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Lo penúltimo y lo último

El cristiano que se resiste no está negando que el gobernante tenga alguna autoridad; está negando que tenga autoridad para ser visto como incuestionable

Pastro Mario Vega iglesia Elim

A finales del siglo XIX un grupo de arqueólogos alemanes que trabajaban en las excavaciones de la antigua ciudad de Priene, actualmente Turquía, descubrieron una inscripción en piedra muy bien conservada. Se trataba de un decreto de la asamblea de la provincia de Asia, datada en el año 9 a. C., que reformaba el calendario para que el año nuevo comenzara el día del cumpleaños del emperador Augusto. El descubrimiento fue publicado por primera vez en 1899 en la revista del Instituto Arqueológico Alemán.

Lo especial de la inscripción es el vocabulario que utiliza. El texto describe el nacimiento de Augusto como el «principio del evangelio para el mundo», presenta al emperador como salvador (sóter) enviado por la Providencia (pronoia), y sitúa su venida como el inicio de una nueva era que pone fin a las guerras y trae orden y paz. Es decir, reúne en un solo documento no cristiano casi todo el vocabulario que luego aparecería en el Nuevo Testamento: EvangelioSalvador, Hijo de Dios, parousía/venida, epifanía y una cronología que reinicia el tiempo a partir del nacimiento de un personaje divino.


En los años siguientes, la misma inscripción se fue descubriendo en las excavaciones de otras ciudades como Apamea, Eumenea, Dorileo, Meonian y más recientemente en Metrópolis, lo que prueba que no fue un texto aislado sino una proclamación oficial difundida por el aparato de propaganda del culto imperial. La inscripción del calendario de Priene es una evidencia material y fechada del lenguaje que ya se usaba para el culto al emperador una generación antes de la redacción de los evangelios, lo cual demuestra que los títulos como «Señor» y «Salvador» aplicados a Jesús no fueron neutros, sino que se trató de una apropiación que se oponía y subvertía deliberadamente la propaganda imperial.

Mientras la inscripción de Priene proclama el nacimiento de Augusto como el «principio del evangelio para el mundo», el evangelio de Marcos comienza proclamando: «El principio del evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios», lo que constituía una clara negación de que el emperador Augusto fuera el Salvador y que su nacimiento fuera una verdadera buena noticia.

Estos hechos concretos deberían mover a los cristianos contemporáneos a revisar la idea común de que los primeros creyentes eran apolíticos y que se limitaron a orar y anunciar el perdón de los pecados. La conclusión más prudente a la que conducen estas evidencias es que los primeros cristianos no fueron «neutrales» en sentido absoluto frente al poder político, porque su anuncio de Jesús como Señor, Salvador e Hijo de Dios entraba en competencia directa con el lenguaje religioso-político del Imperio Romano.

Cuando los cristianos proclamaban el evangelio de Jesucristo no estaban usando una expresión espiritual inocente. Pero la resistencia cristiana no era primariamente una rebelión política ni un intento de tomar el poder, sino una negativa confesional: desacralizar al gobernante, recordarle que era una criatura y no el Creador. Si Cristo es el Señor, entonces ninguna otra instancia puede ocupar ese lugar.

La clave está en distinguir entre lo que el gran teólogo Paul Tillich llamaba lo penúltimo y lo último. El cristianismo no es intrínsecamente anárquico: reconoce que la autoridad política tiene un papel real y hasta legítimo. El Estado puede reclamar impuestos, orden y obediencia civil, es decir, las cosas penúltimas. El problema surge cuando el gobernante cruza esa frontera y exige lo último: que se le crea todo, que sea la palabra final sobre la conciencia, que se convierta en la fuente de la identidad y la seguridad de la persona. El problema de fondo es un conflicto de lealtades últimas, y su nombre técnico en Teología es idolatría.

El conflicto no es tanto entre religión y política, sino entre dos afirmaciones sobre qué es lo definitivo en la realidad. Todo ser humano organiza su vida en torno a una preocupación última, y la idolatría consiste en elevar algo penúltimo, como un líder o un gobierno, a la categoría de último. El cristiano que se resiste no está negando que el gobernante tenga alguna autoridad; está negando que tenga autoridad para ser visto como incuestionable. Y esa negativa, aparentemente pequeña, es la que hace la diferencia entre ser fiel o idolatra.

Pastor General de la Misión Cristiana Elim.

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