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Una experiencia existencial

El sacar a pasear al perro, para el caso, proporciona beneficios insospechados para la salud (para la salud del perro, sin duda, pero me estoy refiriendo a la salud del que lo saca). Además de la actividad física que implica, para muchos la única realizada, facilita la relajación y elimina el estrés. Pero, más allá de estas claras ventajas, esos paseos brindan la oportunidad para filosofar; sí, para filosofar sobre la existencia y sobre la vida con todos sus misterios y experiencias.

Desde hace tiempo se sabe que poseer mascotas es beneficioso, tanto para la salud física como para la mental.

Perros y gatos nos ayudan a los humanos de muchas maneras; nos tranquilizan, nos entretienen, nos dan lecciones de lealtad y amor incondicional que compensan las cosas terribles que vemos en el mundo.

Se ha determinado que interactuar con mascotas afecta positivamente la regulación hormonal y aumenta la eficacia del sistema inmunitario, para citar sólo dos ejemplos en la salud física. En la mental hay muchos más ejemplos de efectos beneficiosos, tanto en personas que padecen condiciones patológicas como en las que están mentalmente sanas y que desean simplemente mantenerse así.

El sacar a pasear al perro, para el caso, proporciona beneficios insospechados para la salud (para la salud del perro, sin duda, pero me estoy refiriendo a la salud del que lo saca). Además de la actividad física que implica, para muchos la única realizada, facilita la relajación y elimina el estrés. Pero, más allá de estas claras ventajas, esos paseos brindan la oportunidad para filosofar; sí, para filosofar sobre la existencia y sobre la vida con todos sus misterios y experiencias.

En lugar de profundizar sobre los mecanismos de por qué es así, daré un ejemplo. Hace algún tiempo una persona conocida me comentaba que para él era costumbre sacar a su perra todas las noches a pasear, y que esta constumbre le producía paz y alegría. Le emocionaba, me dijo, ver con qué felicidad su perra lo acompañaba, como si ese pequeño viaje juntos constituyera la mayor felicidad posible.

Una noche, mientras descansaban de la caminata, notó que la perrita tenía una pelotita cerca de una de sus mamas. Preocupado consultó con un vecino que era veterinario, aunque su especialidad eran las vacas y no las mascotas. Éste le dijo que por la raza y la edad de la perra se trataba de un tumor canceroso. Muy triste por la noticia, decidió que daría a su perrita la mejor calidad de vida posible hasta que llegara el fin. La sacaba por un poco más de tiempo, tratando de hacer más largos esos momentos de felicidad de su mascota. Por las noches, mientras caminaban, solía meditar mucho y se decía: “Pobrecita, camina tan feliz, sin preocuparse por el pasado o por el futuro, sólo el presente cuenta para ella. Si supiera que tiene cáncer y que pronto ya no podrá caminar y morirá; si supiera”.Y así casi todas las noches, meditando, a veces con mayor nivel de profundidad: “¿Quién está mejor Yo, que estoy sano pero que sé lo que mi pobre perrita tiene y lo que vendrá?. ¿O ella, que tiene poco tiempo pero que no tiene consciencia de la muerte y que al menos está feliz esta noche?. Pasaron los días y las semanas. La tumoración crecía lentamente, pero no impedía los paseos. A veces, la perrita se lamía la tumoración tranquilamente mientras su dueño repetía: “si supiera”.

Una noche, otra vez en un descanso, comenzó a lamerse la tumoración. De repente, ¡pum!, la tumoración se desprendió y cayó al suelo. Extrañado, el dueño la recogió y la guardó. Al llevarla a examinar le dijeron que no era más que una masa seborreica benigna. Después de tantas cavilaciones, así terminó la historia del tumor.

Aparte de la alegría, lo ocurrido dio al dueño más material para filosofar sobre la existencia, y sobre la vida con todos sus misterios y experiencias.

Médico Psiquiatra.

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