La fase contemporánea de esa guerra se puede ver no solo en el tipo de armamento empleado
La fase contemporánea de esa guerra se puede ver no solo en el tipo de armamento empleado
Hace cuatro años, en febrero de 2022, Rusia invadió Ucrania. Después de un millón y medio de bajas entre los invasores (de ellos se estiman trescientos veinte mil muertos), millones de rublos gastados, amén del brete en que se ha puesto la economía rusa… uno se pregunta si las conquistas alcanzadas han valido la pena.
Aunque, en realidad, quienes deberían preguntárselo son los rusos mismos que, como alguien ha apuntado acertadamente, se ven embarcados en una guerra del siglo XIX en pleno siglo XXI.
Ese empeño por expandir un imperio, subyugar otros pueblos, actuar desde la «superioridad» subjetiva, vengar afrentas históricas… tiene un tufo a rancio que se huele de lejos ¿Es que nadie se ha preguntado allende los Urales para qué le sirve al país más extenso del mundo y con más recursos ampliarse unos kilómetros al oeste? O, en todo caso si ¿vale la pena tanta sangre y tantos recursos para hacerse un corredor que le dé acceso al mediterráneo en un mundo de comercio internacional, libres fronteras y convenios comerciales? Y, por supuesto, más preguntas que podrían plantearse para tratar de comprender no solo las causas sino también la motivación (¿nostalgias imperiales?) de los invasores para no cejar en esta guerra.
Mientras, la fase contemporánea de esa guerra se puede ver no solo en el tipo de armamento empleado: drones, misiles balísticos, interferencia electrónica, contención de ataques por medio de contra misiles… etc. Sino también en la manera en que la hiper comunicación pone en contexto todo lo que está pasando.
Pero… si algo tienen en común las guerras del siglo XIX con las del XVI, y cualquier conflicto de cualquier tiempo, es que la victoria, y la defensa, dependen más del personal disponible, de las botas sobre el terreno, que de la tecnología.
De hecho, hoy día Rusia está tomando medidas muy importantes para reclutar cada mes entre treinta y cuarenta mil soldados para mantener los setecientos mil combatientes desplegados en territorio ucraniano. Y esto, en el mediano plazo, lo tienen los invadidos como su esperanza de terminar la guerra, ya no tanto por la expulsión del invasor, sino por mero agotamiento moral, lo que podría conseguir -en un dudoso e hipotético supuesto- que Putin retire las tropas de Ucrania, o se conforme con lo conseguido.
Sin embargo, alguien que conoce a fondo la situación asegura que: «La idea de que el ejército ruso pueda agotarse en esta guerra parece bastante ingenua, por no decir absurda. Incluso con pérdidas muy elevadas, estimadas en 400.000 muertos y heridos al año, el ejército ruso ha demostrado durante estos cuatro años que es capaz de seguir abasteciendo a sus fuerzas armadas con carne de cañón, y pasará mucho tiempo antes de que la sociedad rusa pueda rebelarse contra un líder que ejerce una presión constante sobre ella».
¿Agotamiento o persistencia? Por ello no falta quien apueste a un «arreglo a la coreana» para detener el conflicto, cuando se ponen en la balanza unas condiciones imposibles de aceptar por parte tanto de Kiev como de Moscú con miras a cesar las hostilidades.
Así, un alto el fuego con demarcación de territorio y sin resolución definitiva, como el que se hizo entre Seúl y Pyongyang hace casi setenta y cinco años, se puede vislumbrar como una salida plausible, pero no real en las condiciones actuales, pues, para que se dé, Moscú habría de abandonar su mentalidad romántica/decimonónica y dejarse conducir -tanto como Kiev-, por un ánimo pragmático y resultadista, más propio del espíritu de nuestros tiempos que de una actitud romántica y más bien rancia de la guerra y de la nación, que está llevando las cosas no solo al impase en que se encuentran, sino a una paz sine die que a nadie (y no solo a rusos y ucranianos, sino a la geopolítica mundial) beneficia.
Ingeniero/@carlosmayorare
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