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¿Resucitó?

Como sociedad, hemos aprendido a distraernos. A preferir lo inmediato sobre lo importante. A cambiar profundidad por espectáculo. A conformarnos con símbolos en lugar de exigir resultados.

La Semana Santa termina, como cada año, envuelta en solemnidad, tradición y un aire de recogimiento que invita —al menos en teoría— a la reflexión. El mensaje de Jesús no es complejo: amar al prójimo y desprenderse de lo terrenal como camino hacia la libertad. Es, en esencia, una propuesta radical que confronta directamente las lógicas del poder, del ego y del exceso.

Pero hoy, ese mensaje no solo parece lejano: resulta incómodo.

Vivimos en una época donde la autocomplacencia no se cuestiona, se celebra. Se promueve la idea de que vivir bien es consumir más, viajar más, mostrar más. Las “experiencias exclusivas” se han convertido en una forma moderna de estatus, y el valor de las cosas —y de las personas— parece medirse en función de su capacidad de exhibición. En ese contexto, hablar de desprendimiento suena casi subversivo.

No debería sorprender, entonces, que esa misma lógica impregne lo público. Al final, los gobiernos no emergen en el vacío: son, en gran medida, una proyección amplificada de las prioridades de la sociedad que los elige y los sostiene.

Y nuestras prioridades son evidentes.

Mientras el país enfrenta problemas estructurales serios, el espectáculo ocupa el centro de la escena. Se celebra la “alfombra más larga”, la boda más vistosa, el evento más grande. Se aplauden conciertos internacionales como si fueran indicadores de desarrollo. Se romantiza el récord, la imagen, la narrativa.

Pero el desarrollo real —el que no se fotografía bien— queda relegado.

El crecimiento económico sigue siendo insuficiente, moviéndose en rangos que apenas permiten sostener, pero no transformar. La deuda pública continúa en niveles elevados, superando el 70% del PIB, condicionando el futuro fiscal del país. La dependencia de préstamos no es una estrategia: es una señal de fragilidad estructural.

La apuesta por el bitcoin, presentada como visionaria, hoy se sostiene más en discurso que en resultados tangibles para la mayoría. Su volatilidad ha expuesto al país a riesgos innecesarios, mientras problemas más urgentes siguen esperando atención.

En paralelo, la inversión en salud y educación —los verdaderos motores de movilidad social— sigue siendo insuficiente. La desigualdad persiste, la brecha de oportunidades no se reduce con anuncios ni con eventos. Y la sostenibilidad ambiental, en uno de los países más vulnerables al cambio climático, continúa siendo tratada como un tema secundario.

Nada de esto ocurre por accidente.

Ocurre porque, como sociedad, hemos aprendido a distraernos. A preferir lo inmediato sobre lo importante. A cambiar profundidad por espectáculo. A conformarnos con símbolos en lugar de exigir resultados.

Y quizá lo más inquietante no es lo que hacen quienes gobiernan, sino lo poco que eso nos incomoda.

La Semana Santa expone una contradicción difícil de ignorar: celebramos a un Jesús que expulsó mercaderes del templo, pero vivimos perfectamente cómodos en una cultura donde todo —absolutamente todo— se ha convertido en mercancía. Incluso la fe, incluso la imagen, incluso la idea de país.

Queremos redención sin sacrificio. Cambio sin incomodidad. Progreso sin renuncia.

Pero no funciona así.

Resucitar no es un acto simbólico ni una tradición anual. Es una ruptura. Implica cuestionar lo que somos, lo que celebramos y lo que estamos dispuestos a tolerar. Implica reconocer que el deterioro de un país no comienza en sus gobiernos, sino en la gradual normalización de lo superficial sobre lo esencial.

El problema no es que el mensaje de Jesús haya perdido vigencia. Es que hemos construido una sociedad en la que seguirlo tendría consecuencias reales.

Y eso, precisamente, es lo que evitamos.

Porque resucitar —de verdad— exige cambiar.

Y cambiar, hasta ahora, no parece estar de moda.

Doctor Danilo Alfonso Arévalo Sandoval
Tesorero, Colegio Médico de El Salvador

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