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La miel sin dar del ánfora del amor

Solemos tener el preciado néctar dentro de nosotros, pero sin la felicidad de entregarlo. Al parecer no basta, pues, con tenerlo. Hay que dar su  dulzura al ser amado, al mundo y sus criaturas

La miel del ánfora del alma se pierde al no darla. Suele suceder en las alacenas: la vasija repleta de miel explota, derramando incontenible su dulzura y milagro. Debido a estar demasiado llena, la tapadera suele ceder ante la presión del néctar dilatado. El ánfora es tu corazón; la miel: el amor. De tan llena de amor cautivo, se rompe cuando no lo has dado. Luego rompes en llanto: ¡lágrimas en vez de gotas de dulzura! Solemos tener el preciado néctar dentro de nosotros, pero sin la felicidad de entregarlo. Al parecer no basta, pues, con tenerlo. Hay que dar su  dulzura al ser amado, al mundo y sus criaturas; al amanecer, a los montes y a la vida por sobre todas las cosas. Ofrendar el oro de las colmenas de nuestro espiritual apiario interior. La miel es el milagro de todos los panales. El amor, la miel del milagro. Del milagro de querer. Todas las civilizaciones han sido adictas a la miel de abeja. Se consumían, por ejemplo, alrededor de 22.000 toneladas de miel en el Reino Unido cada año, de unos 40.000 apicultores. La abeja reina en las colmenas es reina por un año o dos. Las reinas son sistemáticamente sacrificadas cada dos años porque tras ese periodo de tiempo su capacidad de producción decrece, de modo que la colmena entera se hace improductiva y no rentable. Aprendamos de las abejas: ofrendemos sin distingo la miel de maple, del azahar o del amor.

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