El sagrado «Vía Crucis» -al medio de nuestro actual, grande y caótico mundo fugaz- se entreteje con la liturgia pagana y la divina. El Cristo apaleado por la turba camino al «Monte de la Calavera» -de donde viene «Calvario»- sigue siendo inmolado por la misma ciega y deicida humanidad de entonces. Ahora con armas más modernas, mortíferas y destructivas, dando muerte a la Divinidad. Por un lado la multitud celebra el culto del martirologio de Jesús y por otro lado los jueces del antiguo Imperio Romano -hoy como entonces- dictan sentencia contra el hijo de Dios que -en verdad- somos todas las razas de la Tierra. Más allá de imperios de ayer y del presente, los cuales -olvidando el pasado- «condenados están a repetirlo». Ello en sus conspiraciones de guerra y trata de armas y personas. El escenario del antiguo deicidio es el mismo. Ya no en lengua romana o palestina. Es otro momento histórico y otra narración. Sin embargo, es la misma especie humana, pidiendo la sangre del Redentor y sus discípulos, a cambio de las treinta monedas de plata del crimen y el terror. Nada menos el Homo Faber de la poderosa civilización moderna en medio -tristemente- de un inmenso campo de violencia y exterminio. Tal dictan los índices actuales en el mundo. Un desnudo y doloroso Vía Crucis de la historia. ¿Dónde está la mirada de Dios?, nos preguntamos. Es tiempo de pedir perdón y celebrar la resurrección del Hombre de cara al porvenir de una promesa.