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El encantador momento en que le pedimos a un adolescente que decida su destino

La escena suele ser así: el adolescente apenas sobrevivió a matemáticas, todavía no entiende cómo funcionan los impuestos y los tràmites gubernamentales, pero de pronto debe elegir una carrera que —según los adultos— definirá su identidad, su estatus social, su estabilidad económica y probablemente el nivel de decepción de su familia extendida

Hay algo profundamente cómico —y ligeramente macabro— en el ritual moderno donde reunimos a un grupo de jóvenes de 17 o 18 años, todavía con acné emocional, y les decimos: “Bueno, cariño, ahora decide qué harás el resto de tu vida”.

Nada dice “bienvenidos a la adultez” como tener que escoger entre Derecho, Ingeniería o Medicina mientras todavía pides permiso para salir un viernes.

La escena suele ser así: el adolescente apenas sobrevivió a matemáticas, todavía no entiende cómo funcionan los impuestos y los tràmites gubernamentales, pero de pronto debe elegir una carrera que —según los adultos— definirá su identidad, su estatus social, su estabilidad económica y probablemente el nivel de decepción de su familia extendida.

A esa edad, no puedes alquilar un carro en muchos países, pero sí puedes endeudarte por cinco años para estudiar algo que no sabes si te gusta. No puedes adoptar un niño, pero puedes adoptar una vocación “para siempre”. No puedes decidir libremente a qué hora volver a casa, pero sí puedes decidir el rumbo de tu vida profesional.

El argumento favorito del sistema es que “alguien tiene que elegir”. Claro, nada como un cerebro cuya corteza prefrontal todavía está en desarrollo para tomar decisiones estratégicas a 40 años plazo. La ciencia nos dice que el área del cerebro encargada de planificación a largo plazo madura alrededor de los 25. Pero, por favor, no dejemos que la biología arruine una buena tradición burocrática.

Y lo mejor es que no solo les pedimos elegir: les exigimos elegir con pasión. No basta con decir “creo que me gusta esto”, hay que sentir vocación. Hay que arder. Hay que visualizarse a los 60 años en esa misma profesión, feliz y realizado.

Lo que nadie menciona es que a los 17 uno no sabe casi nada de sí mismo. Sabes qué música te gusta esta semana. Sabes quién te parece atractivo. Sabes qué profesor te cae mal. Pero ¿sabes si quieres pasar 30 años en un hospital, en una oficina corporativa o en un juzgado? Probablemente no.

Pero el sistema no está diseñado para la duda existencial. Está diseñado para la eficiencia. Colegio, universidad, empleo. Línea recta. Como si la vida fuera así.

Además, está el factor familiar. La elección de carrera rara vez es una decisión aislada; es una pequeña cumbre. Está el papá que quería ser arquitecto. La mamá que cree que “con Derecho nunca te faltará trabajo”. El tío exitoso que estudió Finanzas y ahora habla de inversiones en cada Navidad. Y el joven, en medio, tratando de descifrar si realmente le gusta la Ingeniería o solo quiere evitar una conversación incómoda en la cena.

La ironía es deliciosa: vivimos en una era donde cambiar de trabajo cada pocos años es normal, donde existen profesiones que no existían hace una década, donde la gente reinventa su carrera a los 35, 45 o 55… pero seguimos actuando como si la elección universitaria fuera una especie de juramento vitalicio.

La mayoría de los adultos que miran con gravedad al adolescente diciendo “esta es una decisión muy importante” han cambiado de rumbo más de una vez. Muchos trabajan en algo distinto a lo que estudiaron. Algunos descubrieron su verdadera vocación tarde. Otros aún no la descubren y sobreviven perfectamente. Entonces, ¿por qué el teatro?

Quizá porque nos tranquiliza creer que la vida puede organizarse desde temprano. Que existe una hoja de ruta clara. Que si eliges “bien” a los 18, todo fluirá. Es reconfortante. Es falso, pero reconfortante.

Tal vez la conversación debería cambiar. En lugar de “elige lo que harás toda tu vida”, podríamos decir: “elige lo que quieres explorar primero”. En lugar de dramatizar la decisión, podríamos normalizar el ajuste. En lugar de vender certeza, podríamos enseñar flexibilidad.

Porque la verdad incómoda es esta: a los 17 no estás eligiendo tu destino eterno. Estás haciendo tu primera apuesta con información limitada. Y eso no es un fracaso del joven; es la naturaleza humana.

Quizá el problema no es que sean demasiado jóvenes para elegir. Quizá el problema es que los adultos seguimos fingiendo que nosotros sí sabíamos exactamente lo que hacíamos a esa edad. Y si eso no es comedia pura, no sé qué lo es.


Consultora política y Miss Universo 2021

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