Light
Dark

Inteligencia artificial: entre la curiosidad y la autoexclusión

Entrar a la inteligencia artificial no exige convertirse en experto, sino asumir una disposición distinta frente al aprendizaje, una mezcla de curiosidad, apertura y voluntad de explorar, sin la presión de dominarlo todo desde el inicio. En ese proceso, no se trata únicamente de adaptarse, sino de entrenar la forma en que pensamos, decidimos y participamos en un entorno que ya hacambiado.

En las últimas semanas he tenido varias conversaciones que me dejaron pensando. No con expertos en tecnología, sino con personas formadas, curiosas, activas profesionalmente; personas que leen, que siguen el tema, que incluso sienten que “deberían estar más metidas” en esto de la inteligencia artificial, pero que no terminan de dar el paso. No por falta de capacidad ni de interés, sino por algo más difícil de reconocer: no saben por dónde empezar sin sentir que ya van tarde.

En paralelo, me encontré con algo aún más revelador. Algunas personas, de más edad, muy lúcidas, han tomado una decisión distinta: ni siquiera intentarlo. No desde el rechazo, sino desde la convicción de que no lo necesitan. En ese contraste entendí que la brecha ya no es solo de acceso, sino que empieza a configurarse como una forma de autoexclusión silenciosa que no siempre se reconoce como tal.

La falsa idea de “no estar dentro”: Hay algo que suele repetirse en quienes afirman “yo todavía no uso inteligencia artificial”. Sin embargo, cuando se observa con más detalle, esa afirmación empieza a perder claridad, porque la relación con estas tecnologías ya está ocurriendo en la vida cotidiana, muchas veces sin que la nombremos. Aparece cuando alguien utiliza un asistente para redactar un mensaje que no sabe cómo iniciar, cuando organiza ideas antes de una reunión, cuando busca una explicación más clara de un tema que no domina, cuando resume un documento largo que no tiene tiempo de leer completo o cuando traduce y compara opciones antes de tomar una decisión. Eso ya es interacción. No es sofisticada ni técnica, pero sí suficiente para marcar una diferencia, aunque la percepción de estar “fuera” persista.

Una brecha que empieza a tomar forma: Los datos empiezan a confirmar lo que en estas conversaciones aparece de forma intuitiva. El uso de herramientas avanzadas de inteligencia artificial sigue siendo profundamente desigual entre generaciones. Según datos recientes, en Estados Unidos solo una de cada diez personas mayores de 65 años ha utilizado herramientas como ChatGPT, frente a más de la mitad de los adultos menores de 30. El contraste resulta aún más interesante cuando se pone en perspectiva: en el año 2000, apenas el 14 % de las personas mayores de 65 años utilizaba internet, mientras que para 2024 esa cifra superaba el 90 %. Hoy, ese mismo grupo realiza videollamadas, gestiona sus finanzas desde el teléfono móvil y consume contenidos digitales de forma cotidiana. Sin embargo, al pasar de la navegación web al uso de modelos de inteligencia artificial más avanzados, se observa un nuevo rezago.

La diferencia no se explica únicamente por rechazo o resistencia. En muchos casos, lo que aparece es algo más sutil: falta de familiaridad, ausencia de un punto de entrada claro, percepción de no necesidad. Personas plenamente vigentes que no encuentran cómo empezar y que, sin mayor conflicto, se quedan fuera. Es ahí donde la brecha deja de ser exclusivamente digital y comienza a adoptar la forma de una autoexclusión que no siempre se nombra, pero que empieza a tener consecuencias.

Un día cualquiera (más cerca de lo que parece): Si se observa un día cualquiera, la inteligencia artificial no transforma necesariamente la rutina de forma radical, pero sí modifica la manera en que se vive. Puede estar presente desde la organización de una agenda cuando todo parece urgente, en la redacción de un correo delicado, en la estructuración de una idea que aún no está clara, en la comprensión rápida de un concepto nuevo o en la preparación de una reunión con mayor contexto. Al final del día, también puede intervenir en decisiones personales, comparaciones de opciones o resolución de dudas que antes quedaban pendientes. Nada de esto requiere un conocimiento técnico profundo, pero sí implica reconocer que empieza a instalarse una forma distinta de pensar acompañado.

