Hace no muchos años, lo que hubieran dicho Trump, Milei, Meloni o Bukele, si lo hubiesen dicho del modo como hablan, les hubiera costado la carrera política
Hace no muchos años, lo que hubieran dicho Trump, Milei, Meloni o Bukele, si lo hubiesen dicho del modo como hablan, les hubiera costado la carrera política
Siempre se ha sabido que quien quiera tener a la gente de su lado, sobre todo en el campo de la política (esa que tiene como único fin hacerse con el poder y mantenerlo), es necesario que les ofrezca pan y circo. Y para eso, es imprescindible un modo directo de comunicarse con la gente, de manera que todos sepan quien es el responsable de que haya pan, y quien los entretiene con novedades y juegos de pirotecnia verbal.
Sin embargo, en tiempos de Internet, todo ha cambiado. Pues si antes lo que los políticos decían en la plaza pública dependía de la caja de resonancia de los medios de comunicación, y por lo mismo, estaba mediado por los comunicadores y por los dueños de los medios; hoy día, lo que se habla en los micrófonos y se actúa frente a las cámaras, no depende de nadie más que de las redes sociales (y de los «community managers) para hacer eco. Los políticos se han convertido así en auténticos creadores de contenido.
Para esto es importantísimo no andarse con medias tintas. El político que no comunica directo simplemente no comunica.
El ciber espacio no está ni para sutilezas ni para matices. Cuando captas por medio de «X», TikTok, Instagram o Youtube la escasa y codiciada atención de alguien tienes que decir «algo» si no, no has dicho nada… Algo que se quede en la memoria, algo que lo haga sentir bien o mal, algo que cree repulsión y mueva al que lo reciba a contradecir, o a aprobar sin más, algo que merezca la pena ser viralizado o recibir un like. Algo que se instale en esa zona gris del cerebro en que se encuentran los pensamientos emotivos o las emociones pensadas.
Hace no muchos años, lo que hubieran dicho Trump, Milei, Meloni o Bukele, si lo hubiesen dicho del modo como hablan, les hubiera costado la carrera política pues los eternos filtros que eran los medios de comunicación les habrían «interpretado», «criticado», «matizado», colocando valoraciones como «eso que ha dicho mengano o fulano es intolerable», políticamente incorrecto, o, simplemente, falso. Pero ya no. Ahora quien juzga sin intermediarios es la gente.
Un público que no sigue en el día a día los debates ideológicos que se dan entre corrientes políticas, ni los grandes problemas de la macroeconomía, o de la geopolítica… una audiencia que no le importa más que el momento y le viene sobrando el pasado (un pasado, por lo demás, filtrado por algún sagaz político de turno a su propia conveniencia), y a quien solo interesa el futuro inmediato y, además, se contenta con que sus problemas cotidianos se vean resueltos sin más.
Los políticos lo saben, y por eso el lenguaje que utilizan está, como se ha dicho de Trump, por ejemplo, al nivel de como comunicaría un niño de nueve años, o de cuarto grado de primaria.
Pero ¡ojo! No nos confundamos: si esos políticos comunican con tal pobreza lingüística y con superficialidad de razonamiento no es porque sean «tontos», sino porque si presenta sus argumentos de tal modo que lo pueda entender una criatura de pocos años, es porque a partir de allí los puede «entender» (y comprar) cualquiera.
Los tiempos en que los analistas y los periodistas filtraban e interpretaban han quedado definitivamente atrás. Ahora el filtro es la viralidad, lo directo que se aborde un problema (aunque a fuer de simplificar se pierda la esencia del mismo), la primicia que las propuestas y los comentarios ofrezcan al público novelero y ansioso de circo.
Antes se decía que ninguna prensa era mala… ahora las cosas se ven de otro modo y se podría adaptar el dicho diciendo que lo verdaderamente importante es ser trend topic, estar en el top of the mind de la gente. ¿Cómo? No importa.
Ingeniero/@carlosmayorare
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