«… debemos escribir la historia como la vemos, por poco atractiva que resulte al gusto contemporáneo”.
«… debemos escribir la historia como la vemos, por poco atractiva que resulte al gusto contemporáneo”.

Esta semana se realiza el XVII Congreso Centroamericano de Historia, organizado conjuntamente por la UCA y la UES. Durante cuatro días, especialistas en historia de la región y otros países presentarán sus investigaciones en diez mesas temáticas. Además, habrá tres conferencias magistrales y otras actividades como conversatorios y presentaciones de libros. El primero de estos congresos se realizó en Honduras en 1992; desde entonces, se ha reeditado cada dos años, en las capitales centroamericanas, pero también en Panamá y Chiapas.
Los congresos de historia han dinamizado la historiografía regional y han facilitado el acercamiento entre colegas; de ellos han surgido muchas iniciativas académicas importantes. Quizá su mayor virtud es que permiten repensar a Centroamérica como región desde la diversidad que la caracteriza. Como bien decía Héctor Pérez Brignoli, la pequeñez territorial de la región esconde paisajes naturales y sociales muy diversos de los que a menudo no somos conscientes. Pues bien, a la diversidad natural y social, hay que agregarle la diversidad histórica. Cierto que hemos estado expuestos a patrones generales de procesos históricos; sea la conquista, la experiencia colonial, la independencia, la construcción de los Estados Nacionales y la industrialización. Pero cada uno de ellos ha tomado una forma peculiar en cada territorio. Ese mosaico vibrante y cambiante se redibuja en cada congreso de historia.
El primer congreso de 1992 estuvo marcado por las esperanzas y expectativas de las posguerras. La región venía de dos décadas convulsas y trágicas marcadas por la violencia política, los estertores de la guerra fría, las apuestas revolucionarias, los desplazamientos poblacionales y la emigración. Con la firma de acuerdos de paz en Nicaragua, El Salvador y más tarde en Guatemala, se abría en la región un periodo marcado por las apuestas a la reconciliación y la democratización que se prestaba para repensar las causas profundas que nos habían empujado hacia la confrontación y la violencia y que bloqueaban el desarrollo. Buena parte de esas preocupaciones se reflejan en los libros de historia que se publicaron en la década de 1990; por ejemplo, la “Historia General de Centroamérica” publicada por FLACSO en 1993 y dirigida por el sociólogo guatemalteco Edelberto Torres Rivas, o la “Historia de El Salvador” para bachillerato, publicada por el MINED en 1994, y dirigida por Knut Walter; esta última tiene el mérito de haber sido el primer texto avalado por el Estado que abordó el levantamiento y matanza de 1932, hasta entonces tema tabú para los salvadoreños. Además, rescató la figura de Prudencia Ayala, cuyo valor se agranda con el tiempo; y destacó el legado de Monseñor Romero.
Mucho ha cambiado Centroamérica en los 34 años que median entre el primero y el actual congreso. Si el primero estuvo signado por la esperanza y las expectativas, el presente apunta más bien a la incertidumbre. Hace rato se apagaron los fuegos del optimismo de posguerra. La región sigue siendo pobre, las desigualdades parecen ensancharse. La emigración y las remesas siguen siendo la única opción para mejorar la calidad de vida para muchos centroamericanos. Los dólares remesados alcanzan incluso para que los gobiernos presenten como suyos, logros surgidos de la marginalidad.
La democracia y las libertades políticas siguen siendo esquivas y al menos en dos países de la región están en franca involución. Nada queda de la utopía revolucionaria y libertaria que empujó la revolución sandinista en la década de 1980; la dinastía Ortega-Murillo no tiene nada envidiar a la de Somoza, ni en poder, ni en riqueza, ni en abusos. El Salvador ha hecho la ruta sandinista en mucho menos tiempo; pasó de la prohibición expresa de la reelección a permitirla y luego a la reelección indefinida. El país vive una versión digitalizada y light del martinato. Honduras sigue sin poder definir su rumbo, y el vecino del norte, en lugar de ayudar, estorba. Solo así se explica que Donald Trump ordenara la liberación de un expresidente hondureño condenado por narcotráfico. Guatemala entusiasma y decepciona por igual. Por último, la excepcionalidad de Costa Rica es amenazada por las ondas populistas. Pero, a diferencia de sus vecinos, hasta hoy, la institucionalidad costarricense pareciera ser suficientemente sólida y resiste los embates populistas.
