Light
Dark

Utopía

En 1516 Sir Thomas More, humanista y escritor del reino de Inglaterra, publicó un tratado político titulado con un neologismo creado para la ocasión: Utopía. Una palabra con raíces griegas que vendría a significar “no-lugar”. En la obra, Rafael Hitlodeo, un viajero venido de la isla de Utopía donde ha vivido por cinco años, narra a More las condiciones políticas perfectas que se dan allí, y que terminan siendo elementos imprescindibles para vivir en una sociedad feliz. Realidades como propiedad colectiva, tolerancia religiosa, trabajo obligatorio y una organización política que funciona sin ningún tipo de corrupción, ocupan un lugar destacado en la receta de la felicidad de los habitantes de Utopía. Pues bien, tengo para mí que gracias a cierta democratización del pensamiento empujada por la hiper conectividad en la que vivimos (entre otras cosas), y muchos más factores que deberían ser tomados en cuenta, en algunos utópicos lugares ya se está dando un fenómeno muy interesante. Es un modo de vivir y de pensar que no ocupa titulares, ni es analizado en las cátedras de ciencia política o sociología, pero que se hace presente, por ejemplo, cuando uno dialoga con personas más inquietas intelectualmente. Se nota -ante preguntas sobre política, economía, religión, educación y hasta fútbol- en cierta pausa antes de responder, en un “depende” colado oportunamente, en una contra pregunta inteligente. Cada vez menos, entre personas pensantes, ante cuestiones espinosas te responden automáticamente, citando -como solía hacerse- frases hechas, ideologías partidarias, opiniones automáticas. Quizá porque “antes” todo parecía …

En 1516 Sir Thomas More, humanista y escritor del reino de Inglaterra, publicó un tratado político titulado con un neologismo creado para la ocasión: Utopía. Una palabra con raíces griegas que vendría a significar “no-lugar”.

En la obra, Rafael Hitlodeo, un viajero venido de la isla de Utopía donde ha vivido por cinco años, narra a More las condiciones políticas perfectas que se dan allí, y que terminan siendo elementos imprescindibles para vivir en una sociedad feliz. Realidades como propiedad colectiva, tolerancia religiosa, trabajo obligatorio y una organización política que funciona sin ningún tipo de corrupción, ocupan un lugar destacado en la receta de la felicidad de los habitantes de Utopía.

Pues bien, tengo para mí que gracias a cierta democratización del pensamiento empujada por la hiper conectividad en la que vivimos (entre otras cosas), y muchos más factores que deberían ser tomados en cuenta, en algunos utópicos lugares ya se está dando un fenómeno muy interesante.

Es un modo de vivir y de pensar que no ocupa titulares, ni es analizado en las cátedras de ciencia política o sociología, pero que se hace presente, por ejemplo, cuando uno dialoga con personas más inquietas intelectualmente. Se nota -ante preguntas sobre política, economía, religión, educación y hasta fútbol- en cierta pausa antes de responder, en un “depende” colado oportunamente, en una contra pregunta inteligente.

Cada vez menos, entre personas pensantes, ante cuestiones espinosas te responden automáticamente, citando -como solía hacerse- frases hechas, ideologías partidarias, opiniones automáticas. Quizá porque “antes” todo parecía claro y “hoy” no tanto.

Una primera conclusión podría ser que, en general, estamos dejando de repetir y estamos empezando a pensar. Lo cierto es que detrás de cada “no estoy tan seguro”, “creo que tienes un punto”, “no lo había visto desde esa perspectiva” hay más que mera desconfianza o cansancio. Quizá hemos descubierto una palabra tan rica como olvidada: respeto.

Parecería que ambientes en los que uno se encuentra cómodo ya no contestamos a las preguntas de respuesta articulada con ánimo de “quedar bien” (diciendo lo que pensamos que esperan oír de nosotros), sino que cada vez más personas tienen una opinión suya, formada, abierta, respetuosa de la de los demás. Se están dejando de lado códigos rígidos de pensamiento, leyendas urbanas amplia e incuestionablemente aceptadas, y ahora se escucha a los demás en las conversaciones, dejando de lado esa manía del intelectualmente limitado que consiste en “tener razón”, y en ofenderse cuando no se la conceden…

Lo cierto es que hoy se cuestiona lo inamovible, que antes se asumía sin más; hoy día se piensa, y lo que anteriormente quizá tenía una “aceptación universal” se cuestiona, pues es capaz de generar entre los interlocutores dudas importantes.

Lo más interesante es que, a fin de cuentas, no se trata solo de responder sin más, sino de que hoy día comprendemos mejor en qué momento histórico nos encontramos, y hacia dónde nos dirigimos como comunidad social, como grupo político (en el sentido más clásico del término). Nos hemos dejado de enfocar en lo meramente electoral, lo circunstancial, lo popular, lo emocional, a la hora de analizar las situaciones, y nos ha empezado a preocupar por lo verdadero. Todo porque las certezas han dejado de serlo.

En fin… si el lector ha tenido la paciencia de seguirme hasta aquí, quizá habrá comprendido mejor el título de esta nota pues, no he hecho otra cosa que describir una situación más bien utópica, inexistente. Quizá idealmente deseable… pero, ya se sabe, no siempre lo que se piensa, las condiciones ideales, el mundo ficticio de la honestidad generalizada pasan del plano ideal al real.

Thomas More tenía razón. Una manera de mostrar lo bueno, lo recto, lo valioso, es exponerlo de manera utópica para despertar -al menos- algunas zonas de pensamiento un tanto desatendidas por algunas personas.

Ingeniero/

@carlosmayorare

Legales Obituarios Epaper
Patrocinado por Taboola