Saboreando la alegría del encuentro llamó a la puerta. La chica le abrió con una sonrisa y él la saludócon un shalom
Saboreando la alegría del encuentro llamó a la puerta. La chica le abrió con una sonrisa y él la saludócon un shalom
Nunca dejaba de sorprenderse. De sus años de ceguera conservaba un sentido del olfato muy fino y un oído delicado. Los olores y los sonidos le mostraban el mundo de una manera que no comprendía del todo, pero le gustaba. El invierno le impactaba especialmente pues el frío hacía que todo oliera diferente, y el crepitar de sus pasos sobre la fresca capa de nieve que cubría el pueblo, le impresionaba más que los trinos de los pájaros, los zumbidos de los insectos, los relinchos de las caballerías, y los gritos de los vendedores, que se acallaban en invierno. Porque, desde que veía, todo era nuevo. Estrenaba cada día y se sentía siempremás vivo.
Se arrebujó en su capa; la misma que le costó recuperar después de que la tiró lejos para correr sin estorbos detrás de Él (a ciegas, nunca dejaba de sorprenderse que lo hubiera hecho); y apresuró el paso, pues se le hacía tarde y sabía que lo estaban esperando.
Saboreando la alegría del encuentro llamó a la puerta. La chica le abrió con una sonrisa y él la saludócon un shalom, llamándola por su nombre: Dorcas. Le estaba especialmente agradecido pues había hecho milagros con su vieja capa (qué manos tenía esa niña): se la había remendado ya varias veces para que la pudiera seguir utilizando.
Encontró a todos recostados alrededor de la mesa. Juan, Santiago, María de Salomé, la Samaritana, Lázaro, José de Arimatea y Nicodemo, Longinos y hasta Zaqueo… (mientras Marta y Magdalena iban y venían desde la cocina llevando matzot, cordero y vino). Todos pendientes de María, quien comentaba acerca de las últimas cartas que habían llegado. Juan, como siempre, no se despegabade su lado.
Pedro -aunque la carta la había escrito Marcos- y Pablo escribían desde Roma, Mateo, con su cuidado griego lo hacía desde no se sabía qué lugar de Etiopía; Andrés, desde Patras, en Grecia; Tomás -el que más lejos había marchado-, desde un lugar que pocos conocían y que él llamaba Bharat; Bartolomé decía que en Armenia se estaban bautizando muchos, igual que lo que contaba Felipe, en Hierápolis… Estaban esperando a Matías, al que María quería de manera especial pues decía que era su hijo más pequeño, y que, como siempre, llegaba el último a todo.
Cuando entró en la estancia todos los ojos se dirigieron a él y María le dijo: «¡Bartimeo!, te estábamos esperando ¿has visto a Matías?». Pero él -siempre le pasaba lo mismo-, no oyó la pregunta, solo vio a María y se conmovió pues desde que se era cristiano sabía que ella era su madre y que a su lado se sentía muy feliz. Cada vez que la veía (sí, ¡la veía!) era como si Jesús no se hubiera marchado. Nunca sabía si María era la viva imagen de su hijo, o el Rabí era su mamá en carne y hueso, tanto se parecían. Como fuera, no podía evitar que le recordara el felicísimo momento cuando recuperó la vista, y lo primero que vio fue la amable y cautivadora sonrisa de Jesús, y el brillo de sus ojos cuando se encontraron con los suyos.
Después del breve silencio provocado por su entrada y una vez se recostó a la mesa, escuchó la juvenil voz de Juan, que se dirigió a María con ternura y expectación mientras le decía: «Mamá, ¿nos cuentas otra vez lo que pasó en Belén un día como hoy? ¿Nos hablas del censo, del nacimiento de Jesús, lo de los pastores, el pesebre, la mula y el buey, la estrella, los reyes de Oriente y de cómo José y tú tuvieron que irse a Egipto?».
María lo miró con ternura y le dijo: «Hijo… nunca te cansas de escucharlo».
Juan le contestó: «No, mamá, nunca».
Y ella, con una sonrisa y una mirada vivaz, empezó a contarles…
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