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El tiempo del castrismo

Miguel Díaz-Canel tiene la desfachatez de referirse a “parafernalia” para denostar una verdad inapelable: que su gobierno, todo el aparataje por él que él da la cara, es una dictadura innecesaria y cruel cuyo tiempo, en efecto, se agotó.

A diario echo de menos a mi padre. Pero hay días en que lo extraño con mayor intensidad porque muchas de las cosas que acontecen agudizan su ausencia. Son esos momentos en los que quisiera tenerlo delante para conversar largamente, incluso disentir si se terciara, sobre temas que cuando vivía discutimos hasta la saciedad. Uno de ellos, lógicamente, era esa Cuba futurible, la que imaginó desde su temprano exilio a los 18 años, y que acabó por convertirse en una quimera inalcanzable para él, aunque no imposible, porque mi padre era optimista por naturaleza y tenía infinita fe en la capacidad de reinvención.

Mi padre empleó casi toda su fecunda vida a analizar las nefastas consecuencias del régimen que Fidel y Raúl Castro impusieron en Cuba a partir de 1959. Para ello, estudió a fondo la accidentada historia republicana del país antes de esa revolución que prometía justicia social y que tantos aplaudieron festinadamente. Además de las novelas, ensayos y artículos que escribió, nunca dejó de denunciar los atropellos que la dictadura castrista comete contra los opositores democráticos, lo que le valió ignominiosas campañas de difamación por parte del régimen hasta el final de su vida. Nada de eso lo frenó, pues para él el compromiso con la libertad y la defensa de ideas liberales como contrapartida a los populismos de extrema izquierda y derecha merecían dar la batalla.

Hoy mi padre no está a mi lado para intercambiar impresiones en un momento tan crucial entre Washington y La Habana, con el trumpismo como interlocutor de un cambio en la isla después de 67 años con los comunistas en el poder. El gobierno del presidente Donald Trump “asfixia” a una dictadura que desde hace mucho boquea por su proverbial ineficiencia, y en medio del tira y afloja retórico (en cualquier momento se podría pasar de las palabras a la acción) se suceden conversaciones entre bastidores que cada cual interpreta a su manera. Por lo pronto, el gobernante cubano Miguel Díaz-Canel, cuyo papel es sostener la línea continuista –al menos hasta la desaparición física de Raúl y los pocos comandantes históricos que aún viven– concede entrevistas a los principales medios de Estados Unidos para insistir en el vetusto guion castrista. Sin duda, se lo aprendió al dedillo como el leal soldado castrista que es.

En la entrevista que sostuvo con la periodista Kristen Welker, de la cadena NBC, Díaz-Canel no dijo nada que no hayamos escuchado un sinfín de veces en boca de un representante del régimen. Sí admitió lo que ha sido un secreto a voces desde hace unos meses: La Habana y Washington dialogan y lo hacen hasta con miembros del clan de Raúl, equivalente a una familia real con sus prebendas y estatus VIP. Pero Díaz-Canel se mantiene en sus trece en lo que respecta a la ficción de que en la isla hay una democracia, no hay presos políticos, no se persigue a los medios independientes y los fallos sistémicos se deben al “bloqueo” de Estados Unidos. Hay que reconocer que el sucesor de los Castro aprendió bien las dotes que hay que tener para custodiar una mentira con el rostro impertérrito y hasta con una convicción que podría confundir a un público poco informado. La veterana periodista hizo lo que pudo ante un líder que ha de defender, hasta con su vida, según sus palabras, la supervivencia de una dictadura que no tiene justificación alguna porque ningún totalitarismo es aceptable.

El entrevistado se trajeó para salir en la televisión de Estados Unidos. Si le hubiésemos dado al “mute” del mando, habría podido pasar por un jefe de Estado de un país cualquiera con sistema de alternancia política, prensa libre, una oposición bronca en el parlamento, ciudadanos que acuden a las urnas y gobernantes que se van a sus casas cuando los sacan del poder. Pero, con el volumen activado, su mensaje era la triste evidencia del callejón sin salida que desde el principio representó el castrismo. Recordé uno de los últimos artículos que escribió mi padre, Carta abierta a Miguel-Díaz Canel, un recetario sensato para salir del hoyo de la insensatez: “El tiempo del castrismo ya se agotó. En realidad, nació condenado al fracaso desde el principio”. Mi padre lo invitaba a dar ese salto a la transición, no porque se lo dictaran desde afuera, sino porque es lo justo con el sufrido pueblo cubano. El experimento de los Castro es un rotundo fracaso y ha sacrificado a tres generaciones de cubanos.

Díaz-Canel tiene la desfachatez de referirse a “parafernalia” para denostar una verdad inapelable: que su gobierno, todo el aparataje por él que él da la cara, es una dictadura innecesaria y cruel cuyo tiempo, en efecto, se agotó. En sus memorias, Sin ir más lejos, mi padre reconoció que sus sueños de esa Cuba posible no pudieron materializarse por más que lo intentó en su lucha cívica, que incluía un diálogo nacional para avanzar en la transición a una democracia. Me llama la atención una de sus reflexiones acerca del proyecto de la Plataforma Democrática Cubana, que impulsó en el exilio con otros cubanos de bien, y las alianzas que recababan: “…unir a las organizaciones que tenían representación y asiento en las instituciones internacionales como seña de identidad con el objeto de sacar “el problema cubano” de las coordenadas Estados Unidos vs Cuba y situarlo donde correspondía: los demócratas del mundo entero frente a la última tiranía comunista de Occidente».

El eje del “problema cubano” sigue siendo el mismo por culpa, principalmente, de actores (malos) como Miguel-Díaz Canel. De eso hablaría con mi padre en estas tardes en que lo extraño tanto. [©FIRMAS PRESS]

Gina Montaner (La Habana, 1960). Periodista y escritora.  Desde hace más de cuatro décadas publica una columna semanal en el Nuevo Herald  y en  diversos periódicos en América Latina. Su libro más reciente es Deséenme un buen viajeMemorias de una despedida (Planeta 2024). En 2009 publicó la novela La mala fama (Plaza y Janés) y en 2006 coordinó y prologó Un día sin inmigrantes (Grijalbo).

*Twitter: ginamontaner

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