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El rey desnudo

Durante la pandemia, el discurso oficial llamó “héroes” al personal sanitario. Hoy, diversos sectores de salud continúan denunciando carencias de insumos, sobrecarga hospitalaria, jornadas extenuantes y dificultades laborales que afectan tanto a trabajadores como a pacientes.

Existe una vieja fábula popularizada por Hans Christian Andersen: la historia de un rey tan enamorado de su propia imagen que terminó rodeado de aduladores incapaces de decirle la verdad. Dos falsos sastres le prometieron un traje extraordinario, invisible únicamente para los incompetentes o indignos de su cargo. Nadie se atrevió a admitir que no podía verlo. Ministros, consejeros y cortesanos prefirieron fingir antes que contrariar al poder. Y así, el rey terminó desfilando desnudo frente a todo el pueblo, mientras la multitud, por miedo o conveniencia, seguía aplaudiendo.

Hasta que un niño gritó la verdad.


La historia nunca trató sobre ropa. Trata sobre el poder. Sobre lo peligroso que es cuando los gobernantes dejan de escuchar personas honestas y comienzan a rodearse únicamente de quienes viven de asentir. Porque llega un punto donde la mentira deja de ser estrategia y se convierte en sistema de gobierno.

En la antigüedad, los reyes tenían un papel esencial: defendían territorios, garantizaban estabilidad y administraban recursos. Sus súbditos, a cambio, entregaban tributos y lealtad. Existía una lógica básica de reciprocidad. Pero como explica Yuval Noah Harari en Sapiens, las sociedades evolucionaron hacia estructuras políticas cada vez más complejas, donde el ciudadano sostiene enormes aparatos estatales esperando recibir servicios, seguridad y bienestar colectivo.

El problema surge cuando el aparato deja de servir a la población y empieza únicamente a alimentarse de ella.

El primero de junio debió ser un acto serio de rendición de cuentas. Una obligación democrática elemental. El país esperaba cifras, indicadores, respuestas y autocrítica. Pero, según palabras del propio vicepresidente de la República, ocurrió algo “inédito”. Y sí, efectivamente fue inédito: una jornada tradicionalmente destinada a la rendición de cuentas terminó centrada principalmente en la inauguración del nuevo Hospital Rosales.

Nadie puede negar la importancia de modernizar la infraestructura hospitalaria del país. El problema no es construir hospitales. El problema es cuando la propaganda sustituye al debate técnico y las preguntas incómodas desaparecen detrás de discursos cuidadosamente controlados.

El Hospital Rosales es una obra de enorme relevancia nacional. Precisamente por eso merece transparencia absoluta. La población tiene derecho a conocer con claridad detalles sobre costos finales, financiamiento, equipamiento, contratación de personal y sostenibilidad operativa. Más aún tratándose de un proyecto cuya construcción se extendió durante años y que fue presentado públicamente en múltiples ocasiones antes de su inauguración definitiva.

Pero quizá lo más revelador no fue el edificio, sino el escenario.

Quien naturalmente debería acompañar al presidente en la presentación de un proyecto sanitario de semejante magnitud sería el ministro de Salud. Sin embargo, apareció una figura prácticamente desconocida hasta ahora, presentada como nuevo director del hospital. Un personaje cuya trayectoria pública en administración hospitalaria no era ampliamente conocida por la población y cuya participación pareció limitarse a validar cada afirmación presidencial sin mayor discusión técnica.

Y ahí apareció nuevamente la fábula.

Porque mientras el presidente hablaba, el nuevo funcionario parecía cumplir el antiguo rol del cortesano moderno: sonreír, asentir y acompañar afirmaciones que, en algunos casos, despertaron dudas legítimas dentro del gremio médico.

Entre ellas, la necesidad de incorporar médicos extranjeros para fortalecer la atención de los pacientes salvadoreños.

La cooperación internacional puede ser positiva. Pero resulta inevitable preguntarse si el verdadero problema del sistema de salud salvadoreño es la ausencia de talento humano o las condiciones bajo las cuales ese talento trabaja diariamente.

Porque El Salvador no carece de médicos capacitados. Existen profesionales salvadoreños con más de una década de formación entre carrera, especialidades y subespecialidades, muchos de ellos entrenados en hospitales internacionales de prestigio. De hecho, numerosos médicos salvadoreños ocupan posiciones relevantes en importantes centros hospitalarios alrededor del mundo.

El problema es que muchos decidieron marcharse. No por falta de compromiso con su país, sino por agotamiento, frustración, bajos salarios, burocracia excesiva, limitaciones institucionales y escasas oportunidades reales de crecimiento profesional.

Durante la pandemia, el discurso oficial llamó “héroes” al personal sanitario. Hoy, diversos sectores de salud continúan denunciando carencias de insumos, sobrecarga hospitalaria, jornadas extenuantes y dificultades laborales que afectan tanto a trabajadores como a pacientes.

La diferencia es que el médico no puede abandonar una sala llena de pacientes. El político sí puede abandonar una conferencia llena de preguntas.

Y mientras las denuncias aumentan, la respuesta pareciera ser siempre la misma: propaganda, aplausos obligados y funcionarios seleccionados más por su obediencia que por su capacidad de cuestionar.

Roma admiraba a sus héroes… hasta que esos héroes comenzaban a incomodar al poder.

Quizá por eso muchos gobiernos modernos prefieren funcionarios obedientes antes que profesionales brillantes. El experto cuestiona. El técnico debate. El adulador únicamente aplaude.

Y cuando todos alrededor del trono aplauden demasiado, generalmente no es porque el rey vista mejor.

Es porque nadie se atreve a decirle que está desnudo.

Danilo Arévalo
Tesorero
Colegio Médico de El Salvador



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