En medio de una conversación global sobre quién entrena la inteligencia artificial, con qué datos y bajo qué reglas, El Salvador acaba de dar un paso que merece detenerse a leer. La Agencia Nacional de Inteligencia Artificial (ANIA), en colaboración con NVIDIA, lanzó Nemotron-Personas-El-Salvador, un banco abierto de aproximadamente 148.000 perfiles sintéticos: “personas virtuales” que no corresponden a ciudadanos reales, pero que reflejan características demográficas, geográficas y sociales del país. La iniciativa se publicó bajo licencia abierta CC BY 4.0, lo que permite su uso por desarrolladores, universidades, startups e instituciones.
La noticia puede parecer técnica, incluso lejana para quien no está familiarizado con la inteligencia artificial. Suena como algo reservado a ingenieros o empresas tecnológicas. No lo es. Estamos ante una noticia que puede marcar una diferencia en la forma en que El Salvador participa en la nueva economía de la inteligencia artificial. Porque el punto de fondo no es solo tener una base de datos: es comenzar a construir IA que entienda mejor la realidad salvadoreña.
Hasta ahora, buena parte de las herramientas que usamos —chatbots, asistentes, traductores, sistemas de recomendación— se desarrollaron con datos, lenguajes y supuestos culturales de otros países. Son útiles, y mucho. Pero responden desde una visión genérica, importada. Comprenden el español, pero no siempre comprenden el contexto.
Nemotron-Personas-El-Salvador no busca traducir una tecnología extranjera al español salvadoreño. Busca crear una base para que futuras aplicaciones puedan diseñarse, entrenarse y evaluarse tomando en cuenta cómo es realmente el país: sus departamentos, edades, niveles educativos, ocupaciones, patrones demográficos y condiciones sociales. Según la información disponible en Hugging Face, el conjunto está fundamentado en distribuciones del Censo de Población y Vivienda 2024, publicado por el Banco Central de Reserva a través de la Oficina Nacional de Estadística y Censos.
¿Qué significa para una persona común? Que, a partir de ahora, un asistente para servicios públicos podría responder mejor a una usuaria de Morazán, a un agricultor de Ahuachapán o a una microempresaria de San Salvador. Que una plataforma educativa podría diseñar rutas de aprendizaje más cercanas a las condiciones reales de los estudiantes. Que un sistema de orientación ciudadana podría anticipar mejor las dudas frecuentes y los distintos niveles de alfabetización digital.
La IA no funciona en el vacío: funciona sobre datos, patrones y ejemplos. Si esos modelos no reflejan a una sociedad, las respuestas pueden ser imprecisas o sesgadas. De allí la importancia de contar con datos sintéticos basados en estadísticas nacionales. No se trata de exponer la vida privada de nadie, sino de crear perfiles ficticios que permiten probar soluciones sin comprometer datos personales reales.
Este punto es crucial. En la era de la inteligencia artificial, los datos son poder, pero también son un riesgo. Un país que quiere avanzar en IA no puede hacerlo sacrificando la privacidad de sus ciudadanos. El uso de personas sintéticas permite simular escenarios, entrenar modelos y probar asistentes sin nombres, documentos de identidad ni expedientes reales: una forma de incorporar la protección de los datos desde el diseño.
El beneficio para el país se ve en varios niveles.
El primero es soberanía tecnológica. Durante años, América Latina ha sido más consumidora que creadora de tecnología: compramos plataformas, pagamos licencias y adaptamos nuestras instituciones a soluciones diseñadas afuera. Con iniciativas como esta, El Salvador empieza a moverse de la adopción hacia la creación. No resuelve el desarrollo tecnológico del país —sería ingenuo decirlo—, pero construye una base propia sobre la cual universidades, empresas e instituciones pueden experimentar.
El segundo es una mejor atención ciudadana. La IA bien usada puede simplificar trámites, orientar a las personas y reducir tiempos de espera: un puente entre el ciudadano y el Estado, siempre que esté bien diseñada, supervisada y gobernada.
El tercero es la formación de talento: una base abierta permite que las universidades no enseñen la IA solo como teoría importada, sino que trabajen con datos vinculados al país y formen profesionales capaces de crear soluciones desde El Salvador.
El cuarto es la atracción de inversión: en la nueva economía digital, las empresas buscan ecosistemas con infraestructura, datos, talento y reglas claras. El Salvador no necesita ser Silicon Valley para beneficiarse; puede construir nichos estratégicos en servicios públicos, salud digital, educación adaptativa, agricultura de precisión o govtech.
El quinto suele subestimarse, y es decisivo: pertinencia cultural.La IA no solo procesa palabras; interpreta contextos. No es lo mismo diseñar un asistente para una población altamente bancarizada que para una donde muchas personas prefieren WhatsApp o la atención presencial; ni hablar desde patrones lingüísticos mexicanos, españoles o argentinos que desde expresiones y hábitos salvadoreños. La pertinencia cultural no es folclore: es eficacia.
Que la noticia sea positiva no significa leerla sin preguntas. Al contrario: mientras más estratégica es una tecnología, más importa la forma en que se gobierna. Un banco de datos sintéticos reduce riesgos de privacidad, pero no sustituye la auditoría, la transparencia, la evaluación de sesgos ni la supervisión humana. La IA no debe medirse solo por lo que puede hacer, sino por las condiciones bajo las cuales se despliega.
Aquí aparece una idea que conviene mantener a la vista: la inteligencia artificial no es únicamente una herramienta tecnológica; es una nueva capa de decisión. Cuando una institución la incorpora, no solo automatiza tareas: también modifica quién interpreta, quién prioriza, quién recomienda y quién decide. Toda iniciativa de IA, en cualquier país, gana solidez cuando junto al impulso innovador se construye una cultura de gobernanza. Eso supone explicitar para qué se usan los modelos, quién los supervisa, cómo se corrigen errores y qué garantías tienen los usuarios.
El gran reto para todo país que avanza en IA —El Salvador entre ellos— no es solo técnico, sino institucional, educativo y ético. El país puede ganar mucho si convierte esta iniciativa en una plataforma abierta de aprendizaje nacional —con proyectos concretos, alianzas con universidades, estándares de privacidad y evaluación independiente—. Será clave que la ciudadanía entienda de qué se trata: si las personas no comprenden cómo estas tecnologías afectan sus vidas, no podrán beneficiarse de sus buenos usos ni protegerse, de ser necesario. Y si las instituciones —cualquiera que sea su naturaleza— no desarrollan criterio propio sobre lo que la IA puede y no puede hacer, las decisiones sensibles terminarán delegándose en sistemas que ningún equipo humano comprende del todo.
Por eso, la noticia de Nemotron-Personas-El-Salvador debe leerse como algo más que un avance técnico: es una señal de entrada a una nueva etapa. El país empieza a construir una base para que la inteligencia artificial no sea solo importada, sino contextualizada; no solo consumida, sino desarrollada; no solo usada, sino comprendida y puesta al servicio del país. Ahí está el verdadero salto.
Mireya Rodríguez, PhD
Experta en gobernanza ética y transformación digital
CEO de VORTEX AI SOLUTIONS S.A. de C.V.