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Vivir en la fe

Somos más de ritos externos que de vivir y cargar nuestra cruz.

Estamos a días de celebrar la Semana Santa. Para algunos, es un referente del amor de Dios que vivimos; para otros, no es más que una celebración pagana. Sin embargo, en la depuración de nuestra espiritualidad, sabemos que tenemos una oportunidad de oro para vivir una Semana Santa auténtica: dejar a un lado nuestra vida pasada y tener en nuestra mesa a un invitado especial, a Jesús resucitado.

“Y dicho esto, gritó con voz potente: ‘Lázaro, sal afuera’. El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas y la cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo: ‘Desatadlo y dejadlo andar’”.

Pareciera que durante nuestra vida, a pesar de llevar una fe frágil, no comprendemos la grandeza de tener la oportunidad de que Jesús vuelva su mirada hacia nosotros. A pesar de que nos parecemos más a Lázaro, Jesús toca nuestro corazón para resucitarnos, para que, aun viviendo en un aparente sepulcro mundano, escuchemos sus palabras y “nos levantemos” a una vida de amor, de fe, de esperanza y de caridad.

Somos más de ritos externos que de vivir y cargar nuestra cruz. Lamentablemente, el tiempo vuela y, aunque preferimos el gozo inmediato, nos cuesta vivir una verdadera conversión. En lo personal, me está costando mucho esta Cuaresma. Sin duda, soy el menos digno de escribir esta columna, pero sé que Dios fortalece en esta Semana Santa. Jesús nos espera; Él sabe lo que pasa por nuestra mente, y somos nosotros quienes nos perdemos de recibir el perdón, la gracia y la vida que Él nos regala.

Dejemos de ser Lázaros. Sabemos que por Lázaro Jesús lo da todo, y nosotros apenas somos sepulcros blanqueados que aspiramos más a una vida de placeres, de egoísmo, de juzgar y señalar, olvidando que el pulgar también nos señala a nosotros mismos. Aceptar a Jesús implica vivir ese Santo Entierro sabiendo que Él dio su vida por nosotros, comprender y vivir en el gozo de que, a pesar de nuestros pecados, Jesús los toma, nos libera de la indiferencia y nos da una oportunidad de reencontrarnos con Él.

Semanas Santas van y vienen, y nuestra vida no parece dar un giro. Para el verdadero hijo de Dios, no podemos llamarnos “hijos de Dios” si no asumimos una fe firme, una fe que huela a Jesús, una fe que nos haga diferentes. Tristemente, las iglesias lucen vacías; después del Viernes Santo, muchos preferimos una vida pagana y luego entramos calladitos al templo, queriendo reponer el tiempo perdido. Pero Jesús, que acepta su muerte y crucifixión, no nos rechaza. Siempre seremos sus hijos amados, los bienvenidos, los bienaventurados.

“Desatadlo y dejadlo andar” es lo que Jesús quiere para nosotros. Él nos desata del pecado, nos libera para que nos acerquemos a Él, para que, ya libres, lo busquemos. Que nuestra vida en el hogar sea una perfecta imitación del hogar de Lázaro, donde la fe derrota a la duda, donde la fe nos levanta, donde la fe nos permite creer en el hombre, como Él cree en nosotros.

En esta Semana Santa, Jesús nos llama a “resucitar” en vida, a dejar el sepulcro para acercarnos a Él, a dejar de ser coleccionistas de ritos externos y convertirnos en coleccionistas del amor de Dios. Es increíble lo que nos perdemos por vivir como Lázaro: enterrados, sordos y mudos, creyendo que Jesús está para cumplir nuestros caprichos. Lamentablemente, más temprano que tarde habrá lamentos, cuando hemos tenido la oportunidad de vivir una verdadera Semana Santa; más aún, de hacer de toda nuestra vida una Semana Santa.

No esperemos fechas solemnes: que sea el ahora, en su infinita misericordia, el momento en que nos saque de esa vida de muerte, de esa vida de pecado. Que este sea un tiempo para tomar las cosas en serio, para cargar nuestra cruz. Y, desde donde estemos, recordemos que vivimos los días de la pasión, muerte y resurrección de Jesús.

Repito: sin duda, soy el menos indicado para escribir esta columna.

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