La vida no se recuerda por los días normales, sino por los momentos que nos hicieron sentir algo especial.
La vida no se recuerda por los días normales, sino por los momentos que nos hicieron sentir algo especial.
Mientras miraba el partido del Mundial 2026 entre Francia y Senegal, me gustó mucho el gol de los senegaleses y también exclamé… ¡Gol! Pues en esos partidos me identifico más con el equipo del país con menos proyección futbolística internacional.
Fue un disparo de Kylian Mbappé tan potente que, aunque el portero francés logró tocar el balón, la fuerza del tiro prácticamente lo hizo retroceder. Fue uno de esos goles que obligan a levantarse del asiento y que recuerdan que el fútbol sigue siendo capaz de sorprendernos.
Pues ese cañonazo me transportó a mi infancia en San Vicente. Tendría unos doce años cuando fui con mi padre a ver un partido entre el Independiente de San Vicente y el FAS de Santa Ana.
Existía una gran rivalidad deportiva entre ambos equipos. El marcador estaba empatado a cero y faltaban pocos minutos para terminar el encuentro. Entonces ocurrió una falta peligrosa a 40 metros del área.
La afición comenzó a gritar: ¡Que lo tire Julio! ¡Que lo tire Julio!
Julio Vaquerano, un excelente futbolista, tomó el balón entre sus manos, lo colocó en la grama, dio unos cinco pasos hacia atrás y ejecutó el tiro libre. Lo que ocurrió todavía lo recuerdo como si hubiera sucedido ayer. Seguimos el balón con la mirada desde el punto del tiro… Salió disparado como un proyectil y terminó en el fondo de la red de la esquina izquierda de la portería.
Como muchos aficionados, mi padre y yo habíamos corrido hacia la portería del FAS para ver mejor lo que sucedería. Fue entonces cuando escuché a un señor exclamar con gran emoción: ¡Ese tiro no lo paraba ni el Colocho!
Como no entendí la referencia, pregunté a mi padre quién era «el Colocho». Me respondió: «Aquí algunos llaman «El Colocho» a Jesucristo por los rizos con que aparece en algunas imágenes».
Está claro que el señor no estaba cometiendo un sacrilegio. Simplemente, por su gran emoción, utilizó la expresión más grande que encontró en esos microsegundos para describir un disparo que le había parecido imposible de detener.
Pero lo que más recuerdo no es el gol en sí. Recuerdo a la gente abrazándose. Recuerdo los gritos. Recuerdo la alegría colectiva. Y, sobre todo, recuerdo que todos repetían una misma frase: ¡Le ganamos al FAS! ¡Le ganamos al FAS!
Nadie hablaba de puntos ni de posiciones en la tabla. Lo importante era que el equipo de San Vicente había derrotado, en aquellos años, a uno de los grandes del fútbol salvadoreño.
En ese momento entendí lo que sigo observando hoy en los Mundiales y en los partidos de las selecciones africanas y de otros países contra los grandes equipos europeos. Me imagino lo que sintieron los senegaleses en sus casas, en Senegal, con el cañonazo de su compatriota. Y no les importa tanto si ganan o pierden el partido, pues no es fácil ganarle a Francia; pero, en ese momento, lo importante fueron esos segundos inolvidables.
Los aficionados no celebran solamente una victoria deportiva. Celebran sentirse parte de algo más grande que ellos mismos. Y así es que, muchos años después, sigo recordando aquel gol y aquella tarde en San Vicente. Porque las estadísticas se olvidan. Los campeonatos pasan. Pero las emociones compartidas permanecen.
Y algunas veces, un solo cañonazo basta para quedar grabado para siempre en la memoria de una ciudad.
Han pasado más de sesenta años desde aquel gol. No recuerdo todos los partidos que vi en mi juventud, pero todavía recuerdo los abrazos, los gritos y la alegría de aquella tarde. Porque los resultados pertenecen a los archivos; las emociones pertenecen a las personas.
La vida no se recuerda por los días normales, sino por los momentos que nos hicieron sentir algo especial.
Y aquella tarde en San Vicente, cuando todo el mundo gritaba «¡Le ganamos al FAS!», fue claramente uno de esos momentos.
Ingeniero/
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