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La envidia: un motor de la historia

La envidia acecha en el corazón humano como una víbora su madriguera

Honoré de Balzac

Desde que los seres humanos se interesaron por dejar registro de su paso por este mundo, han reflexionado sobre las fuerzas que motivan y mueven la historia, es decir, sus motores, y entre ellos se encuentran el poder, la ambición, la búsqueda de estatus y reconocimiento, la venganza, la justicia, el amor, la religión, la envidia, etc.

Con el andar del tiempo, los seres humanos fueron elaborando métodos para analizar su historia de manera organizada y sistematizada para, así, entender cómo esas pasiones humanas han llevado a conflictos, guerras, cambios y transformaciones políticas y sociales, e incluso culturales en algunos casos. En otras palabras, el desarrollo de enfoques teóricos.


Hay muchos enfoques teóricos de la historia, y, solo a título de ejemplo, se pueden mencionar:

  • El estructuralismo, que postula que la estructura interna de las cosas es lo que determina su significado, con importantes pensadores como Ferdinand de Saussure y Claude Lévi-Strauss.
  • El positivismo, que desarrolló Auguste Comte y que establece que solo es verdadero el conocimiento científico originado en la experiencia, debidamente verificado por métodos científicos. Fue muy importante en el siglo XIX, al punto de que, por ejemplo, una de sus ideas fundamentales se incluyó en la bandera de Brasil: “Ordem e Progresso”.
  • El materialismo histórico, que desarrolló Karl Marx y que sostiene que la historia la definen las fuerzas productivas que determinan una superestructura en que se encuentra la política, la ley, la cultura, etc.
  • La teoría del acontecer histórico, de Gianbattista Vico, con la célebre expresión de corsi e ricorsi (curso y recurrencia), que afirma que la historia no es lineal y que avanza en espiral, en círculos que se repiten (corsi) con retornos y renovaciones (recorsi).
  • La filosofía de la morfología de la historia, también conocida como teoría del ciclo vital de las culturas, que popularizó Oswald Spengler, que considera que la historia es cíclica y que las maneras en que se organizan los seres humanos a lo largo del tiempo tienen una etapa vital y creativa (cultura), seguida de una etapa terminal materialista y decadente (civilización), y así, como los seres vivientes, nacen, crecen y mueren.

La envidia como motor de la historia la analiza el catedrático francés Fabrice Wilhelm en su libro L’envie : une passion démocratique au XIXème siècle (La envidia: Una pasión democrática en el siglo XIX), y su lectura nos obliga a reflexionar y a considerar la historia desde un ángulo importante que motiva a muchos individuos, sin duda, pero también a pueblos, pues argumenta que la envidia es un sufrimiento causado por la felicidad ajena con un sentido humillante, y el envidioso no quiere igualar a aquel que motiva su sufrimiento sino simplemente destruirlo.

De esta manera, el libro es a la vez político, histórico y filosófico, con una fuerte dosis de psicoanálisis, y es importante destacar que no es la primera vez que el autor, profesor de la Universidad de Franche-Comté, estudia el tema, ya que ha escrito, por ejemplo, Baudelaire: l’écriture du narcissisme(Baudelaire: La escritura del narcisismo), y L’envie et ses figurations littéraires (La envidia y sus figuraciones literarias).

En esta obra, el profesor Wilhelm explica otras pasiones y sentimientos como el orgullo, la melancolía y la indignación. Sin embargo, en relación con los celos, como hay tendencia a confundirlos con la envidia y quiere asegurarse que la envidia se entienda correctamente, examina los tres tipos de celos de la clasificación de Sigmund Freud en su obra de 1922 titulada Sobre algunos mecanismos neuróticos en los celos, la paranoia y la homosexualidad:

  • Los celos competitivos, que se manifiestan a temprana edad, por ejemplo, por el conflicto edípico con el padre por el amor de la madre o la rivalidad con los hermanos.
  • Los celos proyectados, que son heterosexuales y resultan de la atribución al objeto (la pareja), de los impulsos de infidelidad del sujeto.
  • Los celos delirantes, que se originan en deseos homosexuales reprimidos a un punto tan extremo que el sujeto no puede aceptarlos a nivel consciente.

