Quien haya vivido una Semana Santa en Sonsonate sabe que no se trata únicamente de una tradición religiosa.
Quien haya vivido una Semana Santa en Sonsonate sabe que no se trata únicamente de una tradición religiosa.
En El Salvador hay ciudades que se conocen por alguna particularidad, y mencionarlas todas tomaría mucho espacio. Lo mismo ocurre a nivel mundial: hay ciudades conocidas por sus bellezas naturales, otras por sus monumentos o centros comerciales; algunas por su vida nocturna, otras por sus playas. Pero hay ciudades —muy pocas— que se conocen por su alma. Y, sin duda, sin afán de competir con ninguna otra dentro de mi país, Sonsonate es una de ellas: su alma se revela en el tiempo de Semana Santa.
Quien haya vivido una Semana Santa en Sonsonate sabe que no se trata únicamente de una tradición religiosa. Es algo más profundo, casi un fenómeno de identidad colectiva. Es una mezcla de fe, historia y memoria familiar; recuerdos de otras épocas. Pero la Semana Santa, más que cualquier otro momento del año, trae consigo evocaciones del pasado, así como la emoción del presente. Ese extraño sentimiento que nos hace sentir pequeños frente al paso del tiempo nos detiene para recordar, mientras estimula todos los sentidos: los olores, los colores, los sabores, la música sacra y el calor propio de la época.
Desde muy temprano, antes incluso de que el sol comience a imponerse sobre las montañas de Nahuizalco y Juayúa, ya se escuchan pasos en las calles. Son los primeros preparativos: hombres acomodando andas, mujeres preparando flores, jóvenes limpiando las calles por donde más tarde pasará la procesión. No es un espectáculo; es un acto de devoción. Porque, a diferencia de lo que muchos creen hoy, la Semana Santa nunca fue un espectáculo, ni un atractivo turístico, y mucho menos un espacio pensado para el comercio.
En los últimos años hemos visto cómo esta celebración se ha ido transformando en algo que mezcla turismo, fotografías para redes sociales y ventas callejeras —no siempre como emprendimiento, sino como una forma de obtener ingresos adicionales—. Para otros, es simplemente una oportunidad de escapar hacia la playa, la montaña o los llamados “pueblos mágicos”, un término que ni siquiera nos es propio, pero que se ha popularizado. Resulta curioso cómo una semana destinada a la reflexión espiritual ha terminado compitiendo con promociones de hoteles y paquetes vacacionales.
No es una crítica moralista; es una observación que, en ocasiones, puede incluso decepcionar al visitante. Pero para quienes crecimos en Sonsonate, esta semana es una mezcla de sentimientos: el reencuentro con recuerdos de quienes ya no están, la cercanía con quienes aún podemos abrazar, y, sobre todo, un acto de fe donde todos nos unimos en un mismo sentir, aunque con distintas necesidades espirituales.
Siempre me pregunto: ¿eran más solemnes las Semanas Santas de antes porque yo era niño o adolescente, o es que los tiempos han cambiado tanto? Mi conclusión es clara: el problema no es descansar, el problema es olvidar.
Y Sonsonate —para quienes crecimos o hemos caminado muchas veces por sus calles en estos días— tiene una cualidad difícil de explicar: obliga a recordar. Recordar a nuestros abuelos caminando en silencio detrás de una imagen. Recordar el sonido grave de los tambores, que parece marcar no solo el paso de la procesión, sino también el ritmo de nuestra propia conciencia. Recordar el olor del incienso mezclado con el de las alfombras de aserrín recién colocadas, y el aroma de la flor de coyol. Porque la memoria también es una forma de oración.
En las procesiones de Sonsonate se puede observar algo que hoy escasea en muchas partes del país: comunidad. Personas que quizá durante el año no se saludan, pero que en estos días trabajan juntas, cargan juntas y caminan juntas. En un país donde muchas veces predominan la prisa, la desconfianza y la indiferencia, ver a cientos de personas coordinadas para mantener una tradición centenaria debería hacernos reflexionar.
Porque la Semana Santa no se sostiene sola. Detrás de cada procesión hay meses de trabajo silencioso de hermandades, cargadores, músicos y voluntarios. Personas que no aparecen en las fotografías, pero que mantienen viva una tradición que forma parte del patrimonio espiritual del país. Y aquí es donde surge una pregunta incómoda:
¿Estamos cuidando estas tradiciones o simplemente las estamos consumiendo?
Hoy es común ver a personas que se acercan a una procesión con el celular en alto, buscando la mejor fotografía, pero sin detenerse un momento a pensar qué representa realmente esa escena. Jesús cargando la cruz no es una postal turística. Es un recordatorio: de la fragilidad humana, del sufrimiento injusto, pero también de la capacidad de sacrificio y redención. Valores que, dicho sea de paso, parecen escasear en una sociedad donde todo debe ser inmediato, cómodo y sin esfuerzo.
Tal vez por eso la Semana Santa resulta incómoda para el mundo moderno. Nos obliga a detenernos. Nos obliga a pensar. Y pensar, en estos tiempos, se ha vuelto casi un acto subversivo.
En Sonsonate, sin embargo, todavía quedan espacios donde el tiempo parece moverse más lento; momentos en los que incluso da la impresión de retroceder —algo que sabemos no ocurre en la realidad, pero sí en la emoción—. Es la nostalgia, el recuerdo de lo vivido y el profundo deseo de heredar ese sentimiento a las nuevas generaciones.
Cuando la imagen del Nazareno dobla una esquina del centro o de las calles aledañas, y el silencio se apodera de la multitud, uno comprende que estas tradiciones no sobreviven únicamente por costumbre. Sobreviven porque aún tocan algo profundo en el ser humano, incluso en aquellos que no se consideran particularmente religiosos.
La Semana Santa también tiene una dimensión cultural e histórica que muchas veces ignoramos. En los templos y en las calles se encuentra una parte importante de nuestra identidad como país. Despreciarla o trivializarla sería equivalente a olvidar de dónde venimos.
Tal vez por eso, cada año, cuando llegan estos días, miles de personas regresan a Sonsonate. Hago referencia a esta ciudad porque soy sonsonateco, pero estoy seguro de que lo mismo ocurre en muchos pueblos, municipios e iglesias de nuestro país. Algunos lo hacen por fe, otros por tradición familiar y otros simplemente porque sienten que algo allí los llama. Quizá no todos sepan explicarlo, pero lo sienten. Y eso ya es bastante.
Porque, al final, más allá de procesiones, alfombras o tradiciones, la Semana Santa plantea una pregunta personal que nadie puede responder por nosotros:
¿Qué lugar ocupa Dios —o, si se prefiere, la conciencia— en nuestra vida diaria?
El riesgo de estas celebraciones no es que desaparezcan. El verdadero riesgo es que continúen existiendo, pero vacías: procesiones impecables, alfombras perfectas, música solemne… pero corazones distraídos.
Quizá el verdadero desafío de nuestra generación no sea organizar mejores procesiones ni atraer más turismo religioso. Quizá el desafío sea mucho más simple y, al mismo tiempo, mucho más difícil: volver a comprender lo que significa caminar detrás de una cruz.
Y no permitir que lo único que perdure en el tiempo sean las películas de la época como Ben-Hur, La Pasión o Los Diez Mandamientos, ni que la tradición se reduzca a comer torrejas —que hoy se encuentran todo el año, desde lo artesanal hasta lo gourmet—.
Que esta Semana Santa sea lo que verdaderamente buscamos: paz, espiritualidad y respeto. Un tiempo para recordar y conmemorar la pasión, muerte y resurrección de Jesús, el Hijo de Dios.
Médico
La realidad en tus manos
Fundado en 1936 por Napoleón Viera Altamirano y Mercedes Madriz de Altamirano.
Facebook-f Instagram X-twitter11 Calle Oriente y Avenida Cuscatancingo No 271 San Salvador, El Salvador Tel.: (503) 2231-7777 Fax: (503) 2231-7869 (1 Cuadra al Norte de Alcaldía de San Salvador)
2026 – Todos los derechos reservados