinar una verdadera «conciencia de pueblo» e identidad compartida. Hoy, en pleno 2026, la obra del visionario escultor de imágenes religiosas sigue viva en el corazón de San Salvador.

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