Cuando estas interacciones son conscientes, pueden potenciar la comunicación, el aprendizaje significativo y la resolución práctica de problemas, contribuyendo incluso al bienestar y a la autonomía personal. Sin embargo, cuando no lo son, también pueden derivar en una delegación progresiva del criterio, en la aceptación automática de respuestas o en una reducción del esfuerzo reflexivo. En ese punto, la discusión deja de ser sobre el uso de la herramienta y pasa a ser sobre la relación que se construye con ella.

Nada de eso requiere ser experto. Aquí aparece una barrera menos visible, pero decisiva. Las personas no comienzan a utilizar estas tecnologías cuando las comprenden en su totalidad, sino cuando logran conectar su uso con algo que tiene sentido en su vida cotidiana. Cuando ese sentido no es evidente, la reacción más común no es el rechazo frontal, sino la postergación, que con el tiempo puede transformarse en abandono antes incluso de haber intentado.

Cuando la autoexclusión se vuelve estructural:  Este fenómeno no se queda en el plano individual. Empieza a tener efectos concretos en organizaciones completas. En empresas, universidades e instituciones públicas, la velocidad de la transformación digital no depende únicamente de la tecnología disponible, sino de quienes toman las decisiones. Diversos análisis muestran que la edad, más que una barrera en sí misma, actúa como un factor que influye en la adopción de nuevas herramientas, no por falta de capacidad, sino por trayectorias profesionales construidas en contextos donde la urgencia de integrar estas tecnologías no era evidente.

El resultado es una tensión silenciosa: equipos que avanzan, liderazgos que dudan, transformaciones que se anuncian pero no terminan de consolidarse. En ese punto, lo que a nivel individual puede parecer una elección personal —no entrar, postergar, observar desde afuera— empieza a convertirse en una limitación colectiva. Porque cuando quienes no entran son quienes deciden, la autoexclusión deja de ser individual y se convierte en un límite estructural que condiciona el ritmo de adaptación de organizaciones completas.

Un beneficio poco visible: A esto se suma un elemento que rara vez se incorpora en la discusión. La interacción activa con nuevas tecnologías no solo tiene efectos prácticos, sino también implicaciones cognitivas. Diversos estudios sobre aprendizaje continuo y envejecimiento activo han mostrado que el uso de herramientas digitales puede contribuir a mantener funciones cognitivas, fortalecer la capacidad de adaptación y estimular procesos de aprendizaje a lo largo de la vida. En algunos casos, incluso se ha asociado con mejoras en el bienestar, la autonomía y la conexión con el entorno. No se trata únicamente de productividad, sino de mantener la mente en movimiento en un contexto de cambio acelerado.

Prepararse para lo que viene: Todo esto ocurre en un momento en que la inteligencia artificial empieza a expandirse más allá de las interfaces digitales tradicionales. Su integración en sistemas físicos, asistentes avanzados y nuevas formas de interacción sugiere un escenario en el que su presencia será cada vez más cercana y cotidiana, tanto en el trabajo como en el hogar. La pregunta deja de ser si vamos a interactuar con estas tecnologías y pasa a ser desde qué lugar decidimos hacerlo.

Entrar a la inteligencia artificial no exige convertirse en experto, sino asumir una disposición distinta frente al aprendizaje, una mezcla de curiosidad, apertura y voluntad de explorar, sin la presión de dominarlo todo desde el inicio. En ese proceso, no se trata únicamente de adaptarse, sino de entrenar la forma en que pensamos, decidimos y participamos en un entorno que ya hacambiado.

Porque, en el fondo, entre la curiosidad y la autoexclusión no hay una barrera técnica. Hay una decisión. Y esa decisión, cada vez más, empieza a definir quién participa activamente en el mundo que viene y quién observa cómo ese mundo se configura sin formar parte de él.

Legales Obituarios Epaper
Patrocinado por Taboola