Light
Dark

Manual básico para sobrevivir al Día de la Madre

Si hoy tiene la suerte de poder abrazar a su mamá, hágalo. Llámela. Aguante la misma historia repetida por décima vez. Tolere la crítica gratuita sobre sus decisiones cuestionables. Incluso agradece ese comentario pasivo-agresivo sobre cómo se ve cansado. Algún día podría extrañar hasta eso.

Hay días diseñados por una mente particularmente sádica. Fechas perfectamente calibradas para recordarte algo que preferirías procesar con dignidad privada y no mientras Instagram te bombardea con collages mal hechos y canciones de fondo. El Día de la Madre es una de esas.

Cada año, las redes sociales se convierten en un festival internacional de afecto performático. Aparecen fotos borrosas de 2007, selfies con brunch estratégicamente iluminados y textos que parecen escritos por Gabriel García Márquez después de un taller intensivo de Canva: “Mi guía, mi mejor amiga, mi razón de ser”. Una sobredosis de amor maternal con filtro Valencia. Y uno ahí, viendo todo eso como quien observa una fiesta ajena desde la ventana.

Yo perdí a mi mamá en 2023, así que ya puedo hablar del tema con la autoridad incómoda que da la experiencia. Digamos que me he convertido en una observadora especializada del extraño comportamiento humano cada diez de mayo. He descubierto varias cosas:

La primera es que como sociedad tenemos una obsesión curiosísima por convertir cualquier emoción genuina en espectáculo digital. No basta con querer a tu mamá; hay que demostrarlo públicamente, con pruebas fotográficas y una dedicatoria capaz de hacer llorar al menos a tres tías y un primo sensible.

Es fascinante. Pasamos once meses dejando sus mensajes en visto, respondiendo “te llamo después” y posponiendo visitas, pero llega mayo y de pronto todos se convierten en poetas trágicos del amor filial. El algoritmo ha logrado convertir el afecto en contenido. Nada dice “te amo, mamá” como una selfie cuidadosamente editada para maximizar interacción.

La segunda cosa que aprendí es que el duelo tiene pésimo sentido del timing.

Uno puede pasar semanas enteras funcionando con aparente normalidad, hasta que aparece una foto cualquiera: alguien abrazando a su mamá en una cocina cualquiera, riéndose por alguna tontería doméstica, y de pronto algo adentro cruje. No porque uno envidie la felicidad ajena. Esa narrativa es demasiado simple y, francamente, bastante mediocre.

Lo que duele no es que otros tengan a sus mamás. Lo que duele es recordar, con una precisión brutal, que uno ya no puede mandar ese mensaje absurdo, escuchar esa voz familiar o recibir esa respuesta seca pero amorosa que solo las mamás dominan como arte.

La muerte tiene esa grosería: no solo se lleva personas. También roba rutinas diminutas que uno asumió eternamente. Y entonces uno empieza a extrañar cosas absurdas.

Comentarios que antes desesperaban. Preguntas innecesarias. Opiniones no solicitadas sobre la ropa, la comida o la vida sentimental. Extraña incluso aquello que juró que jamás iba a extrañar. Eso debería estudiarlo la ciencia. Quizá porque el duelo no funciona como nos vendieron.

Existe esta idea ridícula de que “superar” una pérdida significa alcanzar una especie de iluminación emocional donde uno recuerda sin dolor, sonríe con serenidad y sigue adelante con música inspiradora de fondo. Mentira.

El duelo se parece más a convivir con una gotera. Hay días en que ni la notas y otros en que, sin previo aviso, te cae encima. Y uno sigue. A veces con elegancia. A veces bloqueando temporalmente a medio Instagram. Ambas son estrategias válidas.

Así que si hoy tiene la suerte de poder abrazar a su mamá, hágalo. Llámela. Aguante la misma historia repetida por décima vez. Tolere la crítica gratuita sobre sus decisiones cuestionables. Incluso agradece ese comentario pasivo-agresivo sobre cómo se ve cansado. Algún día podría extrañar hasta eso.

La ausencia, además, tiene un pésimo sentido del humor. Nunca aparece en momentos importantes donde uno podría prepararse emocionalmente. Se presenta mientras una intenta cocinar algo simple o resolver una tontería doméstica, solo para recordarte que hubo alguien que habría opinado —innecesariamente, por supuesto— sobre cómo estabas haciéndolo mal.

Y si no la tiene, si este día se siente como una broma pesada patrocinada por Meta y Hallmark, tranquilo. No está fallando. Solo está haciendo algo bastante difícil: seguir queriendo a alguien que ya no puede responder. Y quizá esa sea la forma más ingrata, absurda y honesta que existe de amor.

Alejandra Gavidia
Consultora política y Miss Universo El Salvador 2021

Legales Obituarios Epaper
Patrocinado por Taboola