Quizá dentro de algunos años, cuando el calor sea insoportable y el agua aún más escasa, haremos lo que mejor sabemos hacer: mirar una foto vieja de El Espino, compartirla en redes y escribir abajo: “Qué bonito era antes El Salvador”
Quizá dentro de algunos años, cuando el calor sea insoportable y el agua aún más escasa, haremos lo que mejor sabemos hacer: mirar una foto vieja de El Espino, compartirla en redes y escribir abajo: “Qué bonito era antes El Salvador”
Hay algo profundamente salvadoreño en esperar a que un árbol esté a punto de desaparecer para empezar a subir historias de Instagram llorándolo.
Porque claro, mientras estuvo ahí: dando sombra, enfriando el aire, absorbiendo agua, haciendo literalmente gratis el trabajo que después queremos resolver con millones en infraestructura, nadie le hacía caso.
Pero apenas escuchamos “van a intervenir El Espino”, todos descubrimos de repente que somos una mezcla entre biólogos, urbanistas y Pocahontas. Y honestamente… qué bonito. Un poco tarde, pero bonito.
Lo más fascinante del debate alrededor de El Espino no es siquiera el bosque. Es el salvadoreño. Nosotros. Nuestra extraña capacidad de convertir cualquier conversación en una guerra civil emocional donde todos están convencidos de ser simultáneamente víctimas, expertos y héroes nacionales.
En un lado: “¡Están destruyendo el último pulmón del país!” En el otro: “¡Ustedes quieren que El Salvador siga siendo una finca con vacas!” Y en medio estamos todos los demás intentando entender si todavía vamos a poder respirar en diez años o si el plan nacional consiste simplemente en poner más aire acondicionado.
Porque hay que admitir algo: nosotros tenemos una relación bastante tóxica con la naturaleza. La queremos… pero decorativa. Nos encanta verla: desde un rooftop, desde un café minimalista, desde una terraza con luces cálidas y valet parking. Nos gusta “lo verde”, siempre y cuando tenga WiFi y parqueo.
Y mientras discutimos si El Espino sí o no, seguimos construyendo ciudades donde caminar dos cuadras bajo el sol se siente como una experiencia cercana a la muerte. Después nos preguntamos por qué hace más calor. Como si el clima hubiera decidido atacarnos personalmente y no tuviera nada que ver con que convertimos cada metro cuadrado en cemento color infierno.
Porque además tenemos una obsesión extraña con confundir desarrollo con superficies calientes. Entre más gris, más moderno nos parece todo. Si un lugar tiene árboles, sombra y tierra, sentimos que “todavía le falta desarrollo”. Pero si tiene siete torres, doce carriles y cero espacios para caminar sin deshidratarte, entonces sí: primer mundo. Y después viene la sorpresa colectiva cuando las ciudades parecen hornos industriales a las dos de la tarde.
Pero tampoco me convence la romantización extrema. Porque de repente hay personas hablando de El Espino como si fuera Pandora en Avatar. Como si entrar ahí fuera escuchar ballenas espirituales y no tráfico de Santa Elena a las 5:30 p.m. Como si progreso y planificación ambiental fueran enemigos irreconciliables. Spoiler: los países desarrollados no destruyeron todo su verde para verse modernos. De hecho, muchos gastan millones intentando recuperar exactamente lo que nosotros todavía tenemos y tratamos como si fuera terreno baldío premium.
Y quizá el problema de fondo no es El Espino. Quizá el problema es que en El Salvador seguimos viendo la naturaleza como un lujo emocional y no como infraestructura vital. Como algo “bonito” y no como algo necesario para sobrevivir en un país donde cada año hace más calor, llueve más agresivamente y el agua se vuelve más delicada.
Porque el árbol aquí todavía tiene peor marketing que el concreto. El concreto promete: modernidad, dinero, renders lindos, cintas inaugurales, drones, luces LED. El árbol solo promete algo insignificante: que sigamos vivos.
Y honestamente, el árbol también tiene un problema grave: no sabe venderse. Nunca hace conferencias de prensa. Nunca inaugura nada. Nunca corta listones. Nunca sale en TikTok con música épica y tomas aéreas. Solo está ahí, silenciosamente evitando que el país sea todavía más caliente, más seco y más inhabitable. Qué pésima estrategia de comunicación, la verdad.
Tal vez por eso solo entendemos el valor de las cosas cuando ya están a punto de desaparecer. Nos pasó con edificios históricos, con espacios públicos, con ríos y ahora probablemente con uno de los últimos pulmones verdes importantes del área metropolitana. Somos expertos en nostalgia preventiva.
Y quizá dentro de algunos años, cuando el calor sea insoportable y el agua aún más escasa, haremos lo que mejor sabemos hacer: mirar una foto vieja de El Espino, compartirla en redes y escribir abajo: “Qué bonito era antes El Salvador”. Como si hubiera sido un desastre natural inevitable y no una decisión tomada.
Consultora política y Miss Universo El Salvador 2021
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