Esos 32 jóvenes agentes que, más que cuidar de los peligros a Maduro, estaban pendientes de que siguiera directrices y no se saliera del guacal
Esos 32 jóvenes agentes que, más que cuidar de los peligros a Maduro, estaban pendientes de que siguiera directrices y no se saliera del guacal
La dictadura cubana sepultó a sus 32 agentes que murieron al enfrentar a tropas estadounidenses que capturaron y sacaron de Caracas a Nicolás Maduro.
No eran meros soldaditos de plomo, sino un grupo de élite, menor de 40 años de edad, perteneciente al grupo G2, que integra el Servicio de Inteligencia cubano, que se encarga de recopilar información sobre amenazas internas y externas para la seguridad de su Estado. Opera tanto dentro como fuera de la isla. Y fue creado en 1961. Desde entonces tiene presencia en varios países latinoamericanos, especialmente en Nicaragua y Venezuela.
Pero nada de eso sirvió a la hora de enfrentar a una fría fuerza quirúrgica mejor armada y entrenada apelando al factor sorpresa frente a círculos de poder convencidos de que «el imperialismo» nunca se iba a atrever a hacer lo que hizo.
Según se informó, el «homenaje» se inició a primera hora en el aeropuerto internacional José Martí, en La Habana, donde una guardia de honor bajó de un avión las 32 féretros con los restos de los uniformados, cubiertos por la bandera cubana. Estaban presentes el dictador «emérito» Raúl Castro, de 94 años, y el dictador de turno Miguel Díaz-Canel, vestidos de uniforme militar, según imágenes transmitidas por la televisión estatal.
El acto se desarrolló entre florilegios a la «revolución», sus «héroes», «Fidel» y su caduca ideología, además de culpar a Estados Unidos de todas sus desgracias.
Pero realmente fue una conmiseración general por la humillación que sufrió la otrora «mítica» inteligencia cubana.
La rancia élite gorilista verde oliva, otrora gloriosa y en baño de multitudes, más bien se vio impotente, sola y desfasada, como árbol que espera el hachazo del tiempo en un país en ruinas y sumergido en la miseria.
El presidente estadounidense Donal Trump ya se los dijo: deben llegar a un acuerdo «antes de que sea tarde», pues «no habrá más petróleo ni dinero» provenientes de Venezuela», lo único que sostenía a la dictadura.
Si Chávez y su grupo no hubieran sostenido a ese anacrónico régimen, hace tiempo hubiera caído, como cayeron los gobiernos corruptos cobijados en el «Alba» y ahora enfrentan juicios y penas de cárcel.
Tampoco hubieran muerto esos 32 jóvenes agentes que, más que cuidar de los peligros a Maduro, estaban pendientes de que siguiera directrices y no se saliera del guacal. Dicen que con ellos murieron 23 militares venezolanos.
Sin embargo, los déspotas cubanos culpan, como plañideras, a los Estados Unidos, como los dementes ayatolas también les atribuyen las masacres de miles de iraníes a manos de la «guardia revolucionaria» en las recientes protestas, incapaces de aceptar que es esa teocracia medieval la causante de todos los males en ese país y en Medio Oriente.
Lo que no se vale es prometer ayuda a los luchadores por la libertad y después dejarlos solos, como ocurrió en Cuba en 1962 y ahora en Irán.
Tampoco se vale enrolar o engatusar a jóvenes para pelear causas fallidas o por figurones que terminarán comiendo frito mientras los pueblos mueren en la miseria.
Un Raúl Castro decrépito y un pusilánime Diaz-Canel no infunden ni ánimos ni respeto ni le hacen ningún favor a la «revolución» a la hora de despedir a sus incondicionales. Más bien son señal de decadencia y segura caída «de un viejo gobierno de difuntos y flores».
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