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Feliz Día de las Madres

La Virgen María representa, para millones de creyentes, mucho más que un símbolo religioso. Fue escogida por Dios para convertirse en la Madre de su Hijo. Ese hecho, aceptado desde la fe cristiana, la coloca en una dimensión única en la historia humana. Nadie antes ni después ha tenido semejante privilegio. Y aunque algunos intenten minimizar su papel, hacerlo sería también minimizar el propio plan divino. Porque Dios, pudiendo haber elegido cualquier camino para venir al mundo, eligió el vientre de una madre

Cada año, el 10 de mayo nos obliga a detenernos un instante para hablar de las madres. Las llenamos de flores, promociones comerciales y mensajes prefabricados, pero pocas veces reflexionamos realmente sobre el papel transformador que han tenido en la historia de la humanidad. Y quizá la primera madre que merece ser mencionada no es una figura política ni una celebridad contemporánea, sino una mujer humilde de Nazaret: María.

La Virgen María representa, para millones de creyentes, mucho más que un símbolo religioso. Fue escogida por Dios para convertirse en la Madre de su Hijo. Ese hecho, aceptado desde la fe cristiana, la coloca en una dimensión única en la historia humana. Nadie antes ni después ha tenido semejante privilegio. Y aunque algunos intenten minimizar su papel, hacerlo sería también minimizar el propio plan divino. Porque Dios, pudiendo haber elegido cualquier camino para venir al mundo, eligió el vientre de una madre.

Y eso no es un detalle menor.

La maternidad no es únicamente biología; es formación, sacrificio y construcción social. Las madres son las primeras educadoras de la humanidad. En sus manos se modela el lenguaje, la empatía, la disciplina, la fe y los valores. Ahí comienza realmente una nación: no en los discursos políticos, sino en la mesa de una casa donde una madre enseña lo correcto aun cuando ella misma esté cansada, asustada o rota por dentro.

Por eso las sociedades que abandonan a sus madres terminan también abandonando su futuro.

En El Salvador, las madres no solamente han criado hijos; también han sostenido al país en sus peores momentos. Han sido comerciantes, trabajadoras, enfermeras, maestras y migrantes. Han cargado familias enteras sobre sus hombros mientras el Estado muchas veces las observa desde lejos. Y cuando el dolor las ha golpeado, también han sabido convertirse en voces incómodas para exigir verdad y justicia.

La historia salvadoreña está marcada por movimientos de madres que se negaron a guardar silencio. Durante la guerra civil, las madres de desaparecidos recorrieron oficinas, cuarteles y morgues buscando respuestas. Más adelante, otras madres comenzaron a denunciar la violencia social, las desapariciones y la indiferencia institucional. Algunas encontraron respuestas; otras continúan esperando.

Y allí es donde el Día de las Madres deja de ser solamente una celebración para convertirse también en un acto de conciencia.

Porque mientras muchos hoy publican fotografías familiares y frases emotivas, existe una madre salvadoreña que lleva años viviendo el infierno de no saber dónde está su hijo. Nos referimos a Eneida Abarca, madre de Carlos Antonio Abarca, desaparecido desde el año 2022. Más allá de ideologías, simpatías o posiciones políticas, nadie debería ser indiferente ante el sufrimiento de una madre que continúa buscando.

Hay un temple casi sobrenatural en esa madre que no se rinden. Una fuerza que desafía el miedo, el cansancio y el abandono. Mientras otros olvidan, ella persiste. Mientras el tiempo enfría la indignación colectiva, ella sigue caminando con una fotografía entre las manos y una esperanza que parece imposible de extinguir.

Quizá por eso la figura de María continúa siendo tan poderosa dos mil años después. Porque representa a las madres que acompaña el dolor hasta el final, las que no abandona, las que permanece firme incluso frente al sufrimiento más injusto. Y en muchas madres salvadoreñas esa imagen sigue viva todos los días.

Este Día de las Madres debería obligarnos a mirar más allá de las flores, las campañas publicitarias y los mensajes repetidos en redes sociales. Porque resulta demasiado fácil celebrar a las madres por unas horas y olvidarlas el resto del año, especialmente cuando muchas continúan enfrentando solas el peso de la violencia, la incertidumbre y el abandono.

Porque una sociedad que abandona a sus madres termina revelando, tarde o temprano, la verdadera dimensión de su decadencia moral.

Y un país donde una madre debe recorrer oficinas, preguntar en silencio, soportar miradas incómodas y convertirse ella misma en investigadora para buscar a su hijo desaparecido, es un país que todavía tiene profundas heridas morales.

Mientras existan madres buscando hijos que el Estado no logra encontrar, ninguna celebración estará completa.

Y quizás el homenaje más sincero no sea una flor ni una publicación en redes sociales, sino construir un país donde ninguna madre tenga que pasar años buscando respuestas entre el silencio, el miedo y la indiferencia.

Dr. Danilo Alfonso Arévalo Sandoval
Tesorero, Colegio Médico de El Salvador

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