El rey Leopoldo II de Bélgica convirtió al Congo en su propiedad personal durante el período conocido como el Estado Libre del Congo. Aquel régimen de explotación, basado principalmente en la extracción del caucho, provocó una de las mayores tragedias humanitarias de la historia de África. Aunque el número exacto de víctimas sigue siendo motivo de debate entre los historiadores, se estima que murieron varios millones de congoleños como consecuencia de asesinatos, hambrunas, enfermedades y trabajos forzados.
Entre las atrocidades más documentadas estuvo la mutilación de las manos de quienes no cumplían las cuotas impuestas por las autoridades coloniales o eran acusados de desobediencia. Aquellas prácticas destruyeron familias enteras y dejaron a miles de niños sin el sustento de sus padres.
Que las atrocidades perpetradas por Leopoldo II no sean tan conocidas como los crímenes del nazismo obedece, en parte, a que el Holocausto fue ampliamente documentado y juzgado tras la Segunda Guerra Mundial. El exterminio sistemático de millones de judíos, incluidos niños, quedó grabado en la memoria universal. Una de las obras que refleja ese horror es la novela El niño con el pijama de rayas, posteriormente llevada al cine, que narra la amistad entre el hijo de un oficial alemán y un niño judío recluido en un campo de concentración.
Décadas después de la muerte de Leopoldo II, el Congo alcanzó su independencia. En ese proceso surgió la figura de Patrice Lumumba, un líder nacionalista que defendía que las riquezas del Congo debían pertenecer al pueblo congoleño. Su gobierno fue breve. En 1961 fue asesinado durante la crisis política que siguió a la independencia, en un crimen en el que participaron dirigentes congoleños secesionistas con la complicidad de autoridades belgas de la época.
Tras su asesinato, el cuerpo de Lumumba fue destruido con ácido para impedir que su tumba se convirtiera en un símbolo nacional. Durante muchos años solo se conservó un diente con una corona de oro, que permaneció en Bélgica y fue devuelto a su familia décadas después como un acto de reconocimiento histórico.
Ningún rey de Bélgica ha vuelto a llevar el nombre de «Leopoldo». Después de Leopoldo III reinaron Balduino, Alberto II y Felipe. La figura de Leopoldo II continúa siendo objeto de intenso debate histórico y moral, y en Bélgica persisten las discusiones sobre la responsabilidad del Estado en los crímenes cometidos durante el dominio colonial del Congo.
El hambre y la sed de odio e imposición no terminan
Sin embargo, la historia no pertenece únicamente al pasado. En nuestros días siguen existiendo gobernantes que concentran el poder, persiguen a sus opositores, encarcelan a los disidentes y utilizan el miedo como instrumento para perpetuarse. Cambian los nombres, los uniformes y las ideologías, pero la tentación del autoritarismo permanece.
Quienes observan la situación de Venezuela señalan la persistencia del chavismo, la existencia de presos políticos y la profunda crisis económica e institucional. De igual manera, numerosos críticos del régimen cubano sostienen que, pese a ciertas reformas económicas, continúan las restricciones a las libertades fundamentales y no se ha reparado el daño ocasionado por las confiscaciones, las largas condenas de prisión y el exilio de cientos de miles de personas.
Con frecuencia se afirma que el embargo estadounidense explica la pobreza de Cuba. Sin embargo, otros consideran que el problema principal radica en el propio modelo político y económico del régimen. También señalan que países como China, sin estar sometidos a un embargo comparable, mantienen severas restricciones a las libertades civiles, una estrecha vigilancia sobre la población y una intensa persecución de los disidentes, incluso fuera de sus fronteras.