La llegada de la temporada mundialista de fútbol ofrece una ocasión propicia para plantear cuestionamientos legítimos sobre temas de interés global.
Uno de los más relevantes es, quizá, el del sentimiento de identidad bajo el concepto de nación.
No cabe duda de que reunir a los países en escenarios que evocan antiguos campos de batalla o arenas de combate —y otorgar a estas gestas la categoría de globales— responde inevitablemente a un marco contextual específico.
Que el mundial se celebre cada cuatro años, como lo establece la FIFA, no significa que se desarrolle en un vacío. Cada edición ocurre en un entorno global distinto, marcado por tensiones, transformaciones y nuevas sensibilidades. Pretender que ese contexto no influya en el desarrollo del torneo resulta, cuando menos, ingenuo.
Vamos a iniciar con una rápida mirada al ámbito publicitario. ¿Qué ha resultado más notorio en la promoción previa al evento?
La identidad nacional ha quedado resaltada, y en este sentido Noruega quizá sea el ejemplo más evidente y exitoso. Todo el empeño se ha concentrado en presentar a su selección como una recreación de los antiguos guerreros nórdicos de la época vikinga, empoderando a los jugadores en ese papel. Destaca especialmente la figura de Erling Braut Haaland, cuya apariencia con el cabello largo refuerza la imagen de autenticidad.
Hasta aquí podría parecer un simple recurso publicitario. Sin embargo, al observar la reacción de la afición noruega —que dentro y fuera de los estadios recrea con gritos y gestos la acción de remar en un drakkar, la clásica embarcación vikinga— resulta evidente que algo más está ocurriendo.
Se trata de un fenómeno que contagia a miles y que, pese a la resistencia de una minoría, ha terminado por impregnar a todo un país, e incluso a más de uno. La prueba está también en las recreaciones generadas con inteligencia artificial, donde cada pabellón nacional aparece acompañado por un abanderado y una figura mítica que simboliza su identidad cultural.
En mi criterio particular —y como un paréntesis— la representación más hermosa es la de Bélgica, con su “Dama Coronada”, verdadero símbolo nacional que sintetiza tradición y soberanía.
Antes de aterrizar en lo que, a mi juicio, se manifiesta a través de esta reacción multitudinaria, conviene detenerse en el “ruido” que se ha generado alrededor de estas expresiones.
En Noruega, sectores minoritarios vinculados al globalismo han comenzado a calificar como manifestaciones “neonazis” y “machistas” el hecho de que los jugadores aparecieran vestidos con trajes propios de su historia, de su cultura y de su verdad ancestral.
Ignoro cómo podría existir nazismo en tiempos de los vikingos, o cómo se les puede tildar de representantes del machismo. Especialmente lo último resulta insostenible: en aquella sociedad violenta y guerrera, avesada en la navegación, el comercio y la piratería, las mujeres eran cualquier cosa menos sometidas. Fueron doncellas escuderas, tuvieron la potestad de divorciarse incluso por infidelidad, administraron tierras y negocios, heredaron propiedades y ejercieron como sacerdotisas.
Esto es, en realidad, mucho más de lo que puede decirse de otras sociedades de aquella época —y aún de la nuestra— respecto al lugar de la mujer.
Por ello, y dado que estas minorías en Noruega conocen bien estos detalles, cabe concluir que tales declaraciones no buscan un debate serio ni cuentan con respaldo popular. Son, más bien, ruido destinado a distraer la atención del verdadero fenómeno que se encuentra detrás de todo este asunto.
No se trata únicamente de un fenómeno que brilla en este mundial a través de la selección y la afición de Noruega. También lo vemos en la afición escocesa, que luce con orgullo el kilt —la falda tradicional de las Tierras Altas— acompañado incluso de su sporran, la bolsa frontal que completa el atuendo. Los mexicanos, por su parte, se expresan con cánticos y símbolos folklóricos, mientras que aficiones africanas, como la de la República Democrática del Congo, irrumpen con sus bailes rituales dentro del estadio.
La pregunta, entonces, es qué hay detrás de estas manifestaciones que no se limitan a una participación ocasional o momentánea, sino que se convierten en una auténtica consigna colectiva: un mensaje de identidad que acompaña a las aficiones y que trasciende lo deportivo para convertirse en una declaración cultural y política.
La lógica me lleva a pensar que, si el ruido proviene de las trilladas manifestaciones de “neonazismo” y “machismo” impulsadas por el sector más radical del globalismo —no por sus líderes ni por sus creadores, sino por una izquierda internacional desgastada y su corriente woke—, entonces el tema del racismo y el empeño por destruir las identidades histórico-culturales de los pueblos occidentales, predeterminados como sus víctimas, revela algo más profundo. Por intuición, siguiendo a Spinoza, la conclusión es doble: por un lado, emerge una voz creciente que clama por recuperar la identidad nacional en pueblos que sienten que la están perdiendo o que se las están arrebatando; y por el otro, se manifiesta un temor bien fundado de que ese despertar nacionalista termine asestando un golpe fatal a las intenciones globalistas de la izquierda internacional.
Y esto lo podemos llevar a niveles de política internacional y geo-política. Con un Parlamento Europeo, tradicionalmente alineado con la izquierda, que hoy toma un rumbo diferente, ante la mirada atónita de los que por décadas manipularon las decisiones y hoy quieren venir a rasgarse las vestiduras.
Al parecer la verborrea no logra dominar a la Tercera Ley de Newton.
Médico y Abogado.