Frente a ese escenario de contrastes; las tres conferencias magistrales que tendrá el congreso de historia resultan particularmente interesantes. La inaugural será impartida por el historiador estadounidense Erik Ching, profundo conocedor de la política salvadoreña en una perspectiva de larga duración. Su disertación se titula “La democracia en El Salvador: una perspectiva histórica y comparativa”; seguramente será muy iluminadora. Erik ha escrito mucho sobre historia política de El Salvador; sus textos muestran la importancia del clientelismo en la política y la implicación de los militares en la gestión del poder. Una de sus mayores contribuciones fue desmitificar la participación del Partido Comunista en el levantamiento de 1932.
José Antonio Serrano, profesor del Colegio de Michoacán y apasionado de la historia mexicana y centroamericana del siglo XIX brindará una perspectiva regional comparada en su conferencia “Experiencias comunes, fracasos similares, futuros distintos. Las repúblicas federales en Centroamérica y México 1823-1840”. El solo título sugiere no perdérsela. Vale decir que, desde hace más de una década ha habido un enriquecedor acercamiento de los historiadores mexicanos y centroamericanos que ha permitido redescubrir cuánto tenemos en común, como bien lo muestran las publicaciones de la UNAM, el Colegio de Michoacán, la UAM Ixtapalapa, el COLMEX y la Universidad de Chiapas. De hecho, en el congreso se presentarán varios libros de historia centroamericana publicados en México.
La costarricense Patricia Alvarenga dará la conferencia de cierre. Para ello volverá al tema que la proyectó regionalmente: la violencia. Efectivamente, Patricia publicó en 1996 un texto que ya es un clásico: “Cultura y ética de la violencia. El Salvador 1880-1932”, en el que hizo un acercamiento novedoso a las dinámicas de la dominación, abriendo a la vez una ventana a un fenómeno concomitante; la resistencia. Su conferencia se titula “Retornar a la historia de la violencia en El Salvador”. Un tema particularmente interesante en este país, cuyo gobierno presume el combate a las pandillas como su mayor éxito; situación que esconde otro tipo de violencias.
Este congreso coincide con el aniversario 25 de la Licenciatura en historia de la Universidad de El Salvador, un proyecto en el que he participado desde sus inicios. La ocasión es propicia para agradecer a quienes apoyaron la iniciativa en su primer momento, ya sea gestores como Héctor Lindo, Adolfo Bonilla y Gregorio Bello; o padrinos generosos como Pedro Escalante y José Jorge Simán. Mención especial a dos mujeres que fueron determinantes para arrancar: María Isabel Rodríguez, rectora de la Universidad de El Salvador, y Evelin Jacir; la primera hizo posible que la UES fuera sede del V congreso centroamericano de historia en 2000 y en el acto de clausura se comprometió a crear la carrera de historia. La segunda, desde el MINED, aportó los fondos para la contratación de los primeros docentes.
A la distancia de los años es necesario reflexionar sobre el camino recorrido, las fortalezas y las debilidades. A nivel de la UES, esta carrera se distingue por su apuesta a la investigación. Varios de sus graduados han logrado éxitos en estudios de posgrado dentro y fuera del país. Vale recordar que la historia tiene una dimensión social que trasciende las aulas. Da sentido al presente explicándolo desde el pasado y por eso a veces resulta incómoda a quienes detentan el poder. En su excelente libro “Pensar el siglo XX”, Tony Judt dice “No somos meros historiadores, también somos ciudadanos con una responsabilidad de establecer una relación entre nuestras capacidades y el bien común. Obviamente, debemos escribir la historia como la vemos, por poco atractiva que resulte al gusto contemporáneo”. En tanto historiadores estudiamos el pasado; en tanto ciudadanos, vivimos en el presente.
Historiador, Universidad de El Salvador
2026 – Todos los derechos reservados
La realidad en tus manos
Fundado en 1936 por Napoleón Viera Altamirano y Mercedes Madriz de Altamirano.
Facebook-f Instagram X-twitter11 Calle Oriente y Avenida Cuscatancingo No 271 San Salvador, El Salvador Tel.: (503) 2231-7777 Fax: (503) 2231-7869 (1 Cuadra al Norte de Alcaldía de San Salvador)
📞 +503 7854 1557
✉️ anunciate@elsalvador.com