En esta parte de su análisis insiste en que no todo esto está determinado por las circunstancias presentes, sino por sentimientos infantiles que se remontan al complejo de Edipo o al complejo del primer período. En el sicoanálisis de Freud, el complejo de Edipo es esa etapa del crecimiento en que el niño percibe al padre como un competidor por el amor de la madre; y el complejo fraternal del primer período ocurre cuando llegan nuevos hermanos.

Luego viene el análisis de la envidia en la teología cristiana que la ve como uno de los siete pecados capitales, como un mal profundo de origen diabólico que deriva de las pasiones envidiosas. Así, se trata de un vicio del corazón transmitido de generación en generación porque “el niño es pecador desde que sale del vientre materno”, y la primera manifestación de corrupción es la envidia.

Es un tema importante en la teología cristiana y, rápidamente, se puede mencionar la obra de:

  • San Agustín, que la ve como una profunda tristeza por el bien ajeno.
  • San Cipriano de Cartago, que la considera una pasión destructiva que nace de la comparación con otros.
  • San Gregorio de Nisa, que sostiene que se trata de un vicio diabólico y de una perversión del alma.
  • San Basilio de Cesarea, que la ve como una enfermedad del alma; un pesar por el bien ajeno que devora a quien la padece.
  • San Clemente de Roma, que postula que es un mal que despedaza a quien lo padece.
  • Santo Tomás de Aquino, que la entiende como la tristeza por el bien ajeno; un pecado diabólico que va contra la virtud.

El autor pasa entonces a hacer un recorrido de la envidia en la filosofía griega, que la ve como el resultado de un gusto excesivo por los honores y considera que la solución está en la igualdad entre las personas.

En la filosofía griega es un tema recurrente y, así, por ejemplo:

  • Platón la considera una de las pasiones más destructivas del alma humana.
  • Aristóteles la ve como una tristeza dolorosa por el bien ajeno.
  • Tucídides postula en su libro La guerra del Peloponeso que es un motor poderoso del conflicto humano.
  • Homero desarrolla en La Ilíada la idea de que se trata de una fuerza destructiva; un dolor por el bien ajeno que genera conflicto y sufrimiento.
  • Sófocles la entiende como un veneno que consume al envidioso.
  • Hesíodo opina que es una fuerza destructiva que surge de la competencia por bienes limitados como el honor y la riqueza.
  • Plutarco piensa que es una pasión destructiva que nace de la comparación y la insuficiencia.
  • Isócrates sostiene que es una úlcera del alma.

Después, Fabrice Wilhelm analiza la envidia en la obra de Jean-Jacques Rousseau. Para Rousseau, las personas no son naturalmente injustas ni envidiosas y es la vida en sociedad la que les despierta las malas pasiones. En otras palabras, la existencia social es la responsable de la envidia, y propone como solución una transformación radical para paliar los vicios y prohibir el mal.

A partir del análisis de Rousseau, examina la visión de la envidia de Alexis de Tocqueville, Jules Michelet e Hippolyte Taine. Para Tocqueville, la envidia es una pasión política que tiene su origen en la igualación de condiciones, pero también una pasión social que resulta de esa misma igualación, pues una vez que las personas se han reconocido como iguales y han abolido la desigualdad formal, les resulta cada vez más difícil tolerar toda forma de desigualdad real. De este modo, algunas desigualdades reales e inevitables de la sociedad se sienten como privilegios, lo que hace que la revolución sea permanente y su éxito esté asegurado.

La visión de Michelet es diferente, pues para él las fuerzas motrices de la revolución son los deseos de justicia y libertad y, en el caso de Francia, considera que la idea vital de la Revolución había sido el deseo de justicia, amplia y generosa, humana y amante de la humanidad pobre, que había hecho que estallara una luz incomparable entre 1789 y 1792, pero que había chocado contra la envidia de un eterno celo social, y no de la igualación de condiciones, hasta el punto de transformar a los representantes del pueblo en tiranos. Si para Tocqueville la envidia asegura el éxito de la revolución, para Michelet conduce a su fracaso.

Por su parte, Taine concede una importancia decisiva a la causalidad pasional y, en primer lugar, al orgullo del que la envidia no es más que un resultado. Esto lleva a conclusiones muy diferentes cuando se compara con Michelet que veía en los años 1789-1792 la justificación misma de la Revolución gracias a la organización espontánea de Francia, pero para Taine solo se trataba de anarquía espontánea.

Fabrice Wilhelm también nos lleva de la mano a revisitar las obras de Honoré de Balzac, Eugène Sue y Émile Zola, y a analizar a personajes literarios como Julien Sorel (de la novela Rojo y negro de Henri Beyle -Stendhal); Ruy Blas (de la obra de teatro en cinco actos y versos alejandrinos de Víctor Hugo); Lucien Rubempré (de Las ilusiones perdidas de Honoré de Balzac); y César Birotteau (de La Grandeza y la decadencia de César Birotteau, también de Honoré de Balzac).

No obstante, aquí también cabría Molière, Jean-Baptiste Poquelin, particularmente la reacción del Sr. Jourdain, su personaje de El burgués gentilhombre, cuando en su afán por el ascenso social descubre gracias a su maestro de filosofía que no hablaba en verso, pero que hablaba en prosa: “¡Ah fe mía! ¡Más de cuarenta años hace que me expreso en prosa sin saberlo, y os estoy agradecidísimo de habérmelo enseñado!”.

En todo caso, la obra de Fabrice Wilhelm es un análisis de la envidia a lo largo de la historia, ciertamente, pero también, y sobre todo, una importante manera de ver, entender y analizar la historia, no en un sentido reduccionista en que toda la historia de la humanidad se limita a la envidia, sino como un elemento fundamental a tener en cuenta, a no descuidar, porque la historia la hacen los hombres y las mujeres, sin olvidar, como dice el autor, que al tratarse de un afecto universal, secreto, íntimo, a veces inconsciente, ningún hombre y ninguna mujer puede estar exento de él y, en ese sentido, es un afecto democrático.

El libro no tiene puntos débiles, pero hubiera sido interesante que el autor, dado su conocimiento y erudición, hubiera analizado la envidia a la luz de la selección natural de Charles Darwin porque, desde esa perspectiva, la envidia puede ser una especie de fuerza impulsora cuando los seres humanos actúan para mejorar sus posibilidades de supervivencia.

También hubiera sido interesante que analizara la envidia a nivel colectivo, un poco como lo hizo André Siegfried en su Âme des peuples (Alma de los pueblos), que en realidad es un estudio del alma normanda, y como lo hicieron tanto él como otros en la Revue des psychologies des peuples (Revista de las sicologías de los pueblos), que Siegfried había patrocinado en 1946 para desarrollar una disciplina no aislada sino distinta de la völkerpsychologie (sicología de los pueblos) alemana y del culturalismo estadounidense.

Finalmente, hubiera podido incluir a Miguel de Unamuno, que fue muy claro al afirmar que “la envidia es mil veces peor que el hambre, porque es hambre espiritual”, y veía en la envidia, el odio y la intolerancia una trinidad que conducía a la máxima de “odia a tu prójimo como a ti mismo”.

Este análisis de la envidia en el siglo XIX hace concluir al autor que quizá haya sido una de las razones por las que hubo tantas afectaciones de melancolía en aquella época. Para el lector del siglo XXI, la lamentable conclusión es que el contenido de la obra es de gran actualidad. Y todo esto devuelve al excelente resumen de Leonardo da Vinci: “En cuanto nace la virtud, nace contra ella la envidia”.

Abogado y diplomático salvadoreño.

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