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El trono que se creyó eterno

El poder que persigue a quienes defienden la verdad puede parecer invencible por un tiempo, pero siempre es frágil frente a la justicia de Dios. La historia y la Escritura coinciden en esto: ningún trono humano es eterno, ninguna gloria usurpada perdura, ninguna persecución logra silenciar lo que Dios ha determinado hacer.


El relato de Hechos 12:20–25 no es una nota al margen de la historia bíblica, sino una radiografía cruda del poder cuando pierde conciencia de sus límites. El texto describe la caída de Herodes Agripa I, un gobernante real, reconocido por Roma, hábil en la política y calculador en sus alianzas, pero profundamente equivocado en su comprensión de la autoridad. Gobernó Judea durante un breve pero intenso período, aproximadamente entre los años 41-44 después de Cristo, tiempo suficiente para dejar una huella marcada por la persecución, la arrogancia y, finalmente, el juicio

La Escritura no lo presenta como un monstruo aislado, sino como un ejemplo recurrente de lo que ocurre cuando el poder se usa para aplastar a quienes defienden la verdad y la justicia, especialmente cuando esa verdad proviene de Dios y de su Hijo, el Señor Jesucristo. La escena es solemne: un tribunal, ropas reales, un discurso calculado, una multitud exaltada. El desenlace es abrupto y definitivo. No hay epopeya, no hay defensa, no hay excusa. Hay juicio. Este Herodes no cayó por administrar un territorio ni por ejercer gobierno, sino por utilizar su posición para perseguir a los más débiles.

Y, al mismo tiempo, apropiarse de una gloria que no le pertenecía. El capítulo comienza mostrando su violencia contra la iglesia del Señor Jesucristo: encarcelamientos, ejecuciones selectivas, intimidación sistemática. No se trataba de criminales ni de sediciosos armados; eran hombres y mujeres que anunciaban un mensaje incómodo para el poder: que existe una autoridad superior, que toda vida humana tiene dignidad y que ningún trono es eterno. Cuando el poder se siente cuestionado por la verdad, suele responder con persecución. No porque la verdad sea violenta, sino porque desnuda la fragilidad moral del que manda.

La historicidad del relato refuerza su peso moral. Fuentes extrabíblicas coinciden con el testimonio de Hechos. El historiador judío Flavio Josefo, en Antigüedades judías (Libro 19), narra cómo Herodes Agripa I, en un acto público y vestido con ropajes resplandecientes, recibió honores divinos del pueblo y cayó gravemente enfermo, muriendo poco después. La Escritura sintetiza el hecho con una contundencia teológica que la historia no se atreve a formular: “un ángel del Señor le hirió, por cuanto no dio la gloria a Dios”. Biblia e historia convergen para afirmar una misma verdad: el poder que se atribuye lo divino se descompone desde dentro.

La historia demuestra que el poder político, cuando se divorcia de la justicia, encuentra en la persecución un atajo. Se persigue al que denuncia, se desacredita al que incomoda, se encarcela al que no se somete al relato oficial. En tiempos de Herodes, la fe cristiana fue vista como una amenaza al orden, no porque promoviera el caos, sino porque afirmaba que el Señor Jesucristo es Rey por encima de todo rey humano. Esa sola afirmación bastó para convertir a los creyentes en objetivo del aparato estatal. El uso del poder para silenciar la verdad no es un accidente histórico; es una tentación permanente de todo sistema que confunde autoridad con impunidad.

El momento culminante del relato revela el corazón del problema. Herodes acepta la aclamación del pueblo: “¡Voz de Dios, y no de hombre!”. No corrige el exceso, no rechaza la blasfemia, no devuelve la gloria a quien corresponde. El texto es preciso y severo: “no dio la gloria a Dios”. Aquí se rompe el equilibrio. El gobernante deja de verse como administrador temporal y se concibe como absoluto. Cuando el poder se sacraliza a sí mismo, deja de servir y comienza a devorar. Por eso el juicio no es solo físico, es simbólico: el hombre que se creyó divino termina evidenciando su condición más frágil y corruptible.

La denuncia que emerge de este pasaje no es contra el gobierno como institución, sino contra el abuso del poder como mecanismo para perseguir a quienes defienden la verdad y la justicia. La Biblia no llama a la anarquía ni al desprecio de la autoridad; llama a la responsabilidad moral del que gobierna. Cuando el poder se utiliza para intimidar, callar, castigar o eliminar al que denuncia la injusticia, se convierte en una herramienta de opresión. Y cuando esa persecución se dirige contra quienes proclaman lo bueno que viene de Dios y de su Hijo, el Señor Jesucristo, la Escritura es clara: no se está deteniendo el mal, se está resistiendo al bien.

El contraste final del texto es una acusación silenciosa pero devastadora. Mientras Herodes muere, la Palabra de Dios crece y se multiplica. El poder político, con toda su maquinaria, no logra detener el avance del evangelio. La cárcel no lo frena, la espada no lo apaga, la propaganda no lo desacredita. Este contraste denuncia la futilidad de usar el poder para entorpecer la misión de salvación. Los gobernantes pasan, las estructuras cambian, los discursos se olvidan, pero la verdad que procede de Dios permanece y avanza, a veces incluso con más fuerza en medio de la persecución.

Esta reflexión no necesita nombres propios ni acusaciones directas para ser pertinente hoy. Basta observar cómo, en distintos contextos, quienes defienden derechos, denuncian abusos o proclaman verdades incómodas son señalados como enemigos, traidores o estorbos. El uso del poder para perseguir al justo no siempre adopta formas explícitas; a veces se manifiesta en procesos desiguales, silenciamientos selectivos, estigmatización pública o aplicación arbitraria de la fuerza. Todo eso constituye una advertencia moral: el poder que persigue la verdad termina debilitando su propia legitimidad.

Desde una perspectiva teológica, Hechos 12 enseña que Dios no necesita del poder humano para cumplir su propósito, pero sí juzga el uso que se hace de él. El Señor Jesucristo no envió a sus discípulos a conquistar por la fuerza, sino a anunciar salvación. Sin embargo, ese anuncio tiene implicaciones éticas profundas: justicia, verdad, arrepentimiento, dignidad humana. Por eso incomoda. Por eso es perseguido. Y por eso, cuando el poder se levanta contra él, se coloca en una posición espiritualmente peligrosa. La muerte de Herodes Agripa I no es un simple episodio antiguo; es un espejo en el que toda generación debe mirarse.

El poder que persigue a quienes defienden la verdad puede parecer invencible por un tiempo, pero siempre es frágil frente a la justicia de Dios. La historia y la Escritura coinciden en esto: ningún trono humano es eterno, ninguna gloria usurpada perdura, ninguna persecución logra silenciar lo que Dios ha determinado hacer. La última palabra no la tiene el gobernante, la tiene Dios: “la palabra del Señor crecía y se multiplicaba”. Esa es la esperanza para los que hoy sufren por causa de la verdad y la justicia, y es también una advertencia para quienes creen que el poder puede reemplazar a Dios.

Frente a un mundo donde la autoridad tantas veces se confunde con dominio y la fuerza con razón, el llamado sigue siendo el mismo: Que la humanidad perdida se vuelva al Señor Jesucristo, reconocerle como Rey y Salvador, y vivir bajo su verdad. Porque como está escrito: “Jesús le dijo: Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí.” (Juan 14:6)

Abogado y teólogo.

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