Hay tantas cosas que comentar: uniformes escolares, inundaciones, quincena 25…cada vez que he comenzado a escribir un artículo, ha salido algo nuevo. Y con ese algo nuevo, siempre salen los comentarios de «antes». Los treinta, veinte, diez y cinco años antes.
¿Pero ¿qué es «antes»? El 20 de enero de 1979, hace 47 años del Padre Octavio Ortiz y cuatro seminaristas eran asesinados en una casa de retiros en San Antonio Abad. Hace 45 años, del 10 al 26 de enero de 1981, se lanzó la primera ofensiva por parte del FMLN. Yo lo recuerdo. Tenía ocho y diez años, respectivamente. Recuerdo las portadas de los diarios, recuerdo el miedo. Recuerdo el silencio.
La memoria histórica es algo de suma importancia en los países desarrollados. Implica la capacidad de recordar, interpretar y valorar el pasado, especialmente aquel que marcó la identidad colectiva del país. No es simplemente «historia», no es un tema para ofrecer apoyo o criticar a un partido político «x». Es un esfuerzo consciente de la sociedad de recuperar, narrar y transmitir los acontecimientos significativos de un país para comprender mejor el presente y evitar que se repitan en el futuro. Tristemente, en El Salvador, nuestra memoria histórica, además de ser selectiva, lleva casi cien años de retraso. Sí, ha leído correctamente, cien años. Cien años de no hablar de la masacre de 1932, de lo que ocurrió bajo Hernández Martínez, de toda la represión de ORDEN y la Guerra Civil. A esa dolorosa memoria histórica, se le tiene que añadir los años de terror por la violencia del pasado reciente. Digamos las cosas como son.
¿Por qué es importante la memoria histórica? Pues porque ayuda a reconocer a víctimas y grupos invisibilizados. Y grupos invisibilizados en El Salvador hay miles. Las mujeres que perdieron hijos en la guerra, las mujeres que perdieron hijos en los últimos diez años. Los hijos de la guerra, los hijos de la violencia, los que pagaron renta en la guerra a la guerrilla, los que pagaron renta después. Los familiares de los presos políticos y de los desaparecidos. Los que salieron huyendo del país por mil razones, y los que están retornando. Son millones y millones de historias no contadas en El Salvador: historias dolorosas; historias que son más fácil disfrazar con frases trilladas, o «indiferencia» (léase miedo) o simplemente odio y división. Porque enfrentar tanto dolor, es difícil. Sin embargo, son esas miles y miles de historias las que, si las contáramos y, sobre todo, si escucháramos, nos permitirían aprender de errores del pasado y darle a las nuevas generaciones la oportunidad de escribir la historia que nosotros no pudimos escribir, en un contexto de justicia y libertad verdaderas.
La memoria histórica busca la reconciliación en las sociedades que han vivido conflictos, dónde se necesita fortalecer la identidad cultural y política de una nación. ¿Es difícil? Terriblemente difícil. Es natural y lógico que queramos castigo para el culpable. Es natural y lógico que sintamos ira y resentimiento contra un grupo en particular. Es natural y lógico que lo único válido para nosotros sea nuestra historia. Pero lo que realmente transforma un país es la capacidad de no permitir que el odio, la violencia y el resentimiento se vuelvan un tema generacional.
Cuando yo era tenía ocho años, me invitaron a una fiesta de cumpleaños a un lugar que no era una casa de familia. Era mi primera fiesta de «trae tu calzoneta» y los niños estábamos felices en la piscina. En diez minutos, nuestra alegría se tornó en terror, pues el local fue tomado por la guerrilla. Se nos ordenó salirnos de la piscina y envolvernos con las toallas. Éramos un grupo de niños que nada que ver: no éramos de las catorce familias, no teníamos nexos políticos, pero allí estábamos como rehenes, arrodillados en un cuartito, muertos de frío bajo nuestras toallas mojadas, esperando que nos mataran. De todo el episodio recuerdo el sonido de las balas, el cuarto y al salir, no sé cuántas horas después, el pastel hecho una plasta en el suelo y que toda nuestra ropa había desaparecido.
A pesar de que durante muchos años estudié la historia del país, para sanar yo y para comprender por qué había ocurrido todo lo que me toco vivir; a pesar de que oí testimonios de personas de mi edad que vivieron lo mismo que yo, desde el otro lado, y de manera muchísimo más traumática; a pesar de mi sincera admiración por San Oscar Romero y el Beato Rutilio Grande, ese día-y muchos otros-me pesaban. Quizás por eso me tomó casi veinte años poder entrar al Centro Monseñor Romero. Me es difícil describir lo dura e impactante que fue la experiencia el día que finalmente entré.
Al salir, me esperaba la estudiante que había sido mi «guía». Me llevó a la casa donde fueron asesinados los Padres Jesuitas y luego a la capilla. Era una tarde soleada de junio y, de la nada, le comencé a contar mi historia. Quizás no era la historia que ella había aprendido, pero hizo muchas preguntas y mientras hablaba, me dí cuenta que nunca iba a saber quienes eran los culpables de todo lo que había vivido, pero que sí podía ser responsable que el dolor y el miedo que experimente de niña y adolescente se conocieran. Cuando terminé, le di las gracias por oír mi larga letanía y ella me dijo que, de todas formas, había perdido su clase.
«Pero no importa», me dijo. «No se puede hablar todos los días con alguien que vivió la guerra y escuchar sus vivencias».
Multipliquen esa frase por los miles que fuimos víctimas de la violencia, por los miles que tenemos historias que contar, por los miles que queremos que El Salvador sea un país de primer mundo. Si logramos contar nuestra historia al presente y al futuro, no para generar odio, sino cambio, estaremos tomando el primer paso para crear la memoria histórica que tanto necesitamos.
Educadora.