Las personas que están leyendo este artículo pueden considerarse muy afortunadas, no por el hecho de estar leyendo el artículo, al que no le doy más valor que el de apuntar algunas cosas que podrían resultar interesantes, sino porque ya superaron la edad en la que se aprende a leer.
Alcanzar la niñez debe verse como un signo de buena fortuna, pues a lo largo de la historia la mayor parte de las personas que han nacido han muerto antes de los cinco años.
Los que superamos esa edad somos, pues, ya parte de la minoría. Los traumas obstétricos, las enfermedades infecciosas, la mala alimentación y creencias erróneas sobre la crianza han cobrado la vida de infinidad de infantes.
A lo largo de los siglos, la otra meta difícil era llegar a los quince años: caída de caballos, de árboles, una herida con un clavo enmohecido, una muela mal extraída, terminaban en la tumba.
Las muertes durante el parto o en los días posteriores eran muy frecuentes y fueron el destino de numerosas madres jóvenes, adolescentes. Y más tarde en la vida, cualquier fractura, una colecistitis cualquiera, o una obstrucción intestinal o urinaria significaba el fin.
¿Qué podemos decir, entonces, de los que ya llevamos un tiempo superando el medio siglo? Pues que somos inmensamente afortunados y que pertenecemos a un muy pequeño y selecto grupo. Esto se hace más que evidente si tomamos en cuenta que a lo largo de la historia han existido aproximadamente 117,000 millones de seres humanos (dato del Population Reference Bureau, que hizo el complicado cálculo). De todos los nacidos de la especie humana, los que llegamos a los cincuenta o sesenta somos un minúsculo número. Esta hazaña ha sido posible por los adelantos de la medicina y del conocimiento aportado por las ciencias, que son relativamente recientes.
Los antibióticos, las vacunas, la cirugía, bacteriología, química, epidemiología, salud pública y otras tantas ciencias y técnicas permiten que las últimas generaciones vivan más tiempo y con mejor calidad de vida. Actualmente los dientes nos duran prácticamente toda la vida, y las personas fácilmente viven ochenta años y más.
Las enfermedades infecciosas continúan siendo un problema, pero ahora las causas de muerte son principalmente las condiciones crónicas degenerativas, metabólicas, vasculares y neoplásicas. Los estilos de vida afectan significativamente estos procesos y cada vez se conoce mejor su relación con la longevidad. Pero esto sólo es parte de la historia.
Ahora se sabe que todos tenemos, en nuestros órganos, tejidos y células, una especie de reloj biológico relacionado con los genes, que produce señales que, en palabras simples, indican cuándo decaer y morir. No es igual en todas las personas, por lo que algunas envejecen antes que otras. La ciencia está intentando comprender estos mecanismos y así poder incidir en ellos para prolongar la vida. Se ha hablado de la “edad cronológica” (número de años) y de la “edad biológica” (salud de los tejidos a determinado número de años), y se sabe que no necesariamente coinciden.
Ahora se habla de la “edad transcriptómica”, que incluye el estudio de biomarcadores relacionados con el envejecimiento. Mientras más se conozca de estos biomarcadores y sus mecanismos, más se podrán estimar los ritmos de envejecimiento en las diferentes personas. Y más que eso, se podrán conocer las causas mismas del envejecimiento y desarrollar tratamientos que lo retracen. No hay duda que, además de ser afortunados, vivimos un tiempo muy interesante.
Médico Psiquiatra.