Quizá la gran lección sea que, en la realidad, el progreso depende de que cada persona decida hacer lo correcto, incluso cuando nadie la observa
Quizá la gran lección sea que, en la realidad, el progreso depende de que cada persona decida hacer lo correcto, incluso cuando nadie la observa
La tentación de saltarse las reglas es una de las debilidades humanas más frecuentes. Nos acompaña desde que somos niños y aparece en los ámbitos más diversos: en la familia, en la escuela, en el trabajo, en el deporte y en la vida cotidiana.
Desde los primeros relatos del Génesis, Dios estableció una regla: no comer del árbol prohibido. Sin embargo, la serpiente convenció a Eva; Eva ofreció el fruto a Adán y ambos decidieron desobedecer. Cuando Dios les pidió cuentas, ninguno asumió plenamente su responsabilidad. Eva dijo: «La serpiente me engañó». Adán respondió: «La mujer que me diste me dio del fruto».
Con frecuencia, cuando hacemos algo indebido, buscamos un culpable antes que reconocer nuestra propia decisión.
Poco después sucede algo aún más doloroso: Caín mata a su hermano Abel. Es el primer homicidio y, además, ocurre dentro de la misma familia. Así aparece la violencia intrafamiliar en la historia de la humanidad.
Después de miles de años, aunque hemos avanzado en ciencia, tecnología, educación y comunicaciones, muchas de esas conductas siguen presentes.
Lo vemos también en este Mundial. Jugadores profesionales, conscientes de que están siendo observados por árbitros, asistentes, decenas de cámaras y el VAR, continúan cometiendo codazos, agarrones de camiseta, empujones, entradas violentas y protestas contra el árbitro. Y, cuando los sancionan, levantan los brazos y hacen gestos como si estuvieran siendo tratados injustamente.
Todos saben que esas acciones pueden ser revisadas y sancionadas. Sin embargo, algunos siguen intentando obtener una ventaja al margen de las reglas. Se supone que son profesionales entrenados para competir con nobleza y respetar el reglamento. Pero, en los momentos de mayor presión, aparece la vieja tentación humana: ganar como sea, aunque para ello haya que saltarse las reglas.
También llama la atención que muchos jugadores que unos minutos antes cometieron una falta lloren cuando su equipo es eliminado o celebren con inmensa alegría cuando consiguen la victoria. Aquí aparece el otro lado de la condición humana. Incluso las grandes estrellas sienten ilusión, miedo, frustración, orgullo, dolor y esperanza.
Este fenómeno no ocurre solo en el deporte. Aquí ya funcionan semáforos inteligentes con cámaras que fotografían a quienes se pasan la luz roja y les envían automáticamente la multa. Aplicaciones como Waze incluso advierten con anticipación dónde están ubicadas esas cámaras. Sin embargo, muchas personas siguen cruzando indebidamente los semáforos. El problema no es la falta de información, sino la decisión consciente de ignorarla.
Lo mismo ocurre en la empresa y en la sociedad. Podemos establecer leyes, procedimientos, auditorías, cámaras, inteligencia artificial y sistemas de supervisión cada vez más sofisticados. Todo eso ayuda, pero no sustituye la honestidad, el autocontrol ni los valores. La tecnología puede descubrir una falta; los principios ayudan a evitar que se cometa.
En nuestra sociedad siempre existen quienes incumplen las normas y deben ser investigados y sancionados cuando hay pruebas. Pero también hay millones de personas que cada día respetan las reglas, cumplen con su deber y hacen bien su trabajo sin recibir reconocimiento alguno.
Quizá la gran lección sea que, en la realidad, el progreso depende de que cada persona decida hacer lo correcto, incluso cuando nadie la observa.
Porque las reglas pueden escribirse en un libro sagrado, en un reglamento deportivo, en un procedimiento empresarial o en una ley. Pero, al final, siempre interviene el sentido común. El sentido común no distingue entre creyentes o no creyentes, entre ricos o pobres, entre gobernantes o ciudadanos, entre estrellas del deporte o aficionados. Solo distingue entre lo correcto y lo incorrecto.
Cuando aprendemos a vivir guiados por ese principio, las reglas dejan de ser una obligación impuesta desde afuera y se convierten en una convicción que nace desde adentro. Es uno de nuestros mayores desafíos y, al mismo tiempo, la mejor herencia que podemos dejar a las nuevas generaciones.
Ingeniero
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