Llegó nuevamente el Día del Maestro, esa fecha en la que la sociedad entra en un acuerdo tácito de amnesia colectiva.
Durante veinticuatro horas recordamos a los educadores como figuras casi sagradas. Compartimos fotografías antiguas, escribimos mensajes de agradecimiento y repetimos frases sobre la noble misión de formar generaciones. Por un día, todos los maestros parecen haber sido sabios, pacientes, justos y bondadosos. Una especie de santos patronos de la pedagogía.
Y, sin embargo, basta cerrar los ojos para que aparezcan otros recuerdos. Porque sí, todos recordamos a un maestro extraordinario, pero también recordamos al que nos humilló frente a la clase. Al que tenía favoritos. Al que confundía el respeto con el miedo. Al que utilizaba la vergüenza como herramienta educativa. Al que veía el sufrimiento de un estudiante y decidía que no era asunto suyo.
Resulta curioso que una profesión dedicada a enseñar valores haya producido tantas personas incapaces de practicarlos cuando más importaba.
De niño uno tarda en comprender que el aula también es una estructura de poder. Cree que las reglas existen para todos por igual. Cree que los adultos son imparciales. Cree que la autoridad y la justicia son sinónimos. Después crece y recuerda.
Recuerda que había alumnos a quienes se les perdonaba todo y otros a quienes no se les perdonaba nada. Recuerda que algunos podían hablar fuera de turno y eran carismáticos; otros hacían exactamente lo mismo y eran irrespetuosos. Recuerda que la vara nunca medía igual para todos. Y recuerda, sobre todo, aquella extraña tradición de los regalos.
Porque pocas cosas describen mejor ciertas dinámicas escolares que el Día del Maestro.
Los estudiantes llegaban cargando flores, chocolates, tazas, perfumes, joyería y toda clase de tributos. Era una especie de versión infantil de la diplomacia internacional: cada quien intentando mantenerse en buenos términos con la autoridad.
Por supuesto, nadie admitía que los regalos generaban diferencias, era una de esas cosas que oficialmente no ocurrían. Como los alumnos favoritos. Como las preferencias. Como los castigos selectivos. Como el bullying que algunos docentes parecían incapaces de ver incluso cuando ocurría frente a sus ojos.
Y mientras tanto, los estudiantes aprendían. Aprendían mucho más de lo que aparecía en los programas oficiales. Aprendían quién merecía protección y quién no. Aprendían quién podía ser ridiculizado sin consecuencias. Aprendían que la autoridad no siempre es justa. Aprendían que algunos adultos exigen un respeto que jamás están dispuestos a devolver.
La gran mentira es creer que los maestros educan únicamente cuando enseñan. No. También educan cuando humillan. Cuando ignoran. Cuando favorecen. Cuando castigan arbitrariamente. Cuando convierten el miedo en método. Y cuando observan una injusticia y concluyen que intervenir es demasiado inconveniente.
A veces se habla del bullying como si fuera un fenómeno exclusivamente estudiantil. No lo es. El bullying prospera cuando los adultos responsables deciden tolerarlo. Ningún niño controla el clima moral de un salón de clases. Los adultos sí.
Por eso resulta tan llamativo que, al hablar de educación, solemos evaluar a los maestros por la capacidad de sus alumnos para memorizar información, pero rara vez por la seguridad emocional que fueron capaces de construir.
Décadas después, la mayoría de las personas ha olvidado exámenes, fechas históricas y fórmulas matemáticas. Lo que no ha olvidado es cómo las hicieron sentir. No recuerda la clase del martes, recuerda la humillación. No recuerda el contenido del examen, recuerda el favoritismo. No recuerda una explicación, recuerda que nadie defendió.
Esa es la verdadera huella de un maestro. No la que aparece en los diplomas. La que permanece cuando todo lo demás desaparece.
Así que feliz Día del Maestro para quienes entendieron que educar no consiste en controlar un aula, sino en cuidar a quienes están dentro de ella. Para quienes utilizaron su autoridad para proteger y no para intimidar. Para quienes comprendieron que un niño aprende más de la conducta de un adulto que de cualquier discurso sobre valores. A ellos, toda la gratitud.
A los demás, quizás les corresponda algo menos cómodo. No un homenaje. No una tarjeta. No una taza con mensajes inspiradores. Les corresponde la incómoda posibilidad de que algunos de sus antiguos alumnos todavía los recuerden y no precisamente con cariño.
Alejandra Gavidia
Consultora política y Miss Universo El Salvador 2021