Al entrar la guerra en su quinto año, la reunión de Washington ofrece una esperanza genuina. Los próximos meses revelarán si este impulso se consolida en una asociación duradera
Al entrar la guerra en su quinto año, la reunión de Washington ofrece una esperanza genuina. Los próximos meses revelarán si este impulso se consolida en una asociación duradera

La visita del presidente ucraniano, Volodimir Zelenski, a Washington el 28 de julio, marcó un hito significativo en su relación con su homólogo estadounidense, Donald J. Trump. ¡Cuánto han cambiado las cosas desde aquel enfrentamiento, ampliamente difundido, en el Despacho Oval en febrero de 2025, durante el cual el presidente de EE. UU. acusó al jefe de Estado ucraniano de «ingratitud» y de «arriesgarse a una tercera guerra mundial»!
Los intercambios recientes se han desarrollado en un ambiente notablemente más constructivo y pragmático. Zelenski calificó de inmediato la reunión, que duró cerca de una hora, como un «buen encuentro», agradeciendo a Trump sus esfuerzos conjuntos para proteger vidas ucranianas y promover la causa de la paz. Las conversaciones se centraron en las licencias de producción de interceptores de misiles Patriot en Ucrania —una promesa formulada previamente en la cumbre de la OTAN en Ankara, a principios de ese mismo mes—, así como en la necesidad de reactivar el proceso diplomático con Rusia.
Por su parte, Trump declaró que «la reunión fue muy bien», mientras que la Casa Blanca describió las conversaciones como positivas y productivas. Este cambio se produce en un contexto en el que los éxitos relativos de Ucrania en el campo de batalla, impulsados notablemente por una innovadora guerra de drones que ha convertido partes de la región del Donbás en una zona de destrucción para las fuerzas rusas, han modificado la percepción del líder estadounidense. En la cumbre de Ankara, el presidente de EE. UU. ya había elogiado la labor «extraordinaria» y «altamente eficaz» de Zelensky, afirmando que había desarrollado una buena relación con él. Señaló que, dados los antecedentes, ello resultaba difícil de creer.
La visita a Washington refuerza ese impulso al traducirlo en compromisos concretos. Fue más allá de una simple reunión bilateral en el Despacho Oval: el presidente ucraniano también asistió al funeral del senador Lindsey Graham, uno de los defensores más firmes de Ucrania tanto en el Senado como ante el presidente de EE. UU., y mantuvo conversaciones con representantes de Lockheed Martin sobre la ampliación de la cooperación tecnológica en materia de defensa. Estas actividades demuestran el deseo de consolidar la relación más allá del ámbito presidencial y de afianzar el apoyo tanto bipartidista como industrial.
El acuerdo sobre la licencia de los sistemas Patriot constituye un elemento clave de esta nueva etapa. Ucrania ha sufrido durante mucho tiempo una escasez crónica de interceptores capaces de contrarrestar los misiles balísticos rusos; los sistemas Patriot son, actualmente, los únicos que pueden hacerlo de manera fiable.
Permitir la producción local bajo licencia estadounidense reduce la dependencia de unos suministros extranjeros limitados. Zelenski subrayó que Ucrania tiene mucho que ofrecer a cambio, en particular su experiencia única en combate y su capacidad de innovación en el ámbito de los drones. La producción bajo licencia, de llevarse plenamente a cabo, podría permitir a Ucrania desarrollar una base industrial de defensa más autónoma, reduciendo así su vulnerabilidad ante las fluctuaciones políticas en las capitales occidentales.
En el plano diplomático, la visita brindó la oportunidad de abordar la revitalización de los esfuerzos de mediación. Los enviados estadounidenses Steve Witkoff y Jared Kushner acordaron visitar Ucrania por primera vez para imprimir un nuevo impulso al proceso. Tras meses en los que el conflicto en Oriente Próximo había relegado la cuestión ucraniana a un segundo plano, esta decisión marca un compromiso renovado. Funcionarios ucranianos han señalado que existe un entendimiento claro con sus socios estadounidenses sobre la necesidad de poner fin a la guerra de la manera más rápida y justa posible.
Este compromiso compartido de buscar una solución negociada, al tiempo que se refuerzan las capacidades defensivas, constituye la base de esta nueva etapa. Ello allana el camino para conversaciones más sustanciales sobre otras formas de cooperación, que abarcan desde las tecnologías de defensa y un endurecimiento de las sanciones económicas contra Rusia hasta mecanismos de reconstrucción para la posguerra. Esta mejora de la relación bilateral tranquiliza a los aliados europeos, que temían una retirada total de Estados Unidos, y envía una señal clara a Moscú: Estados Unidos no está dispuesto a abandonar a Ucrania, aunque ahora apuesta por un enfoque más transaccional, centrado en fortalecer las capacidades locales.
En un contexto en el que la guerra ya se ha cobrado cientos de miles de vidas, ha destruido infraestructuras críticas y ha provocado desplazamientos masivos, esta nueva dinámica adquiere una importancia vital. Sus implicaciones geopolíticas trascienden el ámbito de la relación bilateral. Para Europa, esta mayor alineación supone un reparto más equilibrado de la carga del apoyo: Estados Unidos aporta tecnología y licencias, mientras que los europeos siguen asumiendo una parte significativa de la financiación y de los esfuerzos de suministro. Para Rusia, los cálculos estratégicos de Vladimir Putin se vuelven más complejos. Para Estados Unidos, esta evolución se alinea con la visión pragmática de política exterior de Trump, que busca evitar una implicación militar directa y, al mismo tiempo, mantener la influencia estadounidense mediante asociaciones tecnológicas y diplomáticas.
Este avance forma parte también de la historia más amplia de las relaciones entre Estados Unidos y Ucrania. Desde la independencia de Ucrania en 1991, Washington ha profundizado gradualmente su implicación, culminando en un apoyo masivo tras la invasión de 2022. Ciertos periodos de tensión, como el de 2025, pusieron de manifiesto la fragilidad de este compromiso cuando depende en exceso de líderes individuales cuyas personalidades pueden chocar. El actual esfuerzo de reconstrucción, cimentado en intereses tangibles y éxitos compartidos, ofrece la esperanza de una relación más duradera. En el contexto más amplio de la seguridad europea, esta nueva fase tiene implicaciones para la arquitectura de defensa colectiva. Si bien la OTAN sigue siendo el marco principal de coordinación, la relación bilateral entre Washington y Kiev está adquiriendo una importancia propia y complementaria.
Asimismo, envía un mensaje a las naciones del «Sur Global», que observan atentamente la capacidad de Occidente para apoyar a un socio frente a una agresión territorial. Una relación que arroja resultados concretos, tanto en el ámbito militar como en el diplomático, refuerza la credibilidad del compromiso occidental.
No obstante, persisten desafíos importantes. La producción bajo licencia de interceptores Patriot no se logrará de la noche a la mañana; requiere inversiones sustanciales, transferencias tecnológicas complejas, formación de personal especializado en ingeniería y una mayor protección de las instalaciones industriales ucranianas frente a posibles ataques rusos.
Al entrar la guerra en su quinto año, la reunión de Washington ofrece una esperanza genuina. Los próximos meses revelarán si este impulso se consolida en una asociación duradera. Por ahora, sin embargo, está transformando claramente una relación antaño marcada por la desconfianza en una cooperación basada en el realismo y en el reconocimiento mutuo de la realidad sobre el terreno.
Politólogo francés y especialista en temas internacionales.
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