Es bueno pensar, pero no lo es pensar demasiado
Sin duda la capacidad de pensar, de reflexionar, de analizar es una bendición que tenemos los seres humanos; es un gran regalo del cielo. De hecho, esta capacidad es la que nos ha permitido llegar donde hemos llegado y ser lo que somos, la especie más exitosa del planeta. Pero incluso las bendiciones no están exentas de elementos que pueden transformar algo esencialmente bueno en algo no tan bueno.
Si pensar es algo positivo, pensar demasiado no siempre lo es. Y es que a veces, o con frecuencia, pensamos demasiado, le damos muchas vueltas a las cosas, hasta el punto en que el pensar se vuelve una especie de tortura, de autotortura. Una situación, un evento, algo que dijimos, se convierte en objeto de análisis, de reflexión profunda y de estudio. Energía gastada en vano, pues muy probablemente esa situación fue menos relevante de lo que nuestra mente nos hizo creer. ¿Por qué el vecino me saludó tan serio? ¿qué habrán pensado mis amigos de lo que dije? ¿por qué el doctor miró al suelo cuando me dio la receta? Y la pensadera sigue y sigue sin parar, hasta llegar a las conclusiones más negativas, que la mayoría de las veces son incorrectas.
Pudo perfectamente haber ocurrido que el vecino estaba serio porque amaneció con una picazón insoportable en la nuca, que tus amigos no le prestaron atención a lo que dijiste porque estaban impacientes por la comida, y que el doctor miró al suelo porque en ese momento pasaba una cucaracha en el piso de su oficina. Pero no, a seguir dándole vueltas a la cosa y a pensar lo peor, que al final no hará más que hacernos sentir mal.
Overthinking le dicen a esto los de lengua inglesa. Rumiación le decimos nosotros porque pareciera una vaca masticando la hierba, tragándosela y regurgitarla para volverla a masticar. Puede suceder en todo contexto. A mis alumnos de Medicina les recomiendo a la hora de los exámenes no pensar demasiado en las respuestas. Por supuesto no me hacen caso, y les dan mil vueltas a las preguntas, para terminar tachando las buenas y
subrayando las malas.
¿Qué hacer? Como no soy inmune a todo esto y a veces me dan ataques de pensadera innecesaria, he experimentado que dos cosas ayudan bastante. La primera es mantenerse ocupado, tanto física como mentalmente.
Mentalmente con cosas que impliquen desafío, como un nuevo idioma o una nueva habilidad, pues la mente que se mantiene a presión no se distrae en cosas que quizá ni pasan ni van a pasar. Uno también puede decidir en qué pensar, y hay que acostumbrar a la mente a desechar pensamientos torturantes al solo comenzar a aparecer, y usar la imaginación para visualizar experiencias agradables que sí pasaron o pueden pasar.
Algo que hay que tener en cuenta es que cuando la pensadera es excesiva y persistente, puede ser síntoma de una condición mental patológica, como la depresión, el trastorno obsesivo-compulsivo o los trastornos de ansiedad.
En ese caso lo más recomendable es buscar ayuda. Resulta interesante que uno de los efectos de los medicamentos antidepresivos es reducir la rumiación.
En resumen, es bueno pensar pero no lo es pensar demasiado, pues puede pasar que si alguien te regala un perfume en lugar de ver el gesto como una prueba de que te aprecia y te quiere agradar, lo veas como una indirecta de que hueles mal.
La realidad en tus manos
Fundado en 1936 por Napoleón Viera Altamirano y Mercedes Madriz de Altamirano.
Facebook-f Instagram X-twitter11 Calle Oriente y Avenida Cuscatancingo No 271 San Salvador, El Salvador Tel.: (503) 2231-7777 Fax: (503) 2231-7869 (1 Cuadra al Norte de Alcaldía de San Salvador)
2025 – Todos los derechos reservados