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Liceo Francés de El Salvador: homenaje de un salvadoreño ante su país y Francia

Eduardo formaba parte de los salvadoreños modestos, dignos y conscientes del medio ambiente en el cual vivían, pero siempre dispuestos a actuar a favor de los demás

Cuando el pasado 26 de mayo la dirección del Liceo Francés de El Salvador y el provisor, Laurent Boy, publicaron en sus redes sociales el anuncio de la partida de uno de sus colaboradores durante varios decenios, Eduardo Gómez Mendoza, el silencio pareció instalarse unos instantes apenas se difundió la información de su muerte.

Recuerdos, vacío por la pérdida de una persona dedicada a la comunidad franco-salvadoreña del establecimiento desde los años 1980 hasta su jubilación en 2019: todos entendimos que una página de su historia estaba pasando. No fue una partida cualquiera: Eduardo formaba parte de un espíritu muy especial, orgulloso de su país, atravesando los años de una historia contemporánea marcada por el conflicto de los años 1980 hasta la llegada de Nayib Bukele a la Presidencia, y tan feliz de trabajar en el Liceo Francés, donde conoció, apoyó y asesoró de manera tan modesta a tantas promociones de alumnos y profesores.


La humildad, la sonrisa, el rigor y la disponibilidad lo caracterizaban.

“Que vente o llueva, en las buenas como en las malas”, Eduardo, encargado de los suministros escolares, siempre estaba presente. Esta realidad y el vacío que dejó aparecieron en una comunicación que hice en las redes sociales y que se volvió viral, alcanzando más de 80.000 vistas en pocas horas. Toda la comunidad del liceo se movilizó; todos nos sentimos concernidos por la pérdida de Eduardo.

¿Cuál es el contenido de este homenaje? Hace prevalecer la humanidad de Eduardo y su compromiso con El Salvador a través del Liceo Francés, que aparecía como un elemento de orgullo para su país, para los alumnos que reciben una educación bicultural, con la posibilidad de continuar, al finalizar el último año de bachillerato, estudios universitarios en Francia y Europa, regresando años después para participar, gracias a una formación completa, en el esfuerzo nacional por avanzar.

Eduardo formaba parte de los salvadoreños modestos, dignos y conscientes del medio ambiente en el cual vivían, pero siempre dispuestos a actuar a favor de los demás. No conocía Francia. Nunca pudo viajar allá. Pero sus hijas estudiaron en el Liceo, se graduaron y siguieron estudios universitarios, convirtiéndose en profesionales en El Salvador.

Eduardo, desde la tienda de suministros escolares, formaba plenamente parte de una comunidad diversa: alumnos, padres de familia, profesores de kínder y primaria, de colegio y liceo, personal técnico y junta directiva. Conocía a todas y todos.

El mensaje de Pascal Drouhaud, que se volvió viral, es una de las mejores formas de agradecer a un compatriota salvadoreño quien, a raíz de una vida de trabajo basada en el respeto, la dignidad y la voluntad de aprender tanto de los demás como de cualquier situación, se convirtió en un ejemplo y en un elemento de la proyección hacia el exterior del Liceo Francés de San Salvador “Antoine y Consuelo de Saint-Exupéry”.

Gracias, Eduardo.

“Me uno al dolor del Liceo Francés de San Salvador ‘Antoine y Consuelo de Saint-Exupéry’ por el fallecimiento de Eduardo Gómez Mendoza. Eduardo era salvadoreño. Desde la década de 1980 hasta su jubilación en 2019, trabajó en la escuela administrando los suministros escolares.

Siempre estaba dispuesto a escuchar y a ofrecer consejos tanto a estudiantes como a profesores. ¡Estaba muy orgulloso de pertenecer a la comunidad del Liceo Francés! No conocía Francia. Aprendió francés siempre que pudo. Conocía a todas las promociones de graduados del Liceo Francés, cientos de estudiantes.

Eduardo contribuyó al éxito de la escuela en El Salvador y, por consiguiente, en Centroamérica. Cultivó el espíritu francés en el extranjero. Gracias, mi querido Eduardo.

¡Cuántas veces me ayudaste en los últimos años…! En 1980, recién graduado de la universidad, me destinaron a El Salvador durante aquellos años increíblemente difíciles e intensos para el país. En el Liceo, solía llegar entre clases y citas y pedirte que prepararas cientos de fotocopias. Todo era fundamental para el éxito de las clases de historia, francés o teatro, ya que adaptábamos las obras de Molière con los maravillosos alumnos de 7.º, 8.º, 10.º y 12.º grado.

Gracias, Eduardo. Siempre estarás en nuestros corazones y en nuestra memoria colectiva».

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