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Irán–Estados Unidos: ¿la hora de la verdad?

Una intervención estadounidense podría desencadenar una grave crisis regional, con consecuencias inmediatas para los precios del petróleo y la estabilidad internacional. Podría también reforzar las protestas internas en Irán o, por el contrario, cohesionar al país frente a un enemigo externo. Desde el punto de vista jurídico, varios expertos subrayan la ausencia de una justificación clara en el derecho internacional, y todo indica que la Casa Blanca podría actuar sin autorización formal del Congreso.

Desde hace algunos días, todo indica que Estados Unidos está ejerciendo una presión máxima sobre Irán, tanto en el plano militar como en el económico. La llegada al Golfo Pérsico del portaaviones USS Gerald R. Ford, procedente del Caribe, parece marcar la culminación de un despliegue militar inédito de Washington en la región en más de veinte años.

Las tensiones entre Estados Unidos e Irán alcanzaron un punto crítico sin precedentes en febrero de 2026, marcado por la violenta represión de las protestas antigubernamentales en Irán y la postura beligerante de la administración Trump. Desde enero, las manifestaciones, desencadenadas por la crisis económica y las restricciones sociales, han dejado miles de muertos y numerosos arrestos masivos.

El presidente estadounidense lanzó repetidas advertencias en su red social Truth Social, afirmando que una «fuerza armada masiva» se dirigía hacia Irán para responder a la violencia contra los manifestantes. Esta escalada se inscribe en un contexto más amplio que incluye el programa nuclear iraní y las consecuencias de la llamada «guerra de los 12 días» con Israel en junio de 2025, durante la cual Estados Unidos ya había atacado instalaciones nucleares iraníes.

Las raíces de esta confrontación se remontan a décadas de sanciones y hostilidades estadounidenses. Sin embargo, el detonante reciente se encuentra en la inestabilidad interna iraní. Frente a las crecientes protestas, el régimen de Teherán, encabezado por el ayatolá Alí Jamenei, ha intensificado la represión y calificado a los manifestantes de «agentes extranjeros». Donald Trump, por su parte, ha prometido «apoyo a los manifestantes», suspendiendo las negociaciones previstas e imponiendo nuevos aranceles a los países que comercian con Irán.

Mientras tanto, continúan las conversaciones indirectas —a través de Omán y en Ginebra— sobre el programa nuclear iraní, aunque las posiciones permanecen estancadas: Washington exige el fin del enriquecimiento de uranio y del apoyo a actores armados regionales, mientras que Teherán reclama el levantamiento de las sanciones. Estados Unidos ha desplegado su mayor fuerza aérea y naval en Oriente Medio desde la invasión de Irak en 2003, incluyendo los portaaviones USS Abraham Lincoln y USS Gerald R. Ford, destructores, submarinos y decenas de aviones de combate, entre ellos F-22 y F-16.

Según diversas fuentes, los ataques podrían producirse incluso esta semana, aunque el presidente estadounidense aún no ha dado su aprobación final. El Pentágono prepara una campaña que podría prolongarse varias semanas contra instalaciones nucleares, emplazamientos de misiles balísticos y bases del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica. Israel, aliado clave de Washington, ha puesto a sus fuerzas en alerta máxima ante el temor de una respuesta iraní.

Circulan varias hipótesis sobre una posible acción militar. El escenario mínimo contempla ataques selectivos para debilitar las capacidades militares iraníes sin buscar un cambio de régimen, con el objetivo de obligar a Teherán a negociar. Una opción más ambiciosa implicaría ataques contra figuras clave del poder, lo que podría desencadenar una desestabilización interna y un eventual cambio de régimen. Otros analistas evocan una guerra híbrida que combine ataques aéreos, ciberoperaciones y apoyo a la oposición interna. Sin embargo, numerosos expertos advierten que tal estrategia podría reproducir los fracasos de intervenciones anteriores en Oriente Medio y desembocar en un prolongado atolladero sin objetivos claros.

Irán, por su parte, amenaza con represalias asimétricas: el cierre del estrecho de Ormuz, ataques contra bases estadounidenses o la activación de grupos aliados como Hezbolá. Potencias regionales como Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos se muestran reticentes a permitir el uso de su espacio aéreo para operaciones ofensivas, temiendo una escalada generalizada.

Una intervención estadounidense podría desencadenar una grave crisis regional, con consecuencias inmediatas para los precios del petróleo y la estabilidad internacional. Podría también reforzar las protestas internas en Irán o, por el contrario, cohesionar al país frente a un enemigo externo. Desde el punto de vista jurídico, varios expertos subrayan la ausencia de una justificación clara en el derecho internacional, y todo indica que la Casa Blanca podría actuar sin autorización formal del Congreso.

Además del despliegue naval —que incluye una flota de unos veinte buques, entre ellos los portaaviones Abraham Lincoln y Gerald R. Ford—, Estados Unidos ha reforzado significativamente su presencia aérea en Oriente Medio. Entre los medios movilizados figuran cazas furtivos F-22 Raptor, cazas F-15 y F-16, así como aviones cisterna KC-135 para apoyo logístico.

Datos de seguimiento aéreo han mostrado la presencia de varios KC-135 operando en la región, junto con aeronaves de alerta temprana E-3 Sentry y aviones de transporte. Washington también ha desplegado sistemas avanzados de defensa aérea Patriot y THAAD para proteger sus bases frente a misiles de corto y medio alcance, mientras varios bombarderos estratégicos B-2 de largo alcance han sido puestos en alerta máxima.

¿Se trata de una fuerza preventiva y disuasoria o de un dispositivo preparado para atacar? La comunidad internacional pide moderación para evitar un conflicto en el Golfo Pérsico, una región particularmente volátil. Sin embargo, todo indica que la hora de la verdad se acerca.

Politólogo francés y especialista en temas internacionales.

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