La estrategia mundial contra el alcohol y las drogas parece haber sido diseñada por personas que jamás tuvieron 16 años. Porque nada conecta más con un adolescente que un señor sudando en una charla escolar diciendo: “La marihuana mata neuronas” mientras el mismo colegio vende cerveza artesanal en las reuniones de padres de familia.
La prevención moderna funciona más o menos así: primero romantizamos el alcohol absolutamente en todos lados —cumpleaños, bodas, graduaciones, Navidad, divorcios, ascensos, fracasos emocionales y probablemente bautizos próximamente— y luego fingimos sorpresa cuando un joven siente curiosidad por probar aquello que aparentemente convierte adultos funcionales en personas capaces de bailar salsa descalzos.
Y después vienen las campañas educativas. Ah, sí. Ese género cinematográfico fascinante donde un adolescente prueba una sustancia una sola vez y automáticamente termina vendiendo televisores robados debajo de un puente mientras suena una música triste de fondo. Genial estrategia.
El problema de hablarle así a los jóvenes es que tienen ojos. Ven que la mayoría de personas que consumen alcohol no terminan destruyendo su vida inmediatamente. Ven a adultos exitosos brindar en cenas elegantes. Ven series donde el personaje cool siempre tiene un whisky en la mano y un trauma sin resolver en el corazón. Ven a influencers “sanando energía” con hongos alucinógenos y podcasts de tres horas sobre expansión de conciencia.
Y luego llega la escuela con una cartulina diciendo: “Las drogas son malas” ¡Qué nivel de profundidad intelectual! Tal vez el problema nunca fue la curiosidad juvenil. Tal vez el problema es que seguimos educando desde la fantasía moral y no desde la realidad humana.
Porque los adolescentes no prueban cosas únicamente por rebeldía. A veces prueban porque quieren pertenecer. Porque quieren apagar ansiedad. Porque quieren sentirse suficientes cinco minutos. Porque quieren dejar de pensar. Porque quieren sentir algo. Porque están aburridos. Porque quieren verse interesantes. Porque crecer da miedo y nadie lo dice en voz alta.
Pero claro, es mucho más cómodo culpar a la cultura pop que preguntarnos por qué hay jóvenes de 15 años emocionalmente exhaustos.
La conversación sobre drogas suele ser ridículamente superficial. Hablamos poco del cerebro adolescente, de regulación emocional, de presión social, de autoestima, de trauma, de soledad o de por qué una generación entera parece necesitar estímulos constantes para tolerar existir.
Por el contrario, preferimos hacer campañas donde un huevo frito representa “tu cerebro en drogas”. Premio Nobel en neurociencia.
Y mientras tanto, adultos completamente dependientes del café, del alcohol, del vape, de ansiolíticos, de apuestas deportivas, del celular y de relaciones tóxicas explicándole a un adolescente cómo “no caer en adicciones”. La ironía debería arrestarnos a todos.
Y quizás la parte más absurda de todo esto es que seguimos tratando el consumo como un problema exclusivamente químico, cuando muchas veces empieza siendo profundamente emocional. No siempre se trata de “querer drogarse”. A veces se trata de esa sensación constante de no ser suficiente, el miedo de quedarse afuera. El cansancio mental de existir en una generación donde todo el mundo parece feliz, exitoso, atractivo y productivo las 24 horas del día en redes sociales.
Porque claro, crecer antes ya era difícil. Pero crecer viendo vidas editadas en alta definición mientras tu autoestima se desintegra en TikTok debe ser una experiencia psiquiátrica bastante particular.
Quizá la educación real empezaría siendo honestos. Honestamente, sí: algunas sustancias pueden sentirse bien. Ese es precisamente el problema. Algunas pueden darte euforia, desinhibición, alivio, sensación de pertenencia o silencio mental temporal. Si no, nadie las consumiría.
Pero también sería honesto decir que el cerebro recuerda el alivio emocional mucho más rápido que el dolor futuro. Que la dependencia rara vez empieza con alguien queriendo destruirse; normalmente empieza con alguien queriendo sentirse mejor. Y eso cambia todo.
Porque entonces la pregunta deja de ser “¿cómo evitamos que los jóvenes prueben algo?” y pasa a ser “¿por qué hay tantos jóvenes desesperados por escapar de sí mismos?”. Tal vez ahí empieza la verdadera prevención. No en el miedo. No en el castigo.
No en tratar adolescentes como tontos, sino en enseñarles algo revolucionario: cómo sobrevivirse emocionalmente sin necesitar anestesia química para tolerar la vida.
Consultora política y Miss Universo El Salvador 2021