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Ni héroes ni verdugos: la justicia no se hace con un celular

La humillación pública jamás será sinónimo de justicia

Jaime Ramírez Ortega

Sobre el caso del señor que fue grabado y expuesto en redes sociales por supuestamente intentar llevarse una piña de cerco en Sensuntepeque, Cabañas, quiero dejar clara mi posición. Si la piña no era de su propiedad, el hecho debía ser denunciado a las autoridades competentes.

Lo que no comparto es que, en pleno siglo XXI, algunas personas crean que la justicia consiste en sacar un celular, grabar a alguien y convertir las redes sociales en un tribunal donde cualquiera acusa, condena y humilla públicamente a otro ser humano.


Vivimos en una época curiosa. Antes, cuando alguien veía que se estaba cometiendo una falta, buscaba al policía del pueblo, llamaba a la autoridad o, por lo menos, intentaba resolver el problema con prudencia. Hoy pareciera que el procedimiento cambió. Primero se saca el celular, luego se busca el mejor ángulo, después se sube el video a Facebook o TikTok y, por último, aparecen miles de jueces graduados en la prestigiosa Universidad de “Yo Opino Sin Saber”. En cuestión de minutos ya hay fiscales, psicólogos, criminólogos, expertos en derecho penal y hasta detectives privados, todo desde la comodidad del sofá de la casa.

De modo que lo que cuestiono es esa facilidad con la que algunos se ponen la toga de juez, fiscal y verdugo al mismo tiempo.

De seguro que todos aquellos que ahora levantan el dedo acusador nunca se han llevado un lapicero de la oficina, jamás han impreso tareas personales con tinta del trabajo, jamás se han quedado con un vuelto de sus padres, jamás han descargado música o programas piratas, jamás han dicho “decile que no estoy” cuando sí estaban, o nunca se hayan llevado una fruta del árbol del vecino cuando eran jóvenes.

La diferencia no es que unos sean santos y otros pecadores; la diferencia es que unos fueron descubiertos y otros no.

Ahora bien, era necesario llamar la atención al ancianito por tomar lo que no era de él, sí. Humillar y exhibir públicamente a una persona, no.

Y aquí vale la pena detenernos un momento. Todos queremos vivir en una sociedad donde se respete la propiedad ajena, donde nadie tome lo que no le pertenece y donde exista orden. Eso es completamente válido. Pero una sociedad también se mide por la manera en que trata a las personas cuando cometen un error. Si la respuesta inmediata siempre será la humillación pública, el escarnio y la burla, entonces estamos construyendo una cultura donde el castigo social vale más que la justicia.

Resulta curioso que muchos de los que escriben comentarios despiadados olvidan que la vida da vueltas. Hoy es un señor de la tercera edad quien aparece en un video viral; mañana puede ser cualquiera de nosotros porque estacionó mal el vehículo, porque discutió con alguien en la calle, porque resbaló en una acera o simplemente porque tuvo un mal día. En la era de los teléfonos inteligentes nadie está exento de convertirse en el próximo video del momento. Por eso conviene ser prudentes antes de celebrar el sufrimiento ajeno.

En El Salvador existe además una realidad que muchos conocen. Nuestros abuelos crecieron en otra época, especialmente en las zonas rurales, donde era común que los árboles frutales dieran frutos en abundancia y, muchas veces, los vecinos compartían mangos, jocotes, nances o naranjas sin mayores conflictos. Eso no significa que hoy exista un derecho para tomar lo ajeno; significa únicamente que las costumbres sociales han cambiado y que no todos perciben esas conductas de la misma manera. Precisamente por eso existen las leyes: para resolver esos conflictos con objetividad y no con emociones.

Y hablando de emociones, las redes sociales tienen una extraña capacidad para convertir un hecho pequeño en un espectáculo nacional. Si alguien estornuda, ya aparecen tres teorías de conspiración; si alguien discute con el vecino, ya quieren cadena perpetua; y si un ancianito aparece con una piña en la mano, algunos ya casi están pidiendo que lo envíen a la cárcel de máxima seguridad. A este paso, más de alguno va a proponer que la próxima reforma penal incluya el delito de “mirar feo una sandía”.

La empatía no consiste en justificar lo incorrecto. La empatía consiste en entender que detrás de cada persona hay una historia que desconocemos. Hay quienes actúan por necesidad, otros por ignorancia y otros simplemente porque se equivocan. Ninguna de esas circunstancias elimina la responsabilidad que pueda existir, pero sí debería recordarnos que la dignidad humana no desaparece por haber cometido un error. Todos merecen ser tratados con respeto mientras las autoridades hacen su trabajo.

La Biblia nos recuerda un principio que parece haberse olvidado en la era de las redes sociales. Nuestro Señor Jesucristo dijo: “El que de vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella” (Juan 8:7). No estaba justificando el pecado de aquella mujer; estaba desenmascarando la hipocresía de quienes se creían con autoridad moral para condenarla mientras ocultaban sus propias faltas. Ese principio sigue vigente hoy. Corregir al que se equivoca es un acto de justicia; destruir públicamente su dignidad es un acto de soberbia.

Y para que también quede claro el aspecto jurídico: si el propietario consideraba que había sido víctima de un delito, tenía todo el derecho de denunciar los hechos ante la Policía Nacional Civil o la Fiscalía General de la República, para que fueran esas instituciones las que determinaran si existía o no responsabilidad penal.

Lo que no tenía derecho era a difundir públicamente el video de una persona para exponerla al escarnio social, pues esa conducta podría encajar en la prohibición contenida en el artículo 26 de la Ley Especial contra los Delitos Informáticos y Conexos.

En un Estado de Derecho, la justicia no se administra desde Facebook, TikTok o WhatsApp; se administra en las instituciones creadas por la ley. Nadie debe convertirse al mismo tiempo en víctima, investigador, fiscal, juez y verdugo.

Quizá la verdadera reflexión que nos deja este caso no sea sobre una piña. La verdadera reflexión es preguntarnos qué clase de sociedad queremos construir. Una donde todos vivamos con miedo de que cualquier error termine convertido en un video viral, o una donde las personas respondan con firmeza, pero también con humanidad. Defender la propiedad privada es correcto; defender el debido proceso también lo es. Ambas cosas pueden coexistir sin necesidad de destruir la reputación de nadie.

Antes de escribir el próximo comentario lleno de indignación o de compartir el siguiente video humillante, hagamos un pequeño examen de conciencia. Pensemos en aquellas veces que nos equivocamos y alguien nos dio una oportunidad para corregir. Recordemos que la misericordia que hoy negamos puede ser la misma que mañana necesitaremos para nosotros o para alguien que amamos.

Porque al final, una sociedad no se vuelve mejor cuando encuentra más culpables, sino cuando aprende a aplicar la justicia sin perder la humanidad.

La propiedad privada merece respeto; la dignidad humana también. El delito se denuncia, se investiga y, si corresponde, se sanciona conforme a la ley. Pero la humillación pública jamás será sinónimo de justicia. Hoy fue este señor; mañana puede ser cualquiera de nosotros, un hijo, un padre, una madre o un amigo.

No olvidemos que una sociedad verdaderamente civilizada no es aquella que más rápido condena, sino aquella que sabe hacer justicia con verdad, con misericordia y con respeto a la dignidad de toda persona.

Como dice la Escritura: “Él te ha declarado lo que es bueno… solamente hacer justicia, amar misericordia y humillarte ante tu Dios” (Miqueas 6:8). Ese sigue siendo el camino para construir un mejor El Salvador.

Abogado y teólogo.

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