La identidad que Dios designó a cada quien estará oculta tras el frío maquillaje que llevemos ante los demás. Por ello no es raro decir que hasta el más malvado, ruin y deleznable tiene dentro de sí algo bueno, noble o hermoso.
La identidad que Dios designó a cada quien estará oculta tras el frío maquillaje que llevemos ante los demás. Por ello no es raro decir que hasta el más malvado, ruin y deleznable tiene dentro de sí algo bueno, noble o hermoso.
“Caras vemos, corazones no sabemos” reza el adagio. El mismo que el pueblo ironiza con la parodia: “Zapatos vemos, calcetines no sabemos”. Y es que el mundo, como sabemos, se torna algunas veces en el diario “carnevale” de máscaras y apariencias. Podemos ver un rostro sonriente ignorando algún dolor, odio o pena tras la sonrisa aparente. Igual diríamos con un depósito que pueda contener oro o arsénico en su interior. En la vida pueden haber rostros feos pero almas buenas tras ellos. O -por el contrario- tras uno bello puede haber fealdad espiritual. La maldad o bondad; riqueza o miseria; sapiencia o ignorancia; verdad o mentira suelen estar dentro de las superficies y apariencias. Acertijo entre lo que unos creen que somos; lo que otros quieren que seamos; lo que creemos ser y lo que somos en verdad. La identidad que Dios designó a cada quien estará oculta tras el frío maquillaje que llevemos ante los demás. Por ello no es raro decir que hasta el más malvado, ruin y deleznable tiene dentro de sí algo bueno, noble o hermoso. Recuerdo el caso del ladrón que murió y cuando efectuaron la autopsia a su cadáver, encontraron dentro un montón de diamantes que éste había tragado antes de morir, posiblemente para ocultar un robo. Con ello nos estaba demostrando -en forma figurativa y paradójica- que por muy bajo que hubiera caído, dentro de él había algo valioso. Una riqueza que nunca logró salir a flote, a los demás y hacia la vida. Por igual, muchos llevamos ocultos nuestros diamantes; tras nuestra risa una pena y tras nuestras lágrimas felicidad.
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