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El arte secreto de tomar decisiones en política

Quizá lo más curioso de todo es la velocidad con la que cambian las certezas políticas. Una decisión que el lunes era “innegociable” puede convertirse el miércoles en “un punto de partida para el diálogo”. El viernes, si el clima mediático cambió lo suficiente, incluso puede transformarse en “una interpretación equivocada de lo que realmente se quiso decir”.

Desde afuera, la gente imagina que las decisiones políticas se toman de forma solemne. Como en una película. Un grupo de personas muy serias, sentadas alrededor de una mesa de madera oscura, mirando gráficos, citando estadísticas, tal vez usando palabras como “evidencia”, “estrategia” o “interés nacional”. En esa fantasía cívica, alguien incluso podría pronunciar la frase: “¿Qué es lo mejor para el país?” Es una escena conmovedora. También profundamente ficticia.

La realidad del proceso de toma de decisiones políticas es bastante más… humana. Y cuando uno dice humana, quiere decir: caótica, emocional, impulsiva, susceptible al ego, al miedo, al WhatsApp equivocado y, por supuesto, a la encuesta más reciente.

El ciudadano común imagina que los políticos toman decisiones después de estudiar profundamente los problemas. En realidad, muchas decisiones empiezan con una pregunta mucho más sencilla: “¿Cómo se va a ver esto mañana?” No mañana en términos históricos, mañana, literalmente. En titulares. En redes sociales. En ese programa de radio donde el conductor habla indignado desde las seis de la mañana.

Otro pequeño secreto que rara vez se cuenta fuera de la política es que las decisiones importantes suelen tomarse en espacios sorprendentemente informales. No siempre en oficinas. A veces en un pasillo. En el carro camino a un evento. En un restaurante donde todos hablan en voz baja si conviene anunciar algo hoy o esperar al viernes, porque el viernes la gente está pensando en el fin de semana.

Un detalle curioso es que los políticos, al igual que cualquier ser humano, tienen un profundo respeto por el concepto de “lo que siempre se ha hecho”. Incluso cuando todos saben que lo que siempre se ha hecho no ha funcionado particularmente bien. Pero cambiar algo implica asumir riesgos, y el riesgo en política es como el gluten en ciertas dietas: todos dicen que quieren eliminarlo, pero cuando llega la hora del pan, nadie quiere quedarse sin él.

Las encuestas también juegan un papel que la gente fuera de la política rara vez dimensiona. No solo porque influyen en decisiones, sino porque a veces sustituyen el proceso completo de reflexión. Si una encuesta dice que algo gusta, se considera una buena idea. Si dice que no gusta, se convierte en una idea peligrosa. La frontera entre estrategia y termómetro emocional puede volverse sorprendentemente delgada.

Y luego está el factor más subestimado de todos: el ego. El ego puede convertir una política pública en una batalla personal. Puede retrasar decisiones necesarias durante meses simplemente porque alguien no quiere darle la razón a alguien más. Puede hacer que dos propuestas casi idénticas se conviertan en enemigos mortales porque fueron presentadas por personas distintas.

La política tiene también su propia versión del “teléfono descompuesto”. Una idea empieza en una reunión técnica como algo moderado y razonable. Luego pasa por asesores, consultores, estrategas, aliados, críticos internos y alguien que “solo quiere agregar un pequeño ajuste”. Cuando finalmente llega al anuncio público, la propuesta original puede haber evolucionado tanto que ni sus propios autores la reconocerían.

Pero quizá lo más curioso de todo es la velocidad con la que cambian las certezas políticas. Una decisión que el lunes era “innegociable” puede convertirse el miércoles en “un punto de partida para el diálogo”. El viernes, si el clima mediático cambió lo suficiente, incluso puede transformarse en “una interpretación equivocada de lo que realmente se quiso decir”.

No es necesariamente malicia. Muchas veces es supervivencia. La política es uno de los pocos oficios donde las decisiones se toman bajo una mezcla constante de presión pública, competencia interna, cálculo electoral y un flujo permanente de información incompleta.

Así que la próxima vez que vea una decisión política particularmente extraña —de esas que hacen preguntarse si alguien pensó en las consecuencias— recuerde que probablemente sí se pensó en algo. Tal vez en la encuesta del martes. Tal vez en el titular del jueves. Tal vez en evitar que un rival interno se llevara el crédito.

Y, por supuesto, siempre está la explicación más sencilla: alguien dijo en una reunión, con tono muy seguro, “esto va a funcionar”. Y nadie quiso ser el aguafiestas que preguntara por qué.

Licenciada en Administración Pública y Gobierno. Máster en Asesoramiento de imagen y consultoría política. Miss Universo El Salvador 2021



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