Su Santidad:
He leído la biografía de los últimos papas, desde Pío XI hasta el Papa Francisco, y cuando usted escogió el nombre de León XIV, decidí detenerme únicamente en lo más relevante de León XIII. Así encontré la encíclica Rerum Novarum, documento fundacional, ni más ni menos, de la Doctrina Social de la Iglesia: algo que mucho se escucha, poco se conoce y casi nada se practica.
En 1891, al igual que hoy, el mundo atravesaba una transformación profunda. Entonces fue la Revolución Industrial; ahora vivimos una revolución tecnológica y comunicacional que, sin temor a equivocarme, parece incluso más nociva para la condición humana. Eso me llevó a comprender, poco a poco, el porqué de León XIV.
Pero esta carta es por usted y para usted, aunque difícilmente llegará a leerla. Lo comprendo. Ambicioso de mi parte sería pensar que eso ocurra.
Ha transcurrido un año desde que el humo blanco anunció al mundo que la Iglesia volvía a abrir una página inédita de su historia. Un año desde que millones de católicos miramos hacia Roma buscando no solamente un nuevo Papa, sino una nueva voz capaz de dialogar con una humanidad cansada, fragmentada y, muchas veces, vacía.
El primer aniversario de un pontificado no se mide únicamente por documentos, viajes o ceremonias. Se mide por la esperanza que logra despertar. Y en tiempos donde el ruido pretende imponerse sobre la verdad, la comodidad sobre el compromiso y la indiferencia sobre la compasión, su pontificado ha comenzado dejando una señal importante: la Iglesia no puede convertirse en espectadora silenciosa de los dolores del mundo, como en ocasiones puede interpretarse al revisar la historia de algunos de sus antecesores, entre ellos Pío XII.
La humanidad atraviesa una época donde abundan los avances tecnológicos, pero escasea la compasión; donde crece la conectividad, pero se profundiza la soledad; donde las sociedades hablan de progreso mientras olvidan a los pobres, a los migrantes, a los enfermos, a los marginados y a quienes sobreviven atrapados entre guerras, corrupción y desesperanza.
Por eso, Santo Padre, el mundo no necesita únicamente un administrador del Vaticano. Necesita un pastor con firmeza moral. Usted transmite esa esperanza. Un líder espiritual capaz de recordar que la fe no puede ser neutral frente al sufrimiento humano. La Iglesia tiene el deber de incomodar a quienes convierten el poder en abuso, la política en espectáculo y la economía en indiferencia.
América Latina observa con atención. Pero, más importante aún, también lo hace una juventud que muchas veces siente que las instituciones han dejado de escucharla. El desafío de este tiempo no consiste solamente en conservar tradiciones, sino en devolverle credibilidad a la palabra de la Iglesia mediante coherencia, transparencia y una cercanía auténtica con la gente.
Su primer año ha estado marcado por la prudencia, pero el mundo también espera definiciones que, para este momento, ya comienzan a vislumbrarse. Espera claridad frente a los conflictos internacionales, valentía frente a los abusos y una voz firme ante la deshumanización que amenaza con convertirse en costumbre.
Porque la historia siempre termina recordando a los pontífices, no por la magnificencia de sus ceremonias, sino por el coraje de sus decisiones. Y esa es, quizá, la gran expectativa sobre este pontificado: que León XIV no sea solamente el Papa que administró una transición, sino el Papa que se atrevió a devolverle alma, autoridad moral y valentía profética a una Iglesia que el mundo necesita más viva que nunca.
Porque hay momentos en que el silencio deja de ser prudencia y se convierte en renuncia. Y este momento de la historia de la humanidad —este momento del siglo XXI— no necesita una Iglesia que observe desde lejos; necesita una Iglesia que vuelva a encender la luz cuando el mundo parece acostumbrarse a la oscuridad.
Le deseo a usted un largo, renovador, transformador y trascendental pontificado, a la altura de las exigencias de estos nuevos tiempos y de los que están por venir…
Ricardo Lara
Doctor en Medicina de la República de El Salvador.