Sin pensamiento crítico y sin una ciudadanía informada, la salud deja de ser un derecho y se transforma en un privilegio
Sin pensamiento crítico y sin una ciudadanía informada, la salud deja de ser un derecho y se transforma en un privilegio
En El Salvador existe una cultura persistente, incómoda de nombrar pero imposible de ignorar, que atraviesa generaciones y condiciona nuestra forma de pensar, decidir y actuar como sociedad; José Humberto Velásquez la llamó con crudeza y acierto, la cultura del diablo: una manera de ser y de vivir que normaliza el atraso, glorifica la mediocridad y castiga al que cuestiona. No se trata de un insulto, sino de un diagnóstico social que sigue vigente y que hoy tiene consecuencias profundas, especialmente en nuestra capacidad de exigir y construir un mejor sistema de salud.
Esta cultura se manifiesta en la resignación. En aceptar lo que hay porque “siempre ha sido así”. En desconfiar del conocimiento, ridiculizar al que estudia y sospechar del que propone cambios estructurales. Es una cultura que no solo persiste, sino que se adapta: antes se transmitía en la casa, en la calle o en la escuela; hoy se reproduce y amplifica a través de pantallas, algoritmos y contenidos diseñados para entretener, no para formar.
La disminución progresiva del coeficiente intelectual promedio, fenómeno documentado a nivel global, no puede analizarse al margen de nuestra realidad nacional. La deserción escolar temprana, el deterioro de la calidad educativa y la precarización del pensamiento crítico están estrechamente ligados a una sociedad que cada vez lee menos, reflexiona menos y reacciona más. En El Salvador, abandonar la escuela no es solo un problema educativo: es una condena social que limita la capacidad de comprender derechos, exigir políticas públicas y participar de manera informada en decisiones colectivas, incluida la salud.
A esto se suma el uso intensivo y acrítico de plataformas digitales que priorizan el contenido fácil, vulgar o emocionalmente adictivo. No se trata de demonizar la tecnología, sino de reconocer su impacto cuando sustituye al pensamiento. Pasamos horas consumiendo información irrelevante, escandalosa o falsa, mientras temas fundamentales —como el financiamiento del sistema de salud, la formación del personal sanitario o el acceso equitativo a servicios de calidad— quedan relegados. Una población embrutecida es una población gobernable, y una población gobernable difícilmente exigirá reformas profundas en salud.
En Sapiens, Yuval Noah Harari plantea una idea inquietante: el ser humano moderno corre el riesgo de dejar de ser sujeto para convertirse en producto. Cuando se pierde el propósito, cuando no hay proyecto colectivo ni horizonte de futuro, las personas pasan a ser simples unidades de consumo. Consumimos entretenimiento, consumimos indignación, consumimos promesas, incluso consumimos salud, sin cuestionar el sistema que nos vende soluciones parciales mientras mantiene intactas las desigualdades estructurales.
En El Salvador, esta lógica es evidente. Pagamos por sobrevivir, no por vivir mejor. Nos acostumbramos a sistemas de salud fragmentados, saturados y reactivos, mientras aceptamos narrativas que culpan al individuo y no al modelo. Sin pensamiento crítico, sin educación sólida y sin una ciudadanía informada, la salud deja de ser un derecho y se transforma en un privilegio o en un producto más del mercado.
La cultura del diablo no solo impide avanzar; castiga al que intenta hacerlo. El que lee es “aburrido”, el que analiza es “complicado”, el que exige es “problemático”. Por eso, reclamar un mejor sistema de salud se vuelve un acto casi subversivo. Implica informarse, comparar, entender presupuestos, reconocer fallas y señalar responsabilidades. Todo lo que esta cultura desalienta.
Sé que muy pocas personas leerán este artículo. No es popular, no es gracioso, no es vulgar. No busca likes ni aplausos inmediatos. Leer, pensar y cuestionar no está de moda. Pero el cambio social nunca ha sido masivo al inicio; siempre comienza con minorías incómodas que se niegan a aceptar la normalización del atraso.
Mientras no rompamos con esta cultura, seguiremos atrapados en un círculo donde la ignorancia alimenta la resignación y la resignación perpetúa sistemas deficientes, incluido el de salud. El verdadero desafío no es solo reformar instituciones, sino transformar mentalidades. Porque ningún sistema de salud puede ser mejor que la sociedad que lo tolera.
Dr. Danilo Alfonso Arévalo Sandoval
Tesorero Colegio Médico de El Salvador
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