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Hecatombe en Venezuela

Hoy El Salvador continúa creciendo verticalmente y desarrollándose, pero ese crecimiento debe ir acompañado de una cultura de prevención y de rigurosos controles en materia de construcción.

Muchas veces, los medios de comunicación, tanto impresos como digitales, han utilizado este término para describir un acontecimiento impactante que ha ocupado la primera plana a lo largo de nuestra historia, especialmente en relación con fenómenos y desastres naturales que han golpeado a nuestro país.

Es necesario desglosar la composición de esta palabra, que proviene del griego antiguo: hekatón (cien) y bous (buey). Originalmente hacía referencia al sacrificio ritual de cien bueyes ofrecidos a los dioses del Olimpo para obtener su favor y protección. Con el paso del tiempo, el término pasó a emplearse para describir una gran desgracia, una catástrofe o una mortandad masiva.


Ante la hecatombe que vive Venezuela es imposible no quebrarse al contemplar tanta desgracia. Historias desgarradoras y videos muestran los últimos instantes de personas y familias cuyas vidas quedaron sepultadas en cuestión de segundos. En el caso de La Guaira, bastaron apenas 39 segundos para que los terremotos de magnitudes 7,5 y 7,2 provocaran el colapso de 250 edificios. Resulta imposible imaginar que tantas estructuras, diseñadas para albergar vidas, terminaran convirtiéndose en trampas mortales.

La magnitud del desastre es tal que, al observar las imágenes aéreas captadas por helicópteros y drones sobre las zonas devastadas, resulta inevitable pensar que miles de personas permanecen sepultadas bajo los escombros. Mientras el tiempo corre en contra de las labores de rescate, aún existe la esperanza de que ocurran milagros y de que algunas personas continúen con vida, resistiendo y esperando ser rescatadas.

El Servicio Geológico de los Estados Unidos publicó una estimación que estremeció especialmente a la prensa internacional. Con base en la magnitud de los dos sismos, su profundidad y el nivel de destrucción observado, considera posible que el número de víctimas mortales oscile entre 10 000 y 100 000 personas. Se trata de una cifra dantesca que refleja la dimensión potencial de esta tragedia.

La ayuda y la solidaridad internacionales no se han hecho esperar. Numerosas naciones se han volcado a respaldar a Venezuela mediante el envío de equipos de rescate, unidades caninas especializadas, personal técnico y ayuda humanitaria. Entre los países que han ofrecido asistencia se encuentran Estados Unidos, México, España, Argentina, Catar, la India y nuestro país, El Salvador.

Es difícil desligar esta hecatombe venezolana de los recientes acontecimientos políticos, como el fin parcial de la dictadura y del chavismo, la captura y encarcelamiento de Nicolás Maduro en una prisión de Nueva York a principios de este año y la incursión de las fuerzas Delta de Estados Unidos para trasladarlo a ese país. Muchos se preguntan dónde está hoy la solidaridad de aquellos países que durante años recibieron apoyo de Venezuela por medio de los fondos de la Alternativa Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA). ¿Dónde están ahora retribuyendo todo lo que Venezuela les brindó? Me refiero a Cuba y Nicaragua. Pareciera que su lealtad y agradecimiento estaban dirigidos únicamente hacia Chávez y Maduro, y no hacia el pueblo venezolano, que hoy necesita ese respaldo más que nunca.

A pesar de todo, y aunque la actual presidenta, Delcy Rodríguez, está sujeta a las directrices de Washington, figuras emblemáticas del antiguo régimen han vuelto a aparecer en la escena pública haciendo politiquería y recurriendo al populismo. Tal es el caso de Diosdado Cabello, quien recientemente se dirigió a un grupo de simpatizantes con un discurso cargado de retórica política, después de haber permanecido durante meses en un bajo perfil mientras era buscado por la justicia estadounidense.

Muchos periodistas y analistas se preguntan, en medio de la congoja, qué le espera ahora a Venezuela. Tras el descabezamiento de la dictadura, el país enfrenta además una tragedia natural de enormes proporciones. A pesar de ser una nación inmensamente rica en recursos petroleros, hoy le resulta imposible sostenerse por sí sola.

Algunos consideran que Venezuela atraviesa una etapa de transformación histórica. Si bien el enorme poder destructivo de ambos terremotos fue determinante para arrasar zonas como La Guaira, también quedaron al descubierto las profundas secuelas de años de corrupción, improvisación y abandono institucional. La tragedia evidenció deficiencias en la supervisión de las construcciones, la ausencia de un adecuado monitoreo geológico y la insuficiencia de sistemas modernos de alerta temprana.

No cabe duda de que este tipo de catástrofes también dejan al descubierto la corrupción de funcionarios, autoridades y constructores inescrupulosos, que priorizan el enriquecimiento personal sobre la seguridad de la población. Construcciones realizadas con materiales de baja calidad, controles deficientes y falta de fiscalización terminan cobrando un precio incalculable en vidas humanas.

Existe un error muy arraigado en la mente humana: pensar que una tragedia de esta magnitud nunca podría sucedernos. Vale la pena hacer el ejercicio de mirarnos en ese espejo y preguntarnos qué haríamos si enfrentáramos una situación semejante y qué tan preparados estamos realmente para responder a un desastre de esa magnitud.

Nuestro país, particularmente San Salvador, ha sido destruido y reconstruido tras potentes y devastadores terremotos a lo largo de su historia. Uno de los más letales fue el del 10 de octubre de 1986. Hoy El Salvador continúa creciendo verticalmente y desarrollándose, pero ese crecimiento debe ir acompañado de una cultura de prevención y de rigurosos controles en materia de construcción.

Conviene observar la experiencia de Chile, uno de los países latinoamericanos que convive de manera permanente con fuertes terremotos. Gracias al desarrollo de estrictas normas de construcción, sistemas de alerta temprana, monitoreo sísmico y una sólida cultura de prevención, ha logrado reducir significativamente el impacto de este tipo de eventos.

Desde mi corazón expreso toda mi solidaridad al pueblo hermano de Venezuela. Mucha fuerza. Estoy convencido de que, con resiliencia y el apoyo de la comunidad internacional, lograrán salir adelante.

Experto en temas ambientales y cambio climático.

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