¿Puede una pintura de manchas negras y abejas muertas costar millones? El polémico lienzo de Jackson Pollock sacudió el mercado del arte al venderse por la astronómica cifra de $181.2 millones.
¿Puede una pintura de manchas negras y abejas muertas costar millones? El polémico lienzo de Jackson Pollock sacudió el mercado del arte al venderse por la astronómica cifra de $181.2 millones.

¿Puede un lienzo cubierto de salpicaduras de pintura negra costar una fortuna? La respuesta corta es sí. Recientemente, la prestigiosa casa de subastas Christie’s colocó bajo el martillo la obra Número 7A, 1948 del estadounidense Jackson Pollock, por la astronómica cifra de 181.2 millones de dólares.
La venta ha dejado al mundo con la boca abierta, pero detrás de este precio récord —que marea a cualquiera— se esconde una historia repleta de datos insólitos, amistades forjadas en calabozos y una revolución que cambió para siempre lo que entendemos por «pintar», como lo destacó la BBC en su cobertura.
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Uno de los detalles más curiosos de esta obra no está en su pintura, sino en cómo se salvó de desaparecer en el anonimato. El primer dueño de la pintura fue Herbert Matter, un visionario fotógrafo suizo que se convirtió en el gran protector de Pollock, según información de la pieza en el sitio de Christie’s.
¿Cómo se conocieron? Gracias a sus esposas. En 1936, Lee Krasner (pareja de Pollock) y Mercedes Carles (pareja de Matter) fueron arrestadas juntas en Nueva York durante una caótica protesta de artistas. Mientras ellas compartían calabozo, sus esposos se conocieron esperando afuera y entablaron una amistad de por vida.

Tiempo después, Pollock le regaló este lienzo a Matter. Si aquellas dos mujeres no hubieran terminado bajo arresto, el destino de esta obra maestra habría sido completamente distinto.
NO HAY ACCIDENTES
Para entender por qué esta pintura vale tanto, hay que derribar un mito: Pollock no pintaba al azar. Aunque ver Número 7A, 1948 puede dar la impresión de un accidente caótico, el artista repetía una frase con absoluta firmeza: «Yo puedo controlar el flujo de la pintura; no hay accidentes».
Para lograrlo, Pollock inventó el drip painting o goteo. En lugar de usar un caballete y pinceles finos, el pintor colocaba enormes lienzos crudos directamente sobre el suelo de su taller. Luego, caminaba alrededor y sobre la tela, moviendo todo su cuerpo en una especie de coreografía hipnótica. Con palos, espátulas y botes perforados, dejaba caer la pintura de esmalte industrial en el aire, dibujando líneas en el espacio antes de que tocaran el lienzo.
Era un proceso tan físico y volcánico que la revista Life llegó a documentar que en las texturas de sus cuadros no solo había óleo, sino también arena, cenizas de sus cigarrillos, pedazos de vidrio e incluso «alguna que otra abeja muerta» que quedaba atrapada en el esmalte fresco mientras él pintaba al aire libre.

En Número 7A, si se observa de cerca, el fondo es lienzo completamente desnudo sobre el que flotan hilos negros y pequeños destellos rojos que inyectan un drama casi teatral.
UN ANTES Y UN DESPUÉS
Antes de Pollock, los grandes maestros del arte imitaban la realidad: pintaban rostros, paisajes o batallas. Incluso los revolucionarios como Picasso o Matisse, aunque deformaban las figuras, seguían pintando cosas que podías reconocer.
Pollock rompió esa cadena milenaria. Número 7A, 1948 es una de las primeras obras donde la pintura se liberó por completo de la obligación de contar una historia. No hay un paisaje, no hay un mensaje oculto, no hay un principio ni un final. Lo que vemos en la tela es, en palabras del propio pintor, «energía y movimiento hechos visibles». El cuadro no te muestra un objeto; te muestra el rastro del cuerpo del artista flotando en el espacio.

Además, esta pieza tiene un valor histórico colosal para los coleccionistas: es la obra de goteo más grande de Pollock que aún permanecía en manos privadas (perteneció durante los últimos 25 años al magnate de los medios Si Newhouse). Con más de tres metros de ancho, su formato monumental abraza la vista del espectador, haciéndolo sentir que está «dentro» de la obra.
Hoy lo llamamos genio, pero en su momento Pollock desató una auténtica guerra cultural. Tras pintar estas obras, la revista Life lanzó una polémica pregunta a sus cinco millones de lectores en 1949: “¿Es este el mejor pintor vivo de los Estados Unidos?”.
La discusión saltó de los museos intelectuales a las mesas de las familias comunes, quienes se preguntaban si aquello era una genialidad o una tomadura de pelo.
La venta de $181.2 millones en Christie’s demuestra que el tiempo le dio la razón al rebelde del esmalte. Número 7A, 1948 no es solo pintura sobre tela; es el registro fósil de un hombre que se atrevió a tirar el pincel, poner el lienzo en el suelo y reinventar el arte moderno desde las cenizas.
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