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Una lección urgente frente a la vanidad humana

El orgullo humano ha llevado a muchos a pensar que su nombre, su cargo o su fortuna les otorgan una especie de inmortalidad simbólica

“Enséñanos de tal modo a contar nuestros días, que traigamos al corazón sabiduría.” (Salmos 90:12). Hay textos bíblicos que no solo se leen, sino que confrontan, este Salmo es uno de ellos. No es una frase poética más; es una súplica profunda que desnuda la condición humana: vivimos como si fuéramos eternos, pero morimos como lo que somos, pasajeros. Este versículo nos obliga a detenernos, a mirar la vida con sobriedad, y a reconocer que el tiempo no es un recurso infinito, sino una cuenta regresiva silenciosa. La humanidad moderna ha sofisticado sus formas de distracción para olvidar lo eterno. 

Pero no ha resuelto su mayor problema: la negación de su propia finitud. El hombre construye imperios, acumula riquezas, ostenta poder político o económico, y se reviste de una aparente autosuficiencia que, en el fondo, es frágil. La Escritura lo resume con crudeza: “Porque cuando muera no llevará nada, ni descenderá tras él su gloria” (Salmos 49:17). Esta verdad rompe cualquier ilusión de grandeza terrenal. Todo lo que el hombre considera valioso —su dinero, su influencia, su posición— queda inevitablemente reducido a nada frente a la muerte. El problema no es poseer, sino creer que lo poseído define nuestra trascendencia. 

El orgullo humano ha llevado a muchos a pensar que su nombre, su cargo o su fortuna les otorgan una especie de inmortalidad simbólica. Sin embargo, la historia es testigo de lo contrario: reyes, presidentes, magnates, generales… todos han pasado, y muchos han sido olvidados. La tierra que un día dominaron termina cubriendo sus restos. El féretro, silencioso y austero, es el gran igualador de la humanidad. En este contexto, Salmos 90:12 adquiere un valor extraordinario. “Contar nuestros días” no significa simplemente reconocer que moriremos, sino vivir con la conciencia de que cada día tiene un peso eterno. 

Es administrar el tiempo con sabiduría, entendiendo que cada decisión, cada palabra y cada acción deja una huella que trasciende lo material. Es, en otras palabras, vivir con propósito.

La vanidad de la vida, tan magistralmente descrita en el libro de Eclesiastés, no es una invitación al pesimismo, sino a la lucidez. “Vanidad de vanidades, todo es vanidad” (Eclesiastés 1:2), dice el predicador, no para desmotivar, sino para desenmascarar. El problema no es la vida en sí, sino una vida desconectada de lo eterno. Cuando el hombre vive solo para lo temporal, todo se vuelve vacío, repetitivo y sin sentido. 

Pero cuando entiende que su existencia tiene un propósito superior, entonces incluso lo cotidiano adquiere valor. El orgullo y la arrogancia son, quizás, las expresiones más peligrosas de esta desconexión. El hombre arrogante no solo olvida que es mortal, sino que actúa como si no tuviera que rendir cuentas. Se cree dueño de su destino, juez de su moral y centro de su universo. Esta actitud no solo lo aleja de Dios, sino que también lo deshumaniza. Porque quien se cree superior a los demás termina perdiendo la capacidad de empatía, de justicia y de compasión.

 Aquí es donde cobra relevancia el mensaje de Juan el Bautista. En un contexto de expectativa espiritual, donde multitudes acudían a él buscando dirección, su predicación fue directa, sin adornos ni complacencias. Cuando los soldados —representantes del poder coercitivo del Estado— le preguntaron qué debían hacer, su respuesta fue clara: “No hagáis extorsión a nadie, ni calumniéis; y contentaos con vuestro salario” (Lucas 3:14). Este consejo, aunque sencillo en apariencia, encierra una profunda enseñanza ética. Juan no les pidió que abandonaran su profesión, sino que ejercieran su autoridad con justicia, sin abusar de su poder. 

En otras palabras, les enseñó que el problema no es el rol que ocupamos, sino cómo lo ejercemos. El poder, sin principios, se convierte en instrumento de opresión. Pero el poder, guiado por la ética y el temor de Dios, es sin duda una herramienta de bien. Este principio es aplicable a todos los ámbitos de la vida. El empresario que humilla al trabajador, el funcionario que corrompe, el profesional que engaña, el ciudadano que actúa sin integridad… todos estamos, en mayor o menor medida, atrapados en la ilusión de que nuestras acciones no tendrán consecuencias. Pero la realidad es otra: todo lo que hacemos deja una marca, y tarde o temprano, enfrentaremos el resultado de nuestras decisiones.

Por eso, contar nuestros días también implica evaluar cómo estamos viviendo. ¿Estamos construyendo algo que trascienda, o simplemente acumulando cosas que desaparecerán? ¿Estamos actuando con justicia, o aprovechándonos de las circunstancias? ¿Estamos cultivando una vida íntegra, o una fachada que tarde o temprano se derrumbará? La sabiduría que menciona el salmista no es intelectual, es moral y espiritual. Es la capacidad de vivir correctamente en un mundo lleno de distracciones y tentaciones. Es entender que la verdadera grandeza no está en lo que poseemos, sino en lo que somos. Y lo que somos se define por nuestras decisiones diarias.

En una sociedad donde el éxito se mide por la acumulación y la visibilidad, este mensaje resulta contracultural. Se nos enseña a destacar, a competir, a sobresalir. Pero pocas veces se nos enseña a vivir con integridad, a servir con humildad, a actuar con justicia. Sin embargo, son precisamente estos valores los que dan sentido a la vida. Al final, lo único que realmente permanece no es lo que logramos, sino cómo vivimos. No es el cargo que ocupamos, sino la huella que dejamos en las personas. No es la riqueza que acumulamos, sino la justicia con la que actuamos. Porque cuando el hombre muere, todo lo externo queda atrás, pero su legado —bueno o malo— permanece.

 Salmos 90:12 no es solo una oración, es una invitación urgente. Nos llama a despertar, a dejar de vivir en automático, a reconocer que cada día cuenta. Nos recuerda que la vida es breve, pero significativa. Y que, aunque no podemos alargar nuestros días, sí podemos darles sentido.En un mundo marcado por la arrogancia, la competencia desmedida y la superficialidad, este mensaje es más necesario que nunca. Nos desafía a vivir con propósito, a actuar con ética, y a recordar que, más allá de todo lo que podamos alcanzar en esta tierra, hay una realidad eterna que no podemos ignorar.

 Porque al final, no se trata de cuánto vivimos, sino de cómo vivimos, es por ello que cobra relevancia ahora, buscar al Señor Jesucristo, antes que el tiempo se te escape entre las manos: cuando todo se apague —el poder, el dinero, los aplausos— solo Jesús el Señor permanecerá, y solo Él puede darte vida eterna. Todo lo que hoy te enorgullece quedará en la tierra… pero tu alma no; decide hoy si enfrentarás la eternidad vacío y lleno de orgullo o con Jesús. Y este es el testimonio: que Dios nos ha dado vida eterna; y esta vida está en su Hijo. El que tiene al Hijo, tiene la vida; el que no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida.(1Juan 5:11-12)

Abogado y teólogo

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