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Resurrección: «Muerte, ¿dónde está tu victoria? Sepulcro, ¿cuál es tu aguijón?»

Para el cristiano –tanto católico como evangélico–, la Pascua debería ser mucho más que una celebración de fe; tendría que convertirse en una renovación del compromiso con la justicia. No puede haber auténtica resurrección espiritual mientras aceptemos como normal que, en tantas regiones del mundo, se encarcele la verdad, se silencie al inocente o se convierta el dolor humano en estadística.

La Resurrección de Jesús no es sólo un episodio sagrado que cada año vuelve a la liturgia como una costumbre más. Es el triunfo de la vida sobre la muerte. Es, sobre todo, una interpelación profunda a la conciencia humana. En estos tiempos de heridas abiertas para la humanidad, cuando los derechos más elementales parecen diluirse entre guerras, desplazamientos, intolerancia, hambre y exclusión, el sepulcro vacío nos obliga a preguntarnos qué hemos hecho con el prójimo.

El Cristo resucitado no vuelve para instalarse en la comodidad de los templos, sino para caminar entre los olvidados de la historia: los migrantes que huyen del miedo, los niños atrapados en la violencia, las familias despojadas de su dignidad, los pueblos que han perdido la voz bajo el peso de la opresión. Allí, en el rostro sufriente del otro, la humanidad sigue esperando una respuesta que no sea la indiferencia.

Para el cristiano –tanto católico como evangélico–, la Pascua debería ser mucho más que una celebración de fe; tendría que convertirse en una renovación del compromiso con la justicia. No puede haber auténtica resurrección espiritual mientras aceptemos como normal que, en tantas regiones del mundo, se encarcele la verdad, se silencie al inocente o se convierta el dolor humano en estadística. La piedra removida del sepulcro también simboliza las piedras morales que debemos apartar de nuestro tiempo: la apatía, el egoísmo, la insensibilidad y el miedo a denunciar lo incorrecto.

La crisis de derechos humanos que vive el mundo no se resuelve solo en los tribunales ni en los discursos diplomáticos. Empieza también en el corazón de cada creyente cuando decide reconocer en cada persona la imagen viva de Dios. Jesús resucita para recordarnos que nadie puede llamarse discípulo suyo mientras ignore la injusticia que golpea la puerta de su propia sociedad.

Tal vez el mensaje más urgente de esta Pascua sea entender que la fe sin compasión es un templo vacío. La Resurrección invita a levantar la voz por quienes no pueden hacerlo, a defender la dignidad humana sin cálculos ideológicos y a comprender que el Evangelio tiene una dimensión profundamente social. Amar al prójimo, en este contexto, significa defender sus derechos, su libertad y su vida.

Hoy más que nunca, el mundo necesita católicos que no solo celebren la victoria de Cristo sobre la muerte, sino que sean testimonio vivo de esperanza en medio de la oscuridad contemporánea. Porque resucitar con Jesús también significa resucitar la conciencia, la solidaridad y el deber moral de construir una humanidad donde la dignidad de cada ser humano sea sagrada e inviolable.

Médico.

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