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¡Feliz Día del Padre!… excepto para los que le huyen a la cuota alimenticia

En estas festividades por el Día del Padre vale la pena reconocer a los hombres que honran su papel con responsabilidad y sacrificio. Pero también vale la pena enviar un mensaje a aquellos que creen que la paternidad consiste únicamente en aparecer una vez al año para tomarse una fotografía y luego desaparecer más rápido que un político después de las elecciones

Jaime Ramírez Ortega

Miren, y hablando acerca del Día del Padre que recientemente se estuvo celebrando, quiero comenzar enviando un sincero saludo a todos aquellos hombres que se levantan temprano para trabajar, que llegan cansados a sus hogares, que sacrifican sus propios gustos para comprar útiles escolares, zapatos, uniformes, medicinas o simplemente una hamburguesa para sus hijos. A esos padres que, aunque la vida les ha dado golpes más fuertes que una patada de mula en carretera de tierra, siguen adelante porque entienden que la palabra «papá» no es un título honorífico, sino una responsabilidad permanente. A ellos, mis respetos.

Ahora bien, después de felicitar a los verdaderos padres, corresponde hablar de una especie muy particular que también suele aparecer en estas fechas. Me refiero a esos individuos que el resto del año son más difíciles de encontrar que una aguja en un pajar, pero que el Día del Padre aparecen en redes sociales publicando fotografías con frases conmovedoras como: «Mis hijos son mi mayor tesoro», acompañadas de una imagen tomada hace nueve años cuando todavía los niños usaban pañales y no sabían que el hombre de la foto pronto desarrollaría una alergia severa a las cuotas alimenticias.


Es impresionante la creatividad de algunos de estos personajes. Si la misma energía que utilizan para evadir responsabilidades la utilizaran para trabajar, probablemente ya serían empresarios exitosos. Pero no. Prefieren dedicar sus talentos al deporte extremo de esconderse cuando llega el día de pago. Son verdaderos atletas de la evasión. Algunos desaparecen tan rápido que deberían ser estudiados por la física cuántica. Los científicos todavía intentan explicar cómo un hombre puede publicar fotografías desde la playa un sábado, aparecer celebrando en una discoteca el domingo y, milagrosamente, declararse en bancarrota cada vez que le recuerdan la cuota alimenticia.

Existe incluso una curiosa enfermedad que parece afectar únicamente a ciertos padres irresponsables. Los médicos aún no la han clasificado oficialmente, pero yo la llamaría «amnesia alimentaria selectiva». El paciente recuerda perfectamente cuándo juega el Real Madrid, cuándo hay promoción de cerveza en el supermercado y cuándo sale el nuevo modelo de teléfono celular, pero olvida misteriosamente que tiene hijos. Lo extraordinario es que la enfermedad empeora cada quincena. El día de pago presenta síntomas agudos: pérdida temporal de señal telefónica, desaparición repentina de WhatsApp, incapacidad para responder mensajes y una extraña tendencia a bloquear números desconocidos.

Pero la joya de la corona es el famoso padre filósofo. Ese personaje que, cuando se le reclama el cumplimiento de sus obligaciones, responde con reflexiones profundas que harían llorar de emoción a Sócrates. Dice cosas como: «El amor no se compra con dinero». Y tiene razón. El amor no se compra con dinero. El problema es que los útiles escolares tampoco se compran con poemas. Los zapatos no se adquieren con discursos motivacionales. Las medicinas no se pagan con reflexiones existenciales. El supermercado todavía no acepta como forma de pago frases inspiradoras publicadas en Facebook.

También existe el padre contador forense. Este es fascinante. Nunca preguntó cuánto costó el embarazo. Nunca preguntó cuánto costó el parto. Nunca preguntó cuánto cuestan las vacunas, los cuadernos o las consultas médicas. Pero cuando llega el momento de entregar la cuota alimenticia, exige auditorías internacionales. Quiere facturas, recibos, certificaciones, balances generales, estados financieros y posiblemente la intervención del Fondo Monetario Internacional para verificar el destino de cada centavo. Lo curioso es que para gastar cien dólares en una fiesta jamás solicita una auditoría externa.

La realidad, sin embargo, es menos divertida para los niños. Detrás de cada cuota alimenticia existe un menor que necesita comer, estudiar y crecer dignamente. Por esa razón, el ordenamiento jurídico salvadoreño no considera este tema como una simple discusión familiar. El legislador entendió que la irresponsabilidad paternal puede convertirse en una forma de violencia económica contra los hijos. Por ello, el artículo 201 del Código Penal regula el delito de incumplimiento de los deberes de asistencia económica, sancionando a quienes deliberadamente incumplen las obligaciones alimentarias legalmente establecidas.

Y aquí conviene aclarar algo importante. La ley no persigue al padre que verdaderamente perdió su empleo, enfermó o atraviesa circunstancias extraordinarias que le impiden cumplir temporalmente. Lo que sanciona es al individuo que sí puede cumplir, pero decide no hacerlo; al que aparece estrenando motocicleta mientras debe seis meses de alimentos; al que publica fotografías de vacaciones mientras los hijos esperan el dinero para sus útiles escolares; al que cambia de teléfono cada año, pero considera que comprar leche es un gasto excesivo.

Hay quienes creen que la obligación alimenticia es una especie de castigo impuesto por un juez. Nada más lejos de la realidad. La obligación alimenticia es simplemente la consecuencia natural de haber traído un hijo al mundo. Resulta curioso que algunos hombres se consideren suficientemente maduros para tener relaciones sexuales, pero se vuelvan repentinamente inmaduros cuando llega el momento de asumir las consecuencias de sus actos. Es como comprar un vehículo y luego sorprenderse porque necesita gasolina.

Lo más irónico es que muchos de estos padres son expertos en exigir derechos. Reclaman respeto, reconocimiento y consideración. Quieren ser felicitados el Día del Padre; quieren publicaciones emotivas; quieren fotografías familiares; quieren homenajes. Pero olvidan que el respeto no se exige; se construye. Y se construye cumpliendo responsabilidades. Porque al final del día los hijos recuerdan menos los discursos y más las acciones. Recuerdan quién estuvo presente cuando se enfermaban; quién compró los cuadernos; quién ayudó con las tareas; quién apareció cuando realmente era necesario.

Por eso, en estas festividades por el Día del Padre vale la pena reconocer a los hombres que honran su papel con responsabilidad y sacrificio. Pero también vale la pena enviar un mensaje a aquellos que creen que la paternidad consiste únicamente en aparecer una vez al año para tomarse una fotografía y luego desaparecer más rápido que un político después de las elecciones. Los hijos no comen excusas, no desayunan promesas, no almuerzan pretextos, no cenan justificaciones. Los hijos necesitan presencia, responsabilidad y compromiso.

Y si alguno de esos padres ausentes está leyendo estas líneas, quiero darle una noticia extraordinaria: todavía está a tiempo de convertirse en el padre que sus hijos merecen. Porque el mejor regalo del Día del Padre no es una corbata, una camisa o una taza conmemorativa. El mejor regalo es poder mirar a un hijo a los ojos y saber que jamás tuvo que perseguirnos para que cumpliéramos con nuestras obligaciones.

A los buenos padres, felicitaciones. A los irresponsables, una reflexión. Y a los jueces de familia, fiscales, procuradores y defensores públicos que todos los días lidian con esta tragicomedia nacional, mis respetos, porque pocas cosas requieren más paciencia que intentar convencer a un hombre adulto de que alimentar a sus propios hijos no debería ser considerado un acto heroico, sino simplemente el deber más elemental de cualquier padre digno de llamarse así.

Abogado y teólogo

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