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El Mundial convierte a Miami en un epicentro del fútbol

Miami es un mosaico étnico, donde habitan comunidades numerosas provenientes de América Central y del Sur y del Caribe. Cada comunidad apoya a sus propias selecciones durante el Mundial.

Fotos: agencia EFE

El Mundial de Fútbol se vive con una intensidad multicultural en Miami, y la ciudad se convierte en una de las sedes futbolísticas más vibrantes de Estados Unidos.


Los partidos del Mundial que se juegan en la metrópolis floridana comenzaron el 15 de junio y terminan el 18 de julio.

Miami es un mosaico étnico, donde habitan comunidades numerosas provenientes de América Central y del Sur y del Caribe. Cada comunidad apoya a sus propias selecciones durante el Mundial.

Los fanáticos se reúnen en restaurantes locales para ver los partidos y vitorear a sus respectivos equipos. Por ejemplo, los argentinos suelen acudir al restaurante Manolo, en el norte de Miami Beach, mientras los aficionados colombianos, venezolanos y brasileños llenan establecimientos en Doral y Kendall, en el oeste del condado de Miami-Dade.

La celebración del Mundial y la llegada de figuras internacionales a Miami en los últimos años ha fomentado una cultura futbolística. Es común ver a residentes luciendo camisetas con emblemas del deporte o con los nombres de estrellas del fútbol, como Messi.

Mientras los deportistas compiten, los fanáticos han colmado calles y lugares populares como la Calle Ocho en el céntrico barrio de la Pequeña Habana; el parque Bayfront, a orillas de la bahía de Biscayne, y bares deportivos en las zonas de moda de Brickell y Wynwood, con pantallas donde se pueden ver los partidos en vivo.

En una extensa área urbana donde solo unos pocos barrios son caminables, la movilidad en Miami depende mayormente del automóvil. Como era de esperar, alrededor del estadio donde se juegan los partidos (el Hard Rock Stadium, en el norte del condado), el tráfico vehicular y el estacionamiento son un dolor de cabeza.

Otros lugares céntricos de Miami también sufren el trastorno causado por el evento. En zonas turísticas y muy frecuentadas como South Beach y el downtown, hay una saturación extrema por la llegada de visitantes y por eventos paralelos a los partidos de fútbol, y los estacionamientos elevan sus precios a 50 u 80 dólares por día.

Para evitar el colapso de las vías que conducen al estadio, las autoridades han implementado operativos y controles estrictos. Han puesto en marcha un sistema de autobuses gratuitos que llegan al estadio desde cuatro puntos de concentración. Al mismo tiempo, han ordenado bloqueos de calles y restricciones en la salida de la autopista, y han prohibido que los servicios de transporte compartido como Uber y Lyft recojan o dejen pasajeros en el estadio. Los que usen esos servicios deben bajarse en zonas lejanas designadas al efecto y caminar una distancia larga para asistir al partido.

Como los pases para estacionar en los terrenos del estadio son limitados, se ha disparado un mercado de reventas donde los precios por partido llegan a cientos de dólares.

Miami vibra a un ritmo de locura y el derroche por ver jugar al equipo favorito alcanza niveles estratosféricos.

El Mundial de Fútbol genera un entusiasmo masivo al combinar un fuerte sentido de identidad nacional y pertenencia grupal con un conjunto de emociones intensas, como la anticipación y la recompensa, junto con la incertidumbre y la magia de un evento que ocurre cada cuatro años.

El Mundial –como otras grandes competencias deportivas– eleva la autoestima colectiva mediante la “gloria ajena”, haciendo que el éxito de la selección se sienta como un logro personal. Seguir las hazañas de los deportistas favoritos sirve como una válvula de escape que une a las personas sin que en ese momento importe la clase social.

Pero también hay muchas personas que, aunque hacen ejercicios, van al gimnasio, corren o caminan distancias largas, no sienten la fiebre del fútbol ni de ninguna competencia deportiva que atrae a multitudes, entre ellos el que esto escribe, lo confieso.

La aparente contradicción tiene su explicación: practicar deporte y consumir deporte como entretenimiento son dos procesos psicológicos y neurológicos totalmente diferentes.

Muchas personas que entrenan con frecuencia tienen una conexión directa y activa con el ejercicio, independiente de los mecanismos sociales y emocionales que fomentan el fanatismo deportivo. En estos casos, el cerebro activa la dopamina y las endorfinas a través del esfuerzo propio, el movimiento y la superación personal en el gimnasio o el parque.

De manera que algunos, en vez de sentarse en las gradas del estadio, seguirán haciendo ejercicio en el oeste de Miami, lejos del alboroto del Mundial, mientras que al otro lado de la urbe, la emoción de los partidos, los gritos de gol y los abrazos con amigos y también con desconocidos crean un entusiasmo masivo y espacios de cohesión social, después de pagar el alto costo del estacionamiento y de poner los nervios a prueba en el caótico tráfico de la Ciudad del Sol. [FIRMAS PRESS]

Andrés Hernández Alende es un escritor y periodista radicado en Miami. Sus novelas más recientes son El ocaso yLa espada macedonia, publicadas por Mundiediciones. También ha publicado el ensayo Biden y el legado de Trump con Mundiediciones y el ensayo Una plaga del siglo XXI, sobre la pandemia del COVID-19.

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