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El miedo a la muerte nos hace egoístas

Existe un cuerpo amplio, riguroso y fascinante de investigación psicológica, neurocientifica y filosófica que muestra cómo el miedo a la muerte moldea el comportamiento humano, muchas veces de forma imperceptible, orientándolo hacia conductas egoístas y defensivas. Uno de los marcos teóricos más importantes en este campo es la Teoría del Manejo del Terror (Terror Management Theory, TMT), desarrollada en los años ochenta por los psicólogos Sheldon Solomon, Jeff Greenberg y Tom Pyszczynski. Esta teoría se inspira directamente en el trabajo del antropólogo y pensador interdisciplinar Ernest Becker, particularmente en su libro The Denial of Death (1973), galardonado con el Premio Pulitzer en 1974 de manera póstuma. Becker no formuló una teoría experimental, pero sí estableció el fundamento filosófico central: los seres humanos somos la única especie que sabe que va amorir y, al mismo tiempo, no puede dejar de pensar en ello. Esta conciencia crea una ansiedad potencialmente paralizante. Para poder funcionar, las personas desarrollan sistemas psicológicos y culturales que amortiguan ese terror. Los mecanismos, que Becker denominó sistemas simbólicos de inmortalidad: estructuras cotidianas que nos permiten sentir que nuestra vida importa y continúa, aunque el cuerpo no lo haga. Funcionan como verdaderos “escudos mentales” frente al miedo constante. Entre ellos se encuentran la religión, el heroísmo, el nacionalismo, la ideología, el prestigio social, el éxito profesional, el legado familiar o moral. No eliminan la muerte, pero la vuelven psicológicamente tolerable. En este artículo no analizaremos todos estos sistemas, sino su relación con una consecuencia concreta: el egoísmo humano bajo …

Existe un cuerpo amplio, riguroso y fascinante de investigación psicológica, neurocientifica y filosófica que muestra cómo el miedo a la muerte moldea el comportamiento humano, muchas veces de forma imperceptible, orientándolo hacia conductas egoístas y defensivas.

Uno de los marcos teóricos más importantes en este campo es la Teoría del Manejo del Terror (Terror Management Theory, TMT), desarrollada en los años ochenta por los psicólogos Sheldon Solomon, Jeff Greenberg y Tom Pyszczynski. Esta teoría se inspira directamente en el trabajo del antropólogo y pensador interdisciplinar Ernest Becker, particularmente en su libro The Denial of Death (1973), galardonado con el Premio Pulitzer en 1974 de manera póstuma.

Becker no formuló una teoría experimental, pero sí estableció el fundamento filosófico central: los seres humanos somos la única especie que sabe que va amorir y, al mismo tiempo, no puede dejar de pensar en ello. Esta conciencia crea una ansiedad potencialmente paralizante. Para poder funcionar, las personas desarrollan sistemas psicológicos y culturales que amortiguan ese terror.

Los mecanismos, que Becker denominó sistemas simbólicos de inmortalidad: estructuras cotidianas que nos permiten sentir que nuestra vida importa y continúa, aunque el cuerpo no lo haga. Funcionan como verdaderos “escudos mentales” frente al miedo constante.

Entre ellos se encuentran la religión, el heroísmo, el nacionalismo, la ideología, el prestigio social, el éxito profesional, el legado familiar o moral. No eliminan la muerte, pero la vuelven psicológicamente tolerable. En este artículo no analizaremos todos estos sistemas, sino su relación con una consecuencia concreta: el egoísmo humano bajo amenaza existencial.

Cientos de experimentos muestran que cuando se activan recordatorios sutiles de la muerte —lo que en la TMT se denomina saliencia de la mortalidad— se producen cambios conductuales consistentes:aumenta el tribalismo y la defensa de “los nuestros”; crece la hostilidad hacia el diferente; se refuerzan ideologías, religiones y nacionalismos; se intensifica la búsqueda de estatus, consumo y legado; disminuye la empatía hacia quienes cuestionan el orden establecido; y se endurece el castigo moral.

Lo más relevante es que no somos conscientes de que estas reacciones provienen del miedo a morir. El individuo no siente pánico; siente que está siendo “realista”, “prudente” o “responsable”.

A este fenómeno se le puede llamar funcionar en segundo plano: el miedo a la muerte no aparece como emoción explícita, sino como un proceso automático, silencioso y constante que organiza decisiones y valores sin ser detectado.

Desde la neurociencia, es importante señalar que este miedo no siempre activa la amígdala cerebral responsable de la respuesta clásica de lucha o huida. En amenazas difusas y crónicas —como guerras lejanas, crisis climáticas o pandemias— el cerebro entra en un modo distinto: no huye ni ataca, sino que optimiza la supervivencia simbólica.

En este estado ocurren cuatro fenómenos principales:(1) Se activa más el “piloto automático mental”. (2) Aumenta la rumiación. (3) El cerebro entra en anticipación del deterioro. (4) Se refuerzan conductas egoístas y conservadoras.

La pandemia de COVID-19 (2020–2021) ofrece un ejemplo claro y cotidiano de estos mecanismos.Durante los primeros meses, en múltiples países se observaron patrones similares: acaparamiento de productos básicos, estanterías vacías, compras compulsivas, desconfianza entre vecinos, aumento de precios y reventa. Muchas de estas conductas no eran proporcionales al riesgo real, pero sí comprensibles desde la psicología del miedo existencial.

El confinamiento redujo la acción y aumentó la introspección. El cerebro pasó de hacer a imaginar escenarios. Se activó con mayor intensidad el modo de “piloto automático mental”: pensar en uno mismo, en el pasado y en futuros posibles. Este modo es útil para planear, pero bajo amenaza constante se llena de pensamientos repetitivos y negativos.

A esto se sumó la rumiación, entendida como pensar en círculos sin llegar a ninguna solución: “cada semana hay peores noticias”, “nadie dice la verdad”, “esto va para largo”. No era pánico puntual, sino desgaste mental continúo.

El punto clave fue la anticipación del deterioro. La mayoría no pensaba “voy a morir mañana”, sino “las cosas van a ir a peor”. Cuando el cerebro adopta esta expectativa: (1) deja de planear mejoras. (2) deja de confiar en sistemas. (3) deja de pensar en el largo plazo.

Entonces surge la pregunta: ¿cómo voy a aguantar?, ¿cómo me protejo? De aquí emergen conductas egoístas como acaparar recursos o priorizar exclusivamente a los propios. No necesariamente por maldad, sino por protección anticipada.

Junto al egoísmo aparece el conservadurismo psicológico, entendido no como ideología política, sino como aversión al cambio bajo amenaza. Durante la pandemia se observó claramente en: negocios que prefirieron cerrar antes que reinventarse, personas que se negaron a reorganizar su vida cuando el modelo previo ya no existía, insistencia en “volver a como era antes” en lugar de adaptarse.

Bares que rechazaron el delivery porque “eso no es lo nuestro”, comercios que se negaron a vender en línea, gimnasios que descartaron clases virtuales. Cambiar implicaba aceptar que algo había terminado, y eso era psicológicamente más amenazante que aguantar.

La lógica subyacente era simple: “No innoves. No arriesgues. Aguanta».

¿El ser humano se vuelve egoísta al temer tanto a la muerte? En parte sí, pero con matices. La TMT no sostiene que el miedo nos vuelva malos, sino que priorizamos aquello que nos hace sentir significativos y protegemos lo que promete continuidad: familia, ideas, nación, obra. A veces eso produce altruismo heroico; a veces, crueldad.

El miedo a la muerte no crea lo que somos, pero amplifica nuestras tendencias más profundas. ¡Hasta la próxima!

Médica, Nutrióloga y Abogada

mirellawollants2014@gmail.